La palabra: «Belenismo, en dos lenguas»

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Hay una idea antigua que sostiene este capítulo: llamar bien a las cosas no es un adorno del pensamiento, sino su primera condición. La formuló Confucio, el maestro chino del siglo VI-V a. C., en las Analectas — la compilación de sus dichos reunida por sus discípulos—. Cuando le preguntaron qué haría primero si tuviera que gobernar, respondió que rectificar los nombres, y lo razonó así: «Si los nombres no son correctos, el lenguaje no concuerda con la verdad de las cosas; y si el lenguaje no concuerda con la verdad de las cosas, los asuntos no pueden llevarse a buen término».1 Es la doctrina de la «rectificación de los nombres» (正名, zhèngmíng), y su razón era práctica, no metafísica. A un gobernante que le preguntó por el buen gobierno le respondió con la misma idea vuelta ejemplo: hay gobierno «cuando el príncipe es príncipe y el ministro es ministro; cuando el padre es padre y el hijo es hijo».2 Si el emperador no se llama — y no se comporta— como emperador, los decretos no se obedecen; si el padre no ocupa el nombre de padre, la familia se desordena. Nombrar mal no es un descuido inocente: acaba torciendo lo que se hace.

«La Educación debe ser sin discriminación de clases». Monumento a Confucio, Montevideo (fotografía: Ale Genes, 2013, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

No fue una intuición solo suya, pero en Grecia la pregunta se volvió más ambiciosa. Platón dedicó un diálogo entero — el Crátilo— a discutir si los nombres son correctos por naturaleza o por simple convención. En su apertura (383a), Hermógenes — dirigiéndose a Sócrates— resume así la tesis del personaje que da título al diálogo: «Κρατύλος φησὶν ὅδε, ὦ Σώκρατες, ὀνόματος ὀρθότητα εἶναι ἑκάστῳ τῶν ὄντων φύσει πεφυκυῖαν, καὶ οὐ τοῦτο εἶναι ὄνομα ὃ ἄν τινες συνθέμενοι καλεῖν καλῶσι […] ἀλλὰ ὀρθότητά τινα τῶν ὀνομάτων πεφυκέναι καὶ Ἕλλησι καὶ βαρβάροις τὴν αὐτὴν ἅπασιν» — «Crátilo, aquí presente, oh Sócrates, afirma que cada uno de los seres tiene una corrección del nombre que le pertenece por naturaleza, y que el nombre no es aquello que unos cuantos, tras acordarlo, usan para llamar a las cosas […], sino que existe una corrección de los nombres, la misma para todos, para griegos y para bárbaros» (traducción propia sobre el texto de la edición de Burnet).3 Sócrates someterá esa tesis a examen durante todo el diálogo, y el lector atento saldrá con la sospecha de que la corrección natural de los nombres es un espejismo. Lo que aquí importa no es cómo lo resuelve Platón, sino la coincidencia de fondo: tanto el maestro chino como el griego sabían que nombrar tiene consecuencias reales. Este capítulo se queda con la lección de Confucio: no busca el nombre que la naturaleza haya escrito para el belén, sino el nombre que la práctica necesita para ser vista.

Herma de Platón. Mármol, copia romana de un original griego del último cuarto del siglo IV a. C. Museo Pio-Clementino, Vaticano (fotografía: Marie-Lan Nguyen, 2006, Wikimedia Commons, dominio público).

¿Y qué tiene que ver esto con el belén? Todo. En el mundo del belén el lenguaje se ha desajustado, y el ejemplo más claro lo sufre el escultor: al que modela figuras originales se le llama «artesano belenista», como si lo esencial de su trabajo no fuera la autoría sino la repetición. Su labor empieza como obra escultórica antes de que exista producción alguna; el nombre que se le da la borra. ¿Es arte el belenismo? Este Manual ya ha trabajado a fondo esa pregunta — y la vieja casilla que separa lo «popular» de lo «artístico»— en sus capítulos sobre el arte de componer pesebres, obra a obra y fuente a fuente. La conclusión cabe en una frase: es arte, y quien lo dude tendrá que justificarlo. Este capítulo se ocupa de un problema anterior: el nombre mismo. Y no es un problema de conversación: ese mismo desplazamiento — del escultor al artesano— está escrito, con sus palabras y su fecha, en la norma que hoy declara el belenismo patrimonio inmaterial en España, y se examina en el capítulo del expediente, que es su sitio.

