Hay una cosa que cualquiera puede comprobar delante de un belén, y que casi nunca se dice porque parece demasiado evidente para decirla: nadie llega en blanco. Quien se detiene ante una escena del Nacimiento sabe ya quién es la mujer, quién es el hombre y quién es el niño; sabe qué hacen allí los pastores y por qué vienen tres personajes vestidos de otro modo. No lo lee en ningún sitio; lo trae. La excepción confirma la regla: el niño pequeño que pregunta «¿y ese quién es?» está haciendo lo que ningún adulto necesita hacer, y en cuanto se lo cuentan una vez, tampoco él vuelve a preguntarlo.
Conviene ser exacto sobre qué es lo que se trae, porque no es tanto como parece. Se sabe quiénes son. Lo que muchos no saben es su historia entera, ni cómo eran, ni si lo que llevan puesto es del siglo I o de cualquier otro. Y hay un caso que lo demuestra mejor que ninguno, porque está en casi todos los belenes. La mayoría de las figuras del Niño Jesús que hoy se hacen van completamente desnudas, con los ojos abiertos, la cabeza levantada y los brazos y los pies separados del cuerpo. Es lo contrario de un recién nacido, que duerme, no sostiene la cabeza y tiene los miembros recogidos; y es lo contrario de lo que dice el texto, que lo repite dos veces, la segunda como señal para reconocerlo: «le envolvió en pañales, y acostóle en un pesebre»; «hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre».1 Y sin embargo nadie duda, delante de esa figura, de quién es. Se la reconoce al instante. Lo que se reconoce, pues, no es la historia ni la verdad material: es lo que cada uno sabe, y lo que cada uno sabe puede ser una imagen heredada que el texto desmiente. Reténgase esto, porque el capítulo vuelve a ello.

Y hay otra cosa, tan evidente como la primera, que se sigue de mirar qué es una escena. Una escena no cuenta nada. No tiene antes ni después; no puede decir «y entonces». Un libro narra, una película narra, un villancico narra a su manera; una escena, no: solo puede poner delante un momento, entero y quieto, y dejar que quien mira haga con él lo que sepa. De modo que si alguien, delante de un belén, siente algo — y mucha gente siente algo, o no habría belenes—, ese algo no se lo ha dado la escena. La escena no tenía con qué. Se lo ha dado lo que él ya traía, y la escena ha hecho una sola cosa: ponérselo delante.
El capítulo anterior terminó en una pregunta que dejó abierta a propósito: Francisco pidió ver con los ojos del cuerpo, y lo que ocurrió — según los que lo contaron— fue que algo olvidado se despertó en los corazones y quedó impreso en la memoria. Qué es lo que queda, por qué queda en unos y no en otros, y qué tiene que haber en quien mira para que una escena del Nacimiento le haga esto. Este capítulo responde a eso. Y la respuesta, que se va a construir despacio y con los textos delante, cabe en el título: lo que una escena del Nacimiento transmite no es una información, sino un reconocimiento.
Ver y observar
Se puede entrar en un museo de dos maneras, y la diferencia no es de tiempo ni de cultura.
Una es ver lo que hay expuesto: pasar delante, registrar que hay cuadros, salir. Esa manera no cambia nada en quien la practica, y se nota en un detalle que parece una broma y no lo es: se ve igual con luz que sin luz. Si apagaran las salas a mitad de la visita, la visita habría sido casi la misma, porque lo que se llevaba de ella era haber estado, no haber mirado. La otra manera es observar: detenerse delante de una obra y dejar que lo que hay en ella — si hay algo— active la mente y ponga en marcha las emociones. Los ojos son los mismos en los dos casos. Lo que cambia es si se les pide que atraviesen o que resbalen.
Hoy la máquina lo hace por nosotros, y sirve de contraste exacto. Cualquier navegador tiene un «modo lectura» — en algunos, la tecla F9—, y con él un lector automático que recorre la página entera en voz alta, sin saltarse una palabra y sin haber percibido ninguna. Lee todo y no ha leído nada. Es ver en estado puro: la vista completa y la percepción cero. Lo que Francisco pidió en Greccio con el verbo pervidere — ver a través, ver hasta el fondo— es lo contrario de ese lector, y el capítulo anterior dejó anotado que la tradición manuscrita dudó entre videre y pervidere, entre ver y ver hasta el fondo. Aquí se toma esa duda como lo que es: la duda de cualquiera que se ha detenido alguna vez ante algo y se ha preguntado por qué otras veces no se detuvo.
Pero la imagen del museo, bien mirada, plantea una pregunta que conviene hacer antes de seguir: ¿qué hace que uno se detenga delante de un cuadro y no delante del siguiente? No la obra sola, porque la misma obra deja frío a uno y clava a otro. Y no la disposición sola, porque el mismo visitante, dispuesto a observar, pasa de largo ante la mayoría de lo que hay colgado. Aquí conviene ser exacto, porque es fácil decir de más. No es que uno se detenga porque recuerde algo: delante de una pintura abstracta no se recuerda ninguna cara ni ninguna luz, y sin embargo hay quien se queda clavado. Lo que hace que uno se detenga es que trae con qué mirar: no algo que ha visto, sino algo que sabe. Un experto en arte y un profano no observan igual el mismo cuadro, y la diferencia no está en los ojos; está en lo que cada uno sabe de lo que tiene delante. La forma en que miramos necesita una educación previa, y sin ella se ve — con luz o sin luz—. Hay además una parada que se parece a observar y no lo es: la de quien se detiene ante una obra porque le han dicho que hay que detenerse ante ella. Esa parada la produce la fama, no el conocimiento, y distinguir el arte del marketing del arte es parte de la misma educación de la mirada.

Por qué uno se detiene ante lo abstracto, qué se activa allí y de dónde viene, es una cuestión entera que este capítulo deja abierta y no trata. Le basta con su caso, que es el más sencillo de todos, porque en una escena del Nacimiento lo que el que mira trae es, al menos, quiénes son los que están en ella; y ya se ha visto que puede traer bastante más, o bastante menos, de lo que cree. Observar no es mirar con más intensidad: es mirar con lo que uno sabe. Esa es la tesis de este capítulo para su caso, y ahora hay que probarla con textos que no la escribieron para nosotros.
El relato pide lo mismo
Podría pensarse que esa distinción entre ver y observar es una manía de museo, o una intensidad propia de un santo del siglo XIII. No lo es. Es la exigencia del propio relato que el belén representa, y el relato la formula con las mismas palabras y, en un pasaje, con el mecanismo entero.
Jesús lo dice citando a Isaías, y los tres sinópticos lo recogen. En Mateo: «Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden».3 En Lucas: «para que viendo no vean, y oyendo no entiendan».4 Es, dicha en el siglo I, la definición exacta del lector automático: la vista completa y la percepción cero. Las parábolas existen porque el sentido no está en la superficie, y el texto castiga expresamente la lectura de superficie. Hasta aquí, el relato coincide con el museo. Lo que sigue es más.
Porque en Emaús el mecanismo entero se describe en tres versículos, y es el pasaje que este capítulo necesita por encima de todos los demás. Dos discípulos caminan con Jesús resucitado sin reconocerlo: «Mas los ojos de ellos estaban embargados, para que no le conociesen». Caminan, hablan con él, lo ven durante horas; él les explica las Escrituras por el camino. Y solo al final, en la mesa: «Entonces fueron abiertos los ojos de ellos, y le conocieron»; y en ese momento, no antes, se preguntan: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino?».5
Conviene leerlo despacio, porque el orden de los tres pasos es la tesis del capítulo contada por el propio relato. Primero, ver sin reconocer: los ojos funcionan, la persona está delante, y no ocurre nada. Segundo, reconocer: lo que estaba delante se junta con lo que ya sabían — a quién habían seguido, qué les había dicho—. Tercero, arder: la emoción. Y lo decisivo es dónde la sitúa el texto. Los discípulos no se conmueven al ver a Jesús. Se conmueven al reconocerlo. Lo habían visto durante horas sin que ardiera nada; el corazón arde cuando los ojos se abren, y los ojos se abren cuando lo que ven se junta con lo que sabían. La emoción no viene de los sentidos solos: viene de reconocer, a través de los sentidos, lo que ya se sabía. Emaús no lo sugiere; lo describe.

Y está, por fin, dentro de la propia Natividad, en el mismo capítulo 2 de Lucas con el que trabaja todo este Manual. Los pastores llegan, cuentan lo que han visto y oído, y todos se maravillan. Y el texto añade una frase sobre María que suele leerse de corrido: «Mas María guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón».6 El verbo griego es symballousa — συμβάλλουσα—: poniendo unas cosas junto a otras, comparándolas, dándoles vueltas.7 Y Lucas la repite, casi igual, al final del ciclo de la infancia: «Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón».8 Lo que María hace es exactamente lo que Emaús describe, pero visto desde dentro y sin milagro: guarda lo que ve y lo confiere — lo coteja— con lo que sabe. No mira: observa, guarda y compara. El relato del Nacimiento lleva dentro a su propia lectora modelo, y esa lectora no recibe la escena en blanco: la pone junto a lo que trae. Lucas está diciendo, en la escena misma, cómo quiere ser leído.
De los ojos del cuerpo a los ojos del corazón
Queda una expresión, y es la que cierra el arco abierto en el capítulo anterior. Francisco pidió ver con los ojos del cuerpo, corporeis oculis. Una carta del Nuevo Testamento, la dirigida a los Efesios, había pedido otra cosa, y es lo que Francisco quería conseguir con la primera: que se iluminen «los ojos de vuestro corazón» — en la Vulgata, illuminatos oculos cordis vestri—.9 Los ojos del cuerpo son el medio; los ojos del corazón, el fin. Y entre los dos está lo que Emaús acaba de mostrar: los ojos del cuerpo llevan al corazón cuando lo que ven se reconoce.
Aquí hay algo que conviene decir entero, porque toca la edición que usa el Manual. El texto griego crítico (SBLGNT) lee καρδίας, corazón; pero el texto que siguió la Reina-Valera de 1909 — el llamado textus receptus— lee διανοίας, y por eso la RVA traduce: «Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento».9 El versículo ha oscilado, en la historia de su transmisión, entre corazón y entendimiento. Para lo que aquí se dice no es un problema, sino una confirmación: las dos palabras entre las que dudó el texto son exactamente las dos que se ponen en marcha cuando uno reconoce lo que tiene delante — la emoción y la mente—, y Celano las había puesto juntas en la primera frase de su capítulo sobre Greccio: toto desiderio mentis, toto cordis fervore, con todo el deseo de la mente, con todo el fervor del corazón.10 Cuerpo, corazón y mente: los tres términos están en los textos cotejados, y ninguno más. «Alma», que sería la palabra que a muchos les vendría primero, no está en ninguno de ellos.
El recorrido que el capítulo anterior dejó apuntado en su última frase tiene, pues, sus tres estaciones escritas, y ahora se sabe qué las une. Los ojos del cuerpo reciben. El corazón arde. Pero arde solo cuando lo recibido se junta con lo que la mente ya tenía; y lo que arde así es lo que queda impreso — impressus memoriae diligenti, decía Celano—, porque no se retiene lo que solo pasó por los ojos.
Y aquí aparece un tiempo del que todavía no se ha hablado, y que es el que de verdad importa. Delante de una escena hay un tiempo — el que uno decide estar, décimas de segundo u horas—; pero lo que Celano describe no ocurre delante de la escena, sino después: el Niño impreso en la memoria es el que vuelve cuando el pesebre ya no está, cuando la mente le da vueltas a lo que vio y lo que sintió sin tenerlo delante. Ese tiempo de después no lo gobierna quien hizo la escena ni quien la miró; y es el único que Francisco quiso. Agustín lo había descrito con precisión ocho siglos antes: la memoria guarda también los afectos, «pero no del modo en que el ánimo los tiene cuando los padece, sino de otro muy distinto»; recuerdo haberme alegrado sin estar alegre, y mi tristeza pasada sin estar triste.11 Lo que vuelve no es la emoción: es su recuerdo, que es otra cosa y puede durar más. Y un poeta lo convirtió en definición de su oficio: la poesía «nace de la emoción recordada en calma: la emoción se contempla hasta que, por una especie de reacción, la calma desaparece poco a poco y se produce una emoción parecida a la que era objeto de contemplación, que existe de verdad en la mente».12 Es exactamente el tercer tiempo: el que Celano llamó impressus memoriae diligenti, el que lleva dentro el verbo recordar — volver a pasar por el corazón—, y el que hace que una escena vista una noche siga trabajando en quien la vio cuando la noche ha terminado.
Las palabras: memoria, conmemorar, homenaje, recordar
Lo que Francisco quiso y lo que Emaús describe tienen nombre en castellano, y el diccionario lo da con más precisión de la que parece. Conviene ir por la cadena, eslabón a eslabón, porque cada uno está en una acepción y cada acepción dice algo que el capítulo necesita.
Memoriam agere, la fórmula de Francisco, es literalmente «hacer memoria». Y el castellano conserva ese giro, palabra por palabra, en la acepción litúrgica de conmemoración: «En la liturgia católica, memoria que se hace de un determinado santo en una celebración de rango superior».13 «Memoria que se hace»: no memoria que se tiene. Es memoriam agere traducido sin resto. El diccionario define, en la entrada memoria, las dos cosas por separado, y la diferencia es la de este capítulo: la acepción 1 es «capacidad de recordar» — una facultad que se tiene—; la acepción 2, «recuerdo que se hace o aviso que se da de algo pasado», y entre sus sinónimos está conmemoración — un acto que se ejecuta—.13 Tener memoria y hacer memoria. Ver y observar, en términos léxicos.

Conmemorar, en su primera acepción, es «recordar solemnemente algo o a alguien, en especial con un acto o un monumento», y el ejemplo que da el diccionario es un edificio: «El monasterio de El Escorial conmemora la victoria en San Quintín».13 Es decir: se conmemora con algo hecho, y una obra puede conmemorar. Greccio es el acto; un belén es el monumento; los dos caben en la acepción sin forzarla. Y la misma entrada memoria tiene, más abajo, la acepción que lo cierra: «monumento para recuerdo o gloria de algo».13 En términos del diccionario, un belén es una memoria.
Homenaje, acepción 1: «acto o serie de actos que se celebran en honor de alguien o de algo»; acepción 2: «sumisión, veneración, respeto hacia alguien o de algo».13 La primera es la definición de una conmemoración vista desde la persona a la que se dirige; la segunda es el registro de Buenaventura, ad devotionem excitandam. Y el honor no hay que inferirlo: está en Celano, con su verbo — honoratur ibi simplicitas, allí se honra la sencillez—, en la misma frase en que dice lo que se preparó.14 La palabra con que el diccionario define homenaje — «en honor de alguien o de algo»— aparece en la descripción de Greccio.
Las dos palabras no son sinónimos, y la diferencia sirve. Conmemorar mira al hecho: se conmemora una fecha, una victoria, un nacimiento. Homenaje mira a la persona: se rinde en honor de alguien. El Nacimiento tiene las dos caras — es un hecho y es alguien—, y un belén hace las dos cosas: conmemora el Nacimiento y rinde homenaje al Niño. Con una sola de las dos palabras se dice la mitad. Y homenaje es ya la palabra del Manual: el capítulo sobre a quién representa un belén cierra diciendo que todo belén rinde un homenaje doble; Greccio le da a esa frase su fuente en el origen mismo.
Falta la palabra del título del capítulo anterior, y es la que más dice. Recuerdo. Recordar viene, según el diccionario, del latín recordari;13 y recordari está hecho de re- y de cor, cordis, el corazón: volver a pasar por el corazón.15 El castellano, el catalán y el italiano llevan el corazón dentro del verbo sin que nadie lo vea ya. El francés, que perdió ese verbo, dice se souvenir, del latín subvenire: lo que viene desde abajo, lo que sube.16 Y el lema del Quebec, que va escrito en las matrículas de sus coches desde 1978, es Je me souviens: tres palabras que el arquitecto del Parlamento escribió en sus planos de 1883.17 Dos raíces distintas dicen lo mismo: lo que uno recuerda no es lo que ha visto, sino lo que ha hecho suyo — lo que pasó por el corazón, lo que estaba abajo y sube—. No se recuerda lo que solo pasó por los ojos. Y no se reconoce lo que no se recordaba.

Hay una cosa que el castellano homenaje captura peor que el latín de Celano, y es justo la que Greccio añade. Un homenaje puede ser una placa, un discurso, un minuto de silencio: honra a distancia. Memoriam agere en su sentido litúrgico es más que honrar: es hacer presente lo que se conmemora — el «haced esto en memoria de mí» no recuerda la cena: la vuelve a poner en la mesa—. Francisco no quiso solo honrar el Nacimiento; quiso que estuviera allí, delante, corporeis oculis, hasta el punto de que Celano dice que Greccio «se ha convertido casi en una nueva Belén».14 El homenaje del belén es de esa clase: el que pone delante lo que honra. Y ahora se entiende para qué lo pone delante: para que se reconozca. Lo que se honra a distancia se sabe; lo que se pone delante se vuelve a pasar por el corazón.
Todas estas palabras viajan. Conmemorar, homenaje, memoria, hacer presente, observar, reconocer: cada una tiene término directo en las seis lenguas del Manual, sin nota de equivalencia. Homenaje es, además, palabra de toda la Romania — del occitano homenatge: homenatge, hommage, omaggio—.13 La única palabra de este asunto que no viaja es «belenismo», que solo existe en dos lenguas.
Entender antes de hacer, por los dos lados
De todo lo anterior se sigue una cosa que no está en Celano ni en el diccionario, y que este Manual sostiene desde el oficio de quien lo escribe. Si lo que una escena transmite es un reconocimiento, entonces el reconocimiento tiene que ser posible por los dos lados: en quien hace la escena y en quien la mira. Y en los dos lados la condición es la misma.
En quien hace. Nadie hace presente lo que no ha entendido. Quien recibe el encargo de tallar un Buda y lo talla sin saber quién fue Buda ni qué enseñó hace un objeto con esa forma; no lo hace presente. La forma puede ser correcta y la figura, muda. Y entender no es aceptar: el mismo escultor puede recibir el encargo de un diablo y hacerlo — para mostrar, exactamente, lo que no encaja—, y hacerlo presente sin creer en él. Lo que no puede es hacer presente lo que no ha comprendido, porque no sabe qué está poniendo delante. Y lo no comprendido se lee, en la figura, como caricatura, aunque no lo pretenda: la forma sin su motivo es siempre una forma exagerada en algún sitio, porque el que la hizo no sabía qué era lo importante. Es lo que Francisco hizo antes de Greccio, según Celano: la humildad de la Encarnación y la caridad de la Pasión «ocupaban de tal modo su memoria que apenas quería pensar en otra cosa».10 Primero lo entendió hasta no poder pensar en otra cosa; luego pidió el pesebre. La investigación que este Manual exige antes de cada figura — quién era, cómo vestía, qué hacía, en qué mundo— no es un lujo de método ni una manía de escultor: es la condición para que una figura haga presente algo en lugar de parecerse a algo. Por eso el Manual empieza siempre por leer, documentar y comparar antes de tocar el material; y por eso ese trabajo no es un paso previo a la obra, sino su primer momento.
En quien mira. Y del otro lado ocurre lo mismo, y Emaús lo había dicho ya: los discípulos no se conmueven hasta reconocer, y no reconocen hasta que lo que ven se junta con lo que sabían. La emoción que no pasa por la mente no queda. Se puede sentir algo vago ante una escena que no se entiende — una luz bonita, un conjunto agradable—; pero eso es lo que se siente ante un escaparate, y no deja nada, porque no había nada con que juntarlo. Lo que Celano llama impressus memoriae, impreso en la memoria, es lo que ha pasado por los dos sitios: por el corazón y por la mente. Por eso queda en unos y no en otros. No porque unos tengan más sensibilidad, sino porque unos traían con qué reconocer y otros no. Y aquí vuelve el Niño desnudo de la apertura. Quien lo reconoce, reconoce una imagen; quien sabe lo que dice Lucas reconoce, además, que la imagen está mal, y delante de un Niño envuelto en pañales reconocería otra cosa: el texto. La educación de la mirada no cambia los ojos; cambia lo que hay con qué juntar lo que ven. Es exactamente lo que este Manual hace al investigar antes de modelar: no da al que mira más sensibilidad, le da más que reconocer.
De aquí sale una regla que este Manual aplica en todas sus páginas de escena, y que aquí solo se recapitula porque tiene su hogar en otro sitio: la emoción se deduce del argumento, no se le añade. Lo que una escena debe transmitir — el cansancio de un viaje, la obediencia de una respuesta, la pobreza de un lugar— se lee en el material que la escena pone delante una vez entendido, y nunca se sobrepone con signos: resplandores, gestos sentimentales, animales que comprenden. Si la escena conmueve es porque el material conmueve a quien lo reconoce. Un resplandor añadido es la confesión de que el material no bastaba, o de que quien lo hizo no confiaba en que el que mira supiera con qué juntarlo.18
El belén como espejo
Si lo que se reconoce es lo que ya se sabe, entonces cada belén devuelve lo que cada uno trae. De ahí se sigue una imagen: más que una definición cerrada, el belenismo ofrece un espejo. Devuelve una imagen de lo que valoramos, de cómo entendemos la Navidad, de qué queremos recordar, transmitir o reinventar. Hay quien puebla su belén con animales de su tierra y personajes de hoy; hay quien busca reconstruir la Judea del siglo I; hay quien mezcla ambas cosas. En cada caso hay una decisión, y esa decisión habla de nosotros.
Ahora se sabe por qué habla de nosotros: porque lo que cada uno pone en la escena es lo que quiere que se reconozca en ella, y lo que quiere que se reconozca es lo que sabe. Y aquí conviene pasar la afirmación por la prueba con que este Manual lee toda frase general sobre «el belén»: ¿vale para el bíblico y para el popular? Vale para los dos, y de manera distinta, y la diferencia es instructiva.
En el belén bíblico, lo que se reconoce es el relato: Nazaret, Belén, un camino, un establo, una época que hay que investigar para poder ponerla delante. El que mira trae la historia; la escena le devuelve la historia hecha lugar, y cuanto mejor investigada esté, más tiene con qué juntarla — y más le devuelve—. En el belén popular se reconoce el relato y además otra cosa: la propia tierra. El pastor que lleva la ropa del valle, el molino que está a la salida del pueblo, el oficio que tenía el abuelo. El que mira no reconoce solo a José y a María: se reconoce a sí mismo, y a los suyos, en el Nacimiento. Es un reconocimiento doble, y por eso el belén popular conmueve a veces con menos medios: tiene dos cosas que devolver en lugar de una. El capítulo anterior dejó anotado, sin desarrollarlo, que el primer gesto de Greccio fue ya ese — quasi nova Bethleem de Graecio facta est, Greccio hecho Belén: el Nacimiento puesto en el pueblo de uno—. Su sitio, si se sostiene, está en el capítulo del estilo popular; lo que aquí se añade es solo por qué funciona: porque a lo que ya se sabe del relato se le suma lo que ya se sabe de casa. Quién es ese «nosotros» que la escena devuelve, y a quién representa un belén cuando lo hace, tiene su propio capítulo en esta serie, y allí se remite.
Cierre
Una escena del Nacimiento no informa. No puede: no tiene tiempo, no tiene antes ni después, y el que la mira ya sabía quiénes son antes de llegar. Lo que hace es otra cosa, y los textos leídos lo dicen cada uno a su manera. Jesús, citando a Isaías: se puede ver sin percibir. Emaús: la emoción no llega al ver, sino al reconocer, y reconocer es juntar lo que se ve con lo que se sabía. María: se guarda y se compara. Efesios: los ojos del cuerpo son para llegar a los del corazón, o del entendimiento — el texto dudó entre los dos, y hacía bien—. Y el diccionario: no memoria que se tiene, sino memoria que se hace; no un recuerdo, sino un homenaje de la clase que pone delante lo que honra, para que vuelva a pasar por el corazón.
De ahí sale lo que este capítulo sostiene: una escena del Nacimiento transmite un reconocimiento. Devuelve, a quien la tiene delante, lo que ya sabía — del relato, y en el belén popular también de su casa—, y lo devuelve de manera que pase otra vez por el corazón y quede. Por eso conmueve a quien trae con qué, y por eso no conmueve a quien no; por eso quien la hace tiene que haber entendido antes lo que pone, y por eso la emoción no se añade, se deduce. Francisco lo pidió con dos palabras, memoriam agere, y Celano contó lo que pasó con tres, impressus memoriae diligenti. Entre las unas y las otras está todo lo que una escena puede hacer, y es esto: reconocer lo que ya se sabe.
Queda por preguntar de qué está hecho el mundo que produce ese reconocimiento — qué obras, qué modos, qué gente—. Eso es lo siguiente.
Referencias
Las notas al pie localizan y solo localizan. Las entradas que explican por qué entra cada fuente, qué aporta y qué no permite afirmar están en el cuerpo, en el panel que acompaña a su primera aparición. Las traducciones del latín son propias.
Lc 2,7 y 2,12, RVA 1909, cotejados en BibleGateway («Reina-Valera Antigua») el 15-9-2026: «Y parió á su hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y acostóle en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón»; «Y esto os será por señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre». La descripción de las figuras actuales del Niño (desnudo, ojos abiertos, cabeza levantada, miembros separados) es observación de Emili Solé sobre la producción corriente; no se cuantifica ni se cita ninguna pieza concreta. ↩
Todas las citas bíblicas en castellano, Reina-Valera 1909, consultada como «Reina-Valera Antigua (RVA)» en BibleGateway el 13-9-2026; el griego, SBL Greek New Testament (SBLGNT) y, para la variante de Ef 1,18, Scrivener 1894 (TR1894), ambos en BibleGateway el 13-9-2026; el latín, Biblia Sacra Vulgata en BibleGateway, misma fecha. ↩
Mt 13,13, RVA 1909: «Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden». ↩
Lc 8,10, RVA 1909: «Y él dijo: A vosotros es dado conocer los misterios del reino de Dios; mas á los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan». ↩
Lc 24,16.31-32, RVA 1909: «Mas los ojos de ellos estaban embargados, para que no le conociesen»; «Entonces fueron abiertos los ojos de ellos, y le conocieron; mas él se desapareció de los ojos de ellos. Y decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?». ↩
Lc 2,19, RVA 1909: «Mas María guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en su corazón». Vulgata: «Maria autem conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo». ↩
Lc 2,19, SBLGNT: «ἡ δὲ Μαρία πάντα συνετήρει τὰ ῥήματα ταῦτα συμβάλλουσα ἐν τῇ καρδίᾳ αὐτῆς». ↩
Lc 2,51, RVA 1909: «Y descendió con ellos, y vino á Nazaret, y estaba sujeto á ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón». ↩
Ef 1,18. Vulgata: «illuminatos oculos cordis vestri, ut sciatis quae sit spes vocationis ejus». SBLGNT: «πεφωτισμένους τοὺς ὀφθαλμοὺς τῆς καρδίας ὑμῶν». TR 1894: «πεφωτισμενους τους οφθαλμους της διανοιας υμων». RVA 1909: «Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación». La atribución de la lectura διανοίας al textus receptus como base de la Reina-Valera es dato general de la historia del texto; se comprueba aquí por coincidencia entre TR 1894 y RVA. ↩ ↩
Tomás de Celano, Vita prima, 84,1 y 84,3; ed. d'Alençon (Roma, 1906), p. 85, l. 14-23: «toto desiderio mentis, toto cordis fervore»; «Praecipue incarnationis humilitas et charitas passionis ita eius memoriam occupabant ut vix vellet aliud cogitare». Presentación de la fuente, edición y cotejo: capítulo anterior de esta serie, panel y nota 1. ↩ ↩
Agustín de Hipona, Confesiones, X, 14, 21: «affectiones quoque animi mei eadem memoria continet, non illo modo quo eas habet ipse animus cum patitur eas, sed alio multum diverso […] et laetatum me fuisse reminiscor non laetus, et tristitiam meam praeteritam recordor non tristis, et me aliquando timuisse recolo sine timore». Texto latino cotejado el 15-9-2026 y de nuevo el 22-10-2026 (thelatinlibrary.com, Confessiones, libro X, 14, 21). Traducción propia. ↩
William Wordsworth, prólogo a Lyrical Ballads, 2.ª ed., Londres, T. N. Longman y O. Rees, 1800, pp. xxxiii-xxxiv: «Poetry is the spontaneous overflow of powerful feelings: it takes its origin from emotion recollected in tranquillity: the emotion is contemplated till by a species of reaction the tranquillity gradually disappears, and an emotion, similar to that which was before the subject of contemplation, is gradually produced, and does itself actually exist in the mind». Cotejado el 15-9-2026 contra la transcripción de la Universidad de Virginia hecha sobre las imágenes del ejemplar de 1800 (anthology.lib.virginia.edu). Traducción propia. ↩
Diccionario de la lengua española, RAE, edición en línea (dle.rae.es), cotejado el 15-9-2026 contra las capturas de Emili Solé del 12-9-2026. Memoria («Del lat. memoria»): acep. 1, «Capacidad de recordar»; acep. 2, «Recuerdo que se hace o aviso que se da de algo pasado», con los sinónimos «recuerdo, remembranza, evocación, rememoración, mención, conmemoración, membranza»; acep. 6, «Monumento para recuerdo o gloria de algo». Conmemorar («Del lat. commemorāre»): acep. 1, «Recordar solemnemente algo o a alguien, en especial con un acto o un monumento. El monasterio de El Escorial conmemora la victoria en San Quintín»; acep. 2, «Celebrar una fecha importante». Conmemoración («Del lat. commemoratio, -ōnis»): acep. 1, «Acción y efecto de conmemorar»; acep. 2, «En la liturgia católica, memoria que se hace de un determinado santo en una celebración de rango superior». Homenaje («Del occit. homenatge»): acep. 1, «Acto o serie de actos que se celebran en honor de alguien o de algo»; acep. 2, «Sumisión, veneración, respeto hacia alguien o de algo»; acep. 3, «En la Edad Media, juramento solemne de fidelidad hecho a un rey o señor». Recordar («Del lat. recordāri»): acep. 1, «Pasar a tener en la mente algo del pasado». ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩
Celano, 85,4-5; d'Alençon, p. 86, l. 28 - p. 87, l. 3: «Honoratur ibi simplicitas, exaltatur paupertas, humilitas commendatur, et quasi nova Bethleem de Graecio facta est». Presentación de la fuente: capítulo anterior de esta serie. ↩ ↩
La composición de recordari a partir de re- y cor, cordis no la da el DLE (solo «Del lat. recordāri»); la da el diccionario latino de Lewis y Short, que pone la entrada separando el prefijo y remite a cor: «rĕ-cordor, ātus, 1, v. dep. a. and n. cor.» (Charlton T. Lewis y Charles Short, A Latin Dictionary, Oxford, Clarendon Press, 1879, s. v. recordor; edición digital de la Perseus Digital Library, consultada el 22-10-2026). ↩
Le Robert, Dictionnaire de la langue française en línea (dictionnaire.lerobert.com, s. v. souvenir), consultado el 15-9-2026: la etimología latina subvenire aparece en la sección de definiciones antiguas que Le Robert reproduce del Dictionnaire universel de Furetière (1690), con la glosa «comme qui diroit in mentem venire»; la definición moderna del pronominal: «Avoir de nouveau présent à l'esprit (qqch. qui appartient à une expérience passée)». Lo confirma el Trésor de la langue française informatisé (CNRTL, s. v. souvenir, «Étymologie et histoire», consultado el 22-10-2026): «Du lat. subvenire (de sub « sous » et venire « venir ») « survenir, se présenter à l'esprit (en parlant d'idées) »». ↩
Bibliothèque de l'Assemblée nationale du Québec, «Je me souviens et les devises du Nouveau Monde», Première lecture, 21-6-2023 (premierelecture.bibliotheque.assnat.qc.ca), consultado el 15-9-2026: «la première mention du Je me souviens apparaît sur les plans du Palais législatif préparés par Taché en 1883» (Eugène-Étienne Taché, 1836-1912, arquitecto); «l'inscription en 1978 du Je me souviens sur les plaques d'immatriculation, en remplacement du slogan touristique La belle province». Gouvernement du Québec, «Devise du Québec : Je me souviens» (quebec.ca), consultado el 21-10-2026: «L'adoption en 1939 de nouvelles armoiries du Québec sur le listel desquelles elle figure, raffermit son caractère officiel». ↩
Criterio fijado en este Manual el 12-7-2026 para las páginas de escena («Lo que la escena transmite»). Aquí se recapitula; no se desarrolla. ↩