Todo el mundo sabe que el belén empezó con Francisco de Asís, en Greccio, la Nochebuena de 1223. Lo saben las asociaciones, que lo tienen por patrón; lo sabe el expediente español de patrimonio, que lo pone como origen; lo sabe cualquiera que haya leído dos líneas sobre el asunto. Es de las pocas cosas de este oficio en que nadie discrepa.
Y sin embargo casi nadie se ha hecho la pregunta siguiente, que es la única que importa: para qué lo hizo. No qué puso — eso también se sabe mal, y se verá—, sino qué esperaba que ocurriera en quien lo viera. Porque si aquella noche es el origen de lo que hoy se hace, lo que Francisco quiso conseguir es lo que hoy se sigue intentando, se sepa o no. Y si no se sabe, se hereda una forma sin su motivo.
Este capítulo va a leer los dos textos que cuentan lo que pasó en Greccio, escritos por gente que conoció a Francisco o a quienes lo conocieron, y va a mirar en ellos una sola cosa: qué se quiso y qué ocurrió. No define la palabra «belenismo» — eso llega más adelante en esta serie— ni examina el expediente que hoy la define por ley — eso tiene el suyo—. Se detiene antes, en el momento en que todavía no hay palabra ni figura ni decreto, y solo hay un hombre que pide que le preparen un pesebre con heno y dos animales, y dice por qué.
Lo que hubo en Greccio, y lo que no hubo

Celano abre el capítulo diciendo qué ocupaba a Francisco en aquellos años, y conviene empezar por ahí, porque explica todo lo que sigue. Su intención suprema era «observar el santo Evangelio en todo y por todo» y seguir las huellas de Cristo «con todo el deseo de la mente, con todo el fervor del corazón» — toto desiderio mentis, toto cordis fervore—; y de todo el Evangelio, dos cosas «ocupaban de tal modo su memoria que apenas quería pensar en otra cosa»: «la humildad de la Encarnación y la caridad de la Pasión» — incarnationis humilitas et charitas passionis—.2 Greccio no es una ocurrencia devota de una Nochebuena: es una de esas dos cosas puesta por obra.
Unos quince días antes de Navidad, Francisco llama a un hombre de aquella tierra, Juan, «de buena fama pero de mejor vida», y le dice lo que quiere. Esa frase se lee despacio en la sección siguiente. Ahora importa lo que Juan preparó, porque de eso Celano da una lista y es corta:
Et quidem praeparatur praesepium, apportatur foenum, bos et asinus adducuntur.3
Y se prepara el pesebre, se trae el heno, se conducen el buey y el asno.
Un pesebre, heno, un buey y un asno vivos. Y encima del pesebre, la misa: «se celebran las solemnidades de la misa sobre el pesebre» — celebrantur missarum solemnia supra praesepe—.4 Francisco, que era diácono y no sacerdote, se reviste con los ornamentos de su orden y «canta con voz sonora el santo Evangelio», y luego predica al pueblo «sobre el nacimiento del Rey pobre».5 Eso es todo lo que el texto dice que hubo.
Y ahora lo que no dice, que es lo decisivo. No hay María. No hay José. No hay pastores. No hay nadie que haga de nadie. No hay ninguna imagen del Niño. Nadie representa un papel; nadie ha modelado una figura. Lo que hay son las condiciones materiales del Nacimiento — el pesebre, el heno, los dos animales— y, dentro de ellas, la liturgia de la Nochebuena, cantada y predicada. Greccio no es un pesebre viviente en el sentido en que hoy se usa la expresión, porque no hay personajes; y no es un belén de figuras, porque no hay figuras. Es una misa celebrada sobre un pesebre preparado a propósito para que el misterio que se celebra se tenga delante.
Esto no lo dice solo el Manual. Lo dice, con todas las letras, el documento que hoy define el belenismo por ley en España.
En su página 9, el informe describe el origen así: en 1223, en Greccio, Francisco «realizó en la misa de Nochebuena un drama paralitúrgico, en el que se escenificó de manera real el ambiente del nacimiento de Jesús». Y añade, para que no quede duda: «Conviene hacer notar que la presencia del Niño Jesús en el pesebre de Greccio no se corresponde, ni debe identificarse, con una imagen escultórica, como equivocadamente se piensa y viene repitiéndose. Y, aún mucho menos, que San Francisco montó un belén con figuras».6
Retenga el lector esa frase, porque en la misma página, unas líneas antes, el mismo informe ha definido lo que es un belén: «una representación tridimensional y escenográfica del nacimiento de Cristo, realizada con figuras móviles, en un escenario fijo, que se arma para el tiempo de Navidad»; y remata: «Se trata, por lo general, de construcciones efímeras y estacionales».6 No hace falta añadir nada. El documento define el belén por sus figuras, pone su origen en Greccio y declara que en Greccio no hubo figuras. Las tres cosas, en una página. Este capítulo no va a discutir con el informe — para eso está el suyo—; solo va a hacer lo que el informe no hizo: preguntarse, ya que en el origen no había figuras, qué había. Y lo que había, según el único testigo, era un propósito.
Lo que Francisco dijo que quería
Celano pone en boca de Francisco, cuando llama a Juan, una sola frase de motivo. Es la única del texto en que el propio Francisco dice para qué hace lo que hace, y es esta:
Volo enim illius pueri memoriam agere, qui in Bethleem natus est, et infantilium necessitatum eius incommoda, quomodo in praesepio reclinatus et quomodo, adstante bove atque asino, supra foenum positus exstitit, utcumque corporeis oculis pervidere.7
Quiero, en efecto, celebrar la memoria de aquel Niño que nació en Belén, y ver de algún modo, hasta el fondo y con los ojos del cuerpo, las penalidades de sus necesidades de niño: cómo fue reclinado en un pesebre y cómo, con el buey y el asno al lado, fue puesto sobre el heno.
La traducción que el informe del IPCE reproduce, la de la BAC, dice: «Para hacer memoria con mayor naturalidad de aquel divino Niño y de las incomodidades que sufrió al ser reclinado en un pesebre y puesto sobre húmeda paja junto a un buey y un asno, quisiera hacerme de ello cargo de una manera palpable y como si lo presenciara con mis propios ojos».6 Es una traducción hermosa y es más larga que el latín: «palpable» no está en el texto, ni «húmeda», ni «divino». Se traducen aquí de nuevo las tres palabras de las que cuelga el capítulo, porque en la versión que circula quedan borrosas.
La primera es memoriam agere. No es «recordar» ni «acordarse». Agere es el verbo con que el latín de la Iglesia dice celebrar — agere festum, celebrar una fiesta; agere gratias, dar gracias—. Francisco no quiere acordarse del Niño: quiere celebrar su memoria como se celebra un rito, poniéndola por obra. El capítulo siguiente de esta serie muestra que el castellano conserva ese giro exacto, palabra por palabra, en una acepción del diccionario.
La segunda es incommoda. Las incomodidades, las penalidades, los apuros. Lo que Francisco quiere tener delante no es una escena tierna: son las infantilium necessitatum incommoda, las penalidades de las necesidades de un recién nacido, y las enumera — un pesebre por cuna, heno por lecho, dos animales por compañía—. El asunto de Greccio es la pobreza en que nació aquel Niño, que es, según Celano acaba de decir poco antes, el asunto que ocupaba la memoria de Francisco por encima de cualquier otro.
La tercera es pervidere. Francisco no dice videre, ver. Dice per-videre: ver a través, ver hasta el fondo, mirar de manera que se atraviese lo que se tiene delante. Y lo dice con una honestidad que conviene no perder: utcumque, «de algún modo», «como se pueda». Sabe que un pesebre con heno y dos animales es una aproximación. Pero la mirada que pide es la que atraviesa, no la que resbala; y la pide para los ojos del cuerpo — corporeis oculis—, que es lo único con lo que se puede empezar.
Hay que declarar aquí una cosa sobre esa palabra, porque afecta a lo que el lector debe creer. No todos los manuscritos de Celano la traen igual. El códice de Barcelona sobre el que se hizo la edición de 1906, y con él la edición crítica y el texto que cita el Vaticano, leen pervidere; dos manuscritos (los de Évreux y Londres) leen videre a secas, sin prefijo; el de Osek lee praevidere — y alguna transcripción moderna en internet, previdere— y el de París, providere.8 La tradición manuscrita, es decir, dudó entre «ver» y «ver hasta el fondo». El argumento de este capítulo no descansa en ese prefijo: descansa en lo que Celano dice que ocurrió, que se lee en la sección siguiente y no tiene variante. Lo que separa ver de ver hasta el fondo — y por qué esa diferencia es la que importa a quien tiene delante una escena del Nacimiento— es el asunto del capítulo siguiente; aquí basta con retener que Francisco pidió lo segundo, y con el verbo justo.
De modo que la frase de motivo dice, sin adorno: celebrar la memoria del Niño de manera que la pobreza de aquel Niño se vea con los ojos del cuerpo, hasta el fondo, como se pueda. Dice qué (la memoria del Niño), dice de qué (su pobreza), y dice cómo (con los ojos, atravesando). No dice que quiera construir nada, ni conservar nada, ni exponer nada. Lo que sigue es lo que Celano cuenta que pasó.
Lo que ocurrió
Celano no deja la pregunta abierta. Describe el efecto en Francisco, lo describe en la gente, y da además el mensaje. Se van a leer por capas, porque son capas.
En Francisco. «Está el santo de Dios de pie ante el pesebre, lleno de suspiros, contrito de piedad y bañado de una alegría admirable» — suspiriis plenus, pietate contritus et mirabili gaudio superfusus—.9 Tres afectos en una frase, y los tres de quien está dentro de lo que ha hecho, no de quien lo ha decorado. Y cuando predica, Celano lo cuenta con una precisión que no es de acta sino de retrato: cada vez que quería nombrar a Jesús lo llamaba «el Niño de Belén», y al decir «Belén» balaba como una oveja y se relamía los labios «saboreando y tragando la dulzura de esa palabra».5 Nadie escribe así de quien ha puesto un adorno.
En la gente. «La noche se ilumina como el día, y fue deliciosa para hombres y animales. Llegan las gentes y ante el misterio nuevo se alegran con alegrías nuevas. El bosque resuena de voces y las rocas responden a los que exultan».10 En un texto del siglo XIII eso es la descripción de una conmoción colectiva, y conviene notar con qué se hace: con luz — cirios y antorchas que la gente había preparado «con los ánimos exultantes», exsultantibus animis—, con voces, con el canto de los frailes que dura toda la noche.10 Greccio fue vista, pero fue también oído: Francisco cantó el Evangelio; los frailes cantaron; la noche entera «resuena de júbilo». Nadie canta para no ser escuchado, y los que cantaron estaban allí, delante de todos, tanto como el heno y los animales.
El mensaje. Celano lo enuncia sin rodeos, en la frase que sigue a la que dice lo que se preparó: «Allí se honra la sencillez, se exalta la pobreza, se recomienda la humildad, y Greccio se ha convertido casi en una nueva Belén» — honoratur ibi simplicitas, exaltatur paupertas, humilitas commendatur, et quasi nova Bethleem de Graecio facta est—.3 Greccio enseña algo, y lo enseña sin sermón: que Dios nació pobre. Lo pone delante — heno, pesebre, dos animales— para que quien lo mire hasta el fondo lo entienda por sí mismo. Y de paso dice qué se ha hecho con aquel lugar: no se ha recordado Belén; Greccio se ha hecho Belén.
Y lo que Celano considera el efecto verdadero, que está en la glosa de una visión. Un hombre de bien vio en el pesebre «a un niño pequeño que yacía exánime», y vio al santo acercarse y despertarlo «como del sopor del sueño». Celano no la deja como prodigio; la interpreta:
Nec inconveniens visio ista, quum puer Iesus in multorum cordibus oblivioni fuerit datus, in quibus, ipsius gratia faciente, per servum suum sanctum Franciscum resuscitatus est et impressus memoriae diligenti.11
Y no era inconveniente esta visión, pues el niño Jesús había sido entregado al olvido en los corazones de muchos, en los cuales, obrando su gracia, por medio de su siervo san Francisco fue resucitado e impreso en una memoria atenta.
No dice «visto». Dice despertado, resucitado, y luego impreso en una memoria atenta — impressus memoriae diligenti—. El objetivo de Greccio no era que la gente viera un pesebre; era que algo que tenían dentro y habían olvidado volviera a estar vivo, y que quedara. Es la frase que sostiene el capítulo, y no tiene variante registrada en el aparato crítico de d'Alençon.8

Cuarenta años después, Buenaventura cuenta la misma noche, más corta, y dice el propósito por segunda vez y con otra palabra. Francisco «dispuso celebrar la memoria del nacimiento del niño Jesús para excitar la devoción» — memoriam nativitatis pueri Iesu ad devotionem excitandam … disponeret agere—.13 Y cierra con el mismo verbo: el ejemplo de Francisco es «despertador de los corazones entumecidos en la fe de Cristo» — excitativum est cordium in fide Christi torpentium—.14 Dos veces el mismo verbo, excitare, despertar; y las dos veces lo que se despierta son los corazones, no los ojos. Celano decía impressus memoriae; Buenaventura dice excitare corda. Coinciden en lo único que este capítulo necesita: el medio fue sensible y el efecto buscado, interior.
Buenaventura añade tres cosas que conviene conocer, no porque cambien el argumento sino porque han cambiado la imagen que se tiene de Greccio. La primera: las lágrimas. Donde Celano ponía suspiros, Buenaventura escribe que Francisco estaba «bañado en lágrimas» — respersus lacrimis—.15 La segunda: la licencia del papa, «para que esto no pudiera atribuirse a novedad» — ne vero hoc novitati posset adscribi, a Summo Pontifice petita et obtenta licentia—, que en Celano no está; Buenaventura no nombra al papa, y el nombre de Honorio III que se lee en todas partes es deducción por la fecha.16 La tercera es la que más pesa: el Niño de la visión cambia. En Celano el hombre que lo ve no tiene nombre y el niño está exánime; en Buenaventura el visionario es «el señor Juan de Greccio», caballero que dejó las armas por Cristo, y el niño es «hermosísimo, dormido», y Francisco lo despierta «abrazándolo con los dos brazos» — ambobus complexans brachiis—.17 Ese abrazo es el que pintaron después en la basílica de Asís, y de ese fresco viene la idea, repetida durante siglos, de que en Greccio hubo una figura del Niño que Francisco tomó en brazos. La imagen nace en Buenaventura, casi cuarenta años después de la noche; y ni en Buenaventura ni en Celano hay figura: hay una visión, y un abrazo dentro de la visión.

Con los dos testigos leídos, la pregunta de la apertura tiene respuesta cerrada. Francisco no esperaba una simple visión, ni un espejo, ni un adorno. Lo que esperaba, en las palabras de quienes lo contaron, es una cadena de cuatro eslabones, y los cuatro están escritos: mirar hasta el fondo → conmoverse → despertar lo que estaba olvidado y dejarlo impreso → entender la pobreza de aquel Niño. Sentidos, emoción, interior, ética. En ese orden, y cada uno causa del siguiente.
Cierre
Francisco pidió un pesebre, heno y dos animales, y dijo para qué: para celebrar la memoria de aquel Niño y ver su pobreza, hasta el fondo, con los ojos del cuerpo. Eso es lo que nombró: los ojos. Es decir, el medio. Lo que quería que ocurriera no lo nombró él; lo cuentan los que estuvieron, o los que hablaron con quienes estuvieron. En Francisco, suspiros, contrición, alegría, y en el segundo testigo, lágrimas. En la gente, una noche entera que resuena. Y por debajo de todo eso, lo que Celano y Buenaventura señalan como lo que de verdad pasó, cada uno con su verbo: el Niño olvidado en los corazones fue despertado. Los ojos del cuerpo llevaron a los corazones. Ese es el primer tramo del recorrido, y está en los dos textos.
Pero Celano dice una cosa más, en la misma frase, y suele leerse de corrido: que el Niño fue impressus memoriae diligenti, impreso en una memoria atenta. No solo despertado: retenido. Lo que la noche puso delante de los ojos y movió en los corazones quedó en algún sitio donde pudiera volver a encontrarse. Y ese sitio Celano lo había nombrado ya en la primera frase del capítulo, antes de contar nada, cuando dice de qué estaba hecho el seguimiento del Evangelio en Francisco: toto desiderio mentis, toto cordis fervore, con todo el deseo de la mente y con todo el fervor del corazón. Los dos juntos, antes de Greccio; los dos juntos, después.
El recorrido tiene, pues, tres estaciones, y las tres están escritas. Los ojos del cuerpo: lo que Francisco pidió. Los corazones: lo que se despertó. La memoria atenta — la mente—: donde quedó. Qué es lo que queda, por qué queda en unos y no en otros, y qué tiene que haber en quien mira para que una escena del Nacimiento le haga esto, es la pregunta del capítulo siguiente. Aquí solo se ha establecido el punto de partida y la dirección del camino: empieza en los ojos y no termina en ellos.
Hacer presente el recuerdo con los ojos de la mente.
Referencias
Las notas al pie localizan y solo localizan. Las entradas que explican por qué entra cada fuente, qué aporta y qué no permite afirmar están en el cuerpo, en el panel que acompaña a su primera aparición. Las traducciones del latín son propias.
Tomás de Celano, Vita prima S. Francisci, cap. XXX, §§ 84-87. Texto latino: S. Francisci Assisiensis vita et miracula additis opusculis liturgicis auctore Fr. Thoma de Celano, ed. P. Eduardus Alenconiensis, Roma, Desclée, 1906, pp. 85-88 (ejemplar digitalizado en Internet Archive, ítem
sfrancisciassisi00thom). Códice base: Barcinonensis, Archivo de la Corona de Aragón, fondo de Ripoll, n.º 41 (Prolegomena, p. XLVIII y cap. VI). Cotejo completo contra esta edición el 13-9-2026. Fontes Franciscani, ed. E. Menestò y S. Brufani, Asís, 1995, pp. 360-362, citado a través de la carta apostólica Admirabile signum (Francisco, 1-XII-2019), texto latino en vatican.va; el volumen de Fontes Franciscani no se ha consultado. ↩Celano, 84,1 y 84,3; d'Alençon, p. 85, l. 14-23: «toto desiderio mentis, toto cordis fervore»; «Praecipue incarnationis humilitas et charitas passionis ita eius memoriam occupabant ut vix vellet aliud cogitare». ↩
Celano, 85,4-5; d'Alençon, p. 86, l. 28 - p. 87, l. 3: «Et quidem praeparatur praesepium, apportatur foenum, bos et asinus adducuntur. Honoratur ibi simplicitas, exaltatur paupertas, humilitas commendatur, et quasi nova Bethleem de Graecio facta est» (grafía Bethleem en d'Alençon; Bethlehem en la transcripción de Fonte Colombo). ↩ ↩
Celano, 85,11; d'Alençon, p. 87, l. 10-12: «Celebrantur missarum solemnia supra praesepe, et nova fruitur consolatione sacerdos». ↩
Celano, 86,1-5; d'Alençon, p. 87, l. 13-26: «Induitur sanctus Dei leviticis ornamentis, quia levita erat, et voce sonora sanctum evangelium cantat»; «Praedicat deinde populo circumstanti, et de nativitate pauperis regis»; «more balantis ovis Bethleem dicens»; «felici palato degustans et deglutiens dulcedinem verbi huius». ↩ ↩
Instituto del Patrimonio Cultural de España, Informe técnico definitivo para la declaración del belenismo como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, marzo de 2022, p. 9, cotejado contra el PDF el 12-9-2026: definición operativa del belén; «un drama paralitúrgico, en el que se escenificó de manera real el ambiente del nacimiento de Jesús»; «Conviene hacer notar que la presencia del Niño Jesús en el pesebre de Greccio no se corresponde, ni debe identificarse, con una imagen escultórica, como equivocadamente se piensa y viene repitiéndose. Y, aún mucho menos, que San Francisco montó un belén con figuras»; «Se trata, por lo general, de construcciones efímeras y estacionales». La cita de Celano en castellano que el informe reproduce procede, según su nota, de la edición de la BAC de 1956, pp. 339-342, no consultada: citada a través del informe. ↩ ↩ ↩ ↩
Celano, 84,8; d'Alençon, p. 86, l. 13-17: «Volo enim illius pueri memoriam agere, qui in Bethleem natus est, et infantilium necessitatum eius incommoda, quomodo in praesepio reclinatus et quomodo, adstante bove atque asino, supra foenum positus exstitit, utcumque corporeis oculis pervidere». Admirabile signum (2019), citando Fontes Franciscani, p. 360, da el mismo texto con las grafías praesaepio y fenum. ↩
Aparato crítico de d'Alençon, p. 86, l. 17: «E, L videre; Os praevidere; P providere»; sigla de la tabla de códices de la Legenda prima: E = Ebroicensis (Évreux), L = Londinensis, Os = Ossecenus (Osek), P = Parisiensis. La transcripción en línea de la Casa Fonte Colombo (capuchinhosrs.org.br), consultada el 12-9-2026, lee previdere. Para 86,8, d'Alençon, p. 88, l. 5-7, sin variante registrada en el aparato. ↩ ↩
Celano, 85,10; d'Alençon, p. 87, l. 8-10: «Stat sanctus Dei coram praesepio, suspiriis plenus, pietate contritus et mirabili gaudio superfusus». ↩
Celano, 85,2 y 85,6-9; d'Alençon, p. 86, l. 22-26 y p. 87, l. 3-8: «exsultantibus animis, cereos et faces praeparant ad illuminandam noctem»; «Illuminatur nox ut dies, et hominibus atque animalibus delitiosa exsistit. Adveniunt populi, et ad novum mysterium novis gaudiis adlaetantur. Personat sylva voces, et iubilantibus rupes respondent. Cantant fratres, Domino laudes debitas persolventes, et tota nox iubilatione resultat». ↩ ↩
Celano, 86,7-8; d'Alençon, p. 87, l. 28 - p. 88, l. 7: «Videbat enim in praesepio puerulum unum iacentem exanimem, ad quem videbat accedere sanctum Dei, et eumdem puerulum quasi a somni sopore suscitare. Nec inconveniens visio ista, quum puer Iesus in multorum cordibus oblivioni fuerit datus, in quibus, ipsius gratia faciente, per servum suum sanctum Franciscum resuscitatus est et impressus memoriae diligenti». ↩
Buenaventura, Legenda maior S. Francisci, cap. X, § 7. Texto latino: PDF «1221-1274, Bonaventura, Legenda Major Sancti Francisci, LT» (Documenta Catholica Omnia), sin indicación de la edición de procedencia; numeración de frases coincidente con Fontes Franciscani. Cotejado entero el 12-9-2026. Capítulo general de Pisa, 1263: Benedicto XVI, audiencia general del 3 de marzo de 2010 (vatican.va): «el capítulo general de los Frailes Menores de 1263, reunido en Pisa, reconoció en la biografía de san Buenaventura el retrato más fiel del fundador», y la Legenda «se convirtió en la biografía oficial del santo». Capítulo general de París, 1266: A. G. Little, «Definitiones capitulorum generalium Ordinis Fratrum Minorum 1260-1282», Archivum Franciscanum Historicum 7 (1914), pp. 676-682, «Diffinitiones facte in capitulo Parisiensi [1266]»: «precipit generale capitulum per obedientiam, quod omnes legende de beato Francisco olim facte deleantur, et ubi extra ordinem inveniri poterunt, ipsas fratres studeant amovere». ↩
Buenaventura, X,7,1: «Contigit autem anno tertio ante obitum suum, ut memoriam nativitatis pueri Iesu ad devotionem excitandam apud castrum Graecii disponeret agere, cum quanto maiore solemnitate valeret». ↩
Buenaventura, X,7,9: «Nam exemplum Francisci consideratum a mundo, excitativum est cordium in fide Christi torpentium». ↩
Buenaventura, X,7,4: «Stabat vir Dei coram praesepio pietate repletus, respersus lacrimis et gaudio superfusus». ↩
Buenaventura, X,7,2: «Ne vero hoc novitati posset adscribi, a Summo Pontifice petita et obtenta licentia, fecit praeparari praesepium, apportari foenum, bovem et asinum ad locum adduci». El informe del IPCE, p. 9, atribuye la licencia a Celano con remisión a su nota 1; en Celano no está. ↩
Buenaventura, X,7,7: «dominus Ioannes de Graecio, se vidisse asseruit puerulum quemdam valde formosum in illo praesepio dormientem, quem beatus pater Franciscus, ambobus complexans brachiis, excitare videbatur a somno». En Celano el visionario es «a quodam viro virtutis» sin nombre (86,6), y el Juan de 84,5 es quien prepara el lugar: Buenaventura funde a los dos. ↩