Y lo que este capítulo mide no es una palabra suelta. Los tres anteriores han descrito la cosa entera: para qué se hizo el primer belén, qué le transmite una escena del Nacimiento a quien la tiene delante, y de qué está hecho el mundo que nació de aquella noche — obras en dos niveles, modos que no se ordenan de mejor a peor, una cadena de gente, un calendario, unas costumbres y dos valores—. Con eso delante, la pregunta del nombre cambia de forma. Ya no es «¿qué significa belenismo?», que es pregunta de diccionario y se contesta en una línea, sino esta otra: de todo eso, ¿cuánto alcanza a nombrar la palabra? Y como la palabra solo existe en dos de las seis lenguas de este Manual, la pregunta se desdobla en dos: qué nombra donde existe, y qué se hace donde no existe.

La práctica es reconocible en todo el mundo cristiano. Según el anuario estadístico de la Iglesia — el Annuarium Statisticum Ecclesiae, con datos de 2024—, los católicos son hoy algo más de 1.422 millones, en torno al 17,8 % de la población mundial;4 el belén los acompaña cada diciembre en casas, parroquias y espacios públicos, y muchas otras confesiones cristianas, sin practicar el belenismo como tal, reconocen en el pesebre la escena esencial de la Navidad. La práctica, pues, es universal. La palabra, no: en unas lenguas existe con densidad propia y en otras hay que describirla con una frase. Y donde falta, no es por falta de práctica: Francia, con sus santons de Provence, no tiene voz para nombrarla; tampoco el alemán — pese a la tradición viva de la Krippe— ni el inglés. Italia sí la tiene, por un camino propio, y apenas se la conoce fuera del oficio.


Dos cosas distintas

El habla corriente nombra esto con dos verbos, y los dos dicen menos de lo que ocurre. El belén se monta, como se monta un mueble: algo que viene desarmado y solo hay que ensamblar según sus piezas. Y el belén se pone, como se pone la mesa: una operación de temporada que se repite igual cada año. El primer verbo niega que haya decisiones; el segundo, que el resultado sea singular.

Conviene medir el alcance de eso. De un pintor no se dice que ha colgado el cuadro, aunque colgarlo sea lo último que haga: se dice que lo ha pintado. Con el belén, en cambio, la lengua nombra solo la última operación — colocar las piezas donde van— y deja fuera todo lo demás: qué escena se representa y con qué fundamento, con qué figuras, en qué espacio, con qué luz, y por qué así y no de otro modo. Nombrando únicamente el final, la lengua describe un adorno. Y describiéndolo como adorno, lo convierte en adorno.

Por eso este Manual dice componer, construir o crear según lo que corresponda, y no por remilgo: cada uno de esos verbos deja ver una decisión que montar y poner esconden.

Hechas las cuentas del vocabulario, queda a la vista lo elemental: antes de discutir el nombre hay que saber cuántas cosas hay que nombrar. Y aquí el Manual no tiene que decidir nada, porque la lengua lo tiene decidido: hay una voz para el objeto — belén, pesebre, pessebre— y otra distinta para la práctica — belenismo, pesebrismo, pessebrisme—. Dos voces separadas, en los diccionarios académicos, con definiciones que no se solapan.

El objeto ocupa un espacio, se termina, se mira y se guarda. La práctica no se guarda en enero: es lo que la lengua nombra aparte, y este capítulo va a averiguar desde cuándo y con qué alcance. De qué está hecha esa práctica lo ha dicho el capítulo anterior; dónde termina y quién cabe dentro no se resuelve aquí, y conviene decirlo ya: definirla es el trabajo del capítulo siguiente, que la recibe de este con el nombre ya medido. Lo que este capítulo puede hacer es más modesto y es previo: probar que la distinción existe, fecharla y medir qué nombre la ha sostenido.

Entender el belén solo como objeto no es un error de vocabulario: es lo que permite tratarlo como un adorno. Un objeto se compra, se coloca y se sustituye. Una práctica se aprende, se discute y se hereda. La palabra que se elija decide, sin ruido, en cuál de las dos conversaciones entra el belén.

Y esta distinción no la inventa el Manual. Estaba hecha, por escrito y en catalán, hace más de un siglo.


La palabra tiene historia, y se puede fechar

Lo que sigue son seis textos de prensa, en dos lenguas y de dos archivos. No se citan como ilustración: son la prueba de cuándo empieza a decirse cada cosa, y todos pueden consultarse hoy mismo en copia digital.

Los dos primeros están en catalán y se conservan en el Arxiu de Revistes Catalanes Antigues de la Biblioteca de Catalunya. Los cuatro siguientes están en castellano y se localizaron después, en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España; forman una segunda serie que corre en paralelo a la primera y no se confunde con ella. El acceso es libre en todos salvo en el último, de 1934, que conserva derechos y solo puede consultarse en sala.

1868: la cosa

El 19 de julio de 1868, un semanario satírico barcelonés llamado Lo Esquirol describe a un personaje, el senyor Pau, acumulando los rasgos que lo hacen reconocible. Entre ellos, este:

«¡Ah! me descuidaba de dir que per Nadal no pot faltar á casa sèva ni gall ni pessebre y que pren rapé.»5

Merece la pena mirar despacio lo que esa frase da por supuesto. El pesebre aparece junto al gallo: no como una devoción ni como una obra, sino como una de las cosas que en una casa no pueden faltar por Navidad, al lado de lo que se pone en la mesa. Y aparece dentro de un chiste, que es la prueba más exigente de todas: solo se puede bromear con lo que el lector reconoce sin que se lo expliquen. Si el autor hubiera tenido que aclarar qué es un pesebre, no habría chiste.

Hay un detalle más, y no es menor: el texto se publica en julio. La palabra no necesita la temporada para entenderse. En 1868, en Barcelona, pessebre es una palabra de todo el año.

Lo Esquirol, 19 de julio de 1868, p. 1. El pesebre, al lado del gallo, entre las cosas que retratan a un personaje: solo se bromea con lo que todos reconocen. Còpia digital: ARCA, Biblioteca de Catalunya. Domini públic.

Lo que este testimonio prueba, entonces, es modesto y firme a la vez: en 1868 el pesebre es ya una institución doméstica, tan asentada que sirve para retratar a alguien de un trazo. Lo que no prueba — y conviene decirlo antes de que lo diga otro— es nada sobre la práctica. Aquí no hay oficio, ni arte, ni autor: hay un objeto que está en las casas.

1907: el oficio

Treinta y nueve años después, el 31 de diciembre de 1907, La Veu de Catalunya publica en su edición del vespre un artículo titulado «El Nostre Naixement». Lo firma Josep Carner, entonces un escritor joven que llegaría a ser una de las voces centrales de la poesía catalana del siglo XX.6 El artículo defiende el Nacimiento — así, con mayúscula— frente a quienes lo tienen por cosa de niños:

«Ja podeu imaginar, donchs, si jo soch partidari dels Naixements, bella tradició artística y católica, tota viva encara entre nosaltres, per il·luminació y gaubança dels ulls infantívols, y adhuc dels majors y dels greus. El pessebrisme és d'una barcelonería esquisida; y és en l'amor als pessebres (que comparteixo ab don Joan Rosselló) y en l'amor a les auques (que comparteixo ab el dilecte Xenius) en lo que jo fundo principalment la meva afirmació de que la raça catalana té singulars aptituts pel somni, y, conseqüentment, per la conquesta.»7

La grafía es la anterior a la normativa fabriana y se cita tal cual: barcelonería, católica y aptituts llevan la acentuación y la forma de 1907.

Tres cosas hay aquí, y las tres importan.

La primera: Carner distingue en una sola frase lo que este capítulo acaba de separar. Habla del «amor als pessebres», en plural — las obras—, y del «pessebrisme», en singular — la práctica—, y no se detiene a explicar la diferencia. La da por hecha. Es decir: la distinción que el Manual necesita como punto de partida ya funcionaba en catalán escrito hace más de un siglo. El Manual no la inventa; la recupera.

La segunda: usa la palabra sin explicarla. Ese es el indicio más fiable de que una palabra ya circula. Nadie estrena un término y sigue de largo; quien estrena, aclara. Carner no aclara.

La tercera, y es la que va a pesar al final del capítulo: la califica. «El pessebrisme és d'una barcelonería esquisida» — el pesebrismo es cosa de una barcelonidad exquisita—. En 1907, la palabra que nombra la práctica no se percibe como catalana en general, sino como barcelonesa en particular. Nace marcada por su ciudad.

Conviene añadir lo que el texto no es. No es un anuncio comercial ni una crónica de sociedad: es un escritor firmando una defensa. La palabra aparece, la primera vez que podemos leerla, en un texto que defiende la práctica como arte.

La Veu de Catalunya, 31 de diciembre de 1907, edición del vespre, p. 3: el párrafo de Josep Carner, en su tinta. La primera vez que la palabra pessebrisme puede leerse — y ya nombra la práctica, no el objeto—. Recorte del facsímil a 300 ppp; el fragmento reproducido es el citado en el cuerpo (derecho de cita). Còpia digital: ARCA, Biblioteca de Catalunya.

Treinta y nueve años

Ese es el intervalo entre los dos testimonios, y en él está el argumento entero de esta sección:

La cosa se nombra cuando es costumbre. La práctica se nombra cuando alguien decide defenderla.

En 1868 hay pesebres en las casas y hay una palabra para ellos. Para que aparezca la otra palabra — la que nombra el oficio— hace falta algo más que pesebres: hace falta que alguien piense que eso que se hace es una manera de hacer, que merece nombre propio y que conviene sostenerla en público. Ese momento tiene fecha, y es 1907.

La serie castellana: 1864, 1867, 1877, 1934

Hay una segunda serie de testimonios, y no estaba en la primera edición de este capítulo. Llegó por un camino lateral —al cotejar por qué este Manual se escribe también en catalán— y obliga a matizar lo anterior sin desmontarlo. Está en castellano, ocurre en la misma ciudad y va por su cuenta.

El punto de partida es una sociedad. Según la historia publicada por la Associació de Pessebristes de Barcelona, el Diario de Barcelona anuncia el 9 de febrero de 1862 la «Fundación de una Sociedad de Pesebristas a imitación de otra anterior»; el 17 de noviembre de 1863 informa de que «la Sociedad de Aficionados a los Belenes da normas artísticas»; y el 9 de enero de 1864 reseña sus estatutos, fechados el 15 de marzo de 1863, con veintitrés artículos y trece prescripciones sobre cómo debe hacerse un pesebre.8

Esas tres noticias y los estatutos se conocen hoy por la historia que publica la propia asociación, que los transcribe: los números del Diario de Barcelona de aquellos años no están en la hemeroteca digital que conserva ese diario. Lo que viene a continuación, en cambio, son ejemplares abiertos uno por uno.

1864: el chiste que explica la palabra

Al día siguiente de aquella reseña —el 10 de enero de 1864—, un periódico distinto, El Lloyd español, se hace eco de la novedad y se burla:

«Al paso que vamos este año la sociedad se compondrá de sociedades. Ya he visto anunciada una de pesebres, ó de pesebristas. Habrán temido denominarse de belenes, por si la autoridad les hacia algun cargo el dia que hubiese un belen.»9

Conviene no pasar de largo por ese chiste, porque dice más que muchos argumentos.

Primero, corrobora la sociedad desde fuera: un diario ajeno registra que se ha anunciado, y registra también que el nombre vacilaba — «de pesebres, ó de pesebristas»—.

Y segundo, y es lo que importa: se ríe exactamente del ruido de la palabra belén. La broma solo funciona si el lector de 1864 entiende a la vez las dos acepciones — el nacimiento y el alboroto—, y si le resulta verosímil que alguien evitara la primera por miedo a la segunda. Más adelante, este capítulo examina ese ruido en el diccionario de hoy (véase la sección «El nombre», punto cinco). Aquí queda probado que no es un problema reciente: hace siglo y medio ya se bromeaba con él, y ya se apuntaba como razón para elegir la otra raíz.

1867 y 1877: la palabra circula y la práctica se organiza

El 30 de diciembre de 1867, un periódico de Madrid, La Ley, cita a «un colega de Barcelona»: «Se nos ha pasado un aviso de la sociedad de pesebristas…».10 La voz ha salido de su ciudad.

Y el 9 de enero de 1877, la Crónica de Cataluña publica algo que ya no es una mención, sino un servicio al lector:

«Aunque sean muchos mas de los que ponemos á continuacion los belenes que este año hay de manifiesto en varias casas particulares, continuamos aquí los pertenecientes á la sociedad de pesebristas que son: el de D. Domingo Inglada, en la calle de Mercaders, número 19, tienda de dorados, se enseña los lúnes y domingos.—El de D. Alberto Esteve, en la calle de Amalia, número 79, al lado de la Cárcel, los jueves y domingos.—El de D. Domingo Estreicher, calle de Caspe, número 85, los domingos.—El de D. Antonio Bastinos, en la calle de los Baños Nuevos, número 1, piso tercero, los lúnes y viernes.—Y el de D. José Roig, en la misma calle de los Baños, número 7, piso tercero, los martes y viernes.»11

Cinco belenes de socios, con nombre, dirección y días de visita. Catorce años después de los estatutos, aquello funciona como lo que es: una práctica organizada, con calendario público y con casas abiertas. Y el redactor advierte que hay muchos más en domicilios particulares; solo lista los de la sociedad.

1934: el -ismo, setenta años después

La voz castellana de la práctica —pesebrismo— no aparece hasta mucho más tarde. El testimonio más antiguo localizado es del 16 de enero de 1934, en La Vanguardia, y habla precisamente «del pesebrismo catalán».12

El reparto de las dos raíces

Hay algo en estos testimonios que no se ve hasta que se buscan las dos raíces por separado, y entonces salta.

Vuélvase a la crónica de 1877. En la misma frase escribe: «los belenes que este año hay de manifiesto en varias casas particulares… los pertenecientes á la sociedad de pesebristas».

El mismo hablante llama belén a la cosa y pesebrista a sí mismo.

Los recuentos lo confirman. En la prensa de Barcelona, pesebristas devuelve 962 ejemplares, con presencia ya en el siglo XIX y fuerte desde comienzos del XX. Belenista y belenistas, sumadas, devuelven 91, y de belenista ninguno es anterior a 1901.13

De modo que en castellano, y en la ciudad donde esto se organizó, la voz que nombra a quien lo hace nació de la raíz del pesebre, no de la de la ciudad. La otra llegó después.

Y el chiste de 1864 explicaba por qué antes de que nadie contara nada: «habrán temido denominarse de belenes». Para la cosa vale belén; para nombrarse a uno mismo, no.

Dos trampas de archivo, declaradas

Estos recuentos exigen una advertencia, porque buscar belenista en un archivo nacional devuelve, sobre todo, otras dos cosas.

La primera es el reconocimiento óptico. Los cuatro resultados más antiguos —1847, 1877, 1880, 1917— no hablan de belenes: hablan de Grecia. «Filólogo y jurisperito, belenista y teólogo»; «un busto de mármol á la memoria del eminente belenista J. J. Courtaud». Es helenista, mal leído. El mismo defecto que devuelve helenismo al preguntar por belenismo.

La segunda no es un error: es una palabra distinta. En marzo de 1899, El Correo de Zamora publica varios días seguidos una noticia sobre «los Belenistas Palestinos que se hallaban establecidos en una de las casetas de la Plaza». Ahí belenista significa natural de Belén, y la noticia trata de vendedores de artículos de Tierra Santa.14

Conviene detenerse en esto, porque no es una anécdota de archivo. La raíz de la ciudad produce un derivado que ya estaba ocupado: quien se llame belenista comparte nombre con el habitante de Belén. Es un ruido más, y de la misma familia que los otros — el alboroto, el enredo, «estar en Belén»—: no ensucia el nombre, pero lo obliga a competir. La raíz del pesebre no tiene ese problema, y quienes eligieron nombrarse en 1864 lo dijeron a su manera.

Cuándo cambió el nombre del oficio, y por qué: la pregunta abierta

Hoy, en castellano, quien hace un belén es un belenista. Y acaba de verse que en el siglo XIX era un pesebrista. Entre una cosa y la otra hubo un cambio, y este capítulo no puede fecharlo todavía. Conviene decir por qué, y qué haría falta para conseguirlo.

Lo que el archivo sí dice. En la prensa de Barcelona, belenista no aparece antes de 1901; entre 1901 y 1935 hay cuatro ejemplares, y diecinueve en el tramo que va de 1936 a 1975. Pero pesebristas, en ese mismo tramo, no retrocede: pasa de 389 a 566. De modo que en las fechas que ese archivo alcanza no se observa una sustitución: se observa la aparición de una segunda voz junto a la primera.13

Lo que el archivo no puede decir. Su fondo se agota poco después, y el cambio que hoy percibimos es posterior. Preguntarle a ese archivo cuándo dejó de decirse pesebrista es preguntarle por un tiempo que no contiene.

Una hipótesis, y es falsable. En 1963 se funda la Federación Española Belenista — el nombre de hoy, Federación Española de Belenistas, es de su refundación de 1972—: su reglamento lo aprueba el Ministerio de la Gobernación por oficio del 29 de abril, y se constituye en asamblea el sábado 29 de junio, con cinco asociaciones fundadoras — Madrid, Pamplona, Valladolid, Lugo y Zafra—.15 Una entidad que federa a un sector y se nombra a sí misma fija la palabra: el nombre va en los estatutos, en los boletines, en los concursos, en los carteles y en los carnés de todas las asociaciones que entran. Si la voz se generalizó por ahí, la curva de belenista debería despegar a partir de esa fecha y no antes.

Puede comprobarse, y puede tumbarse. Si belenista ya fuera dominante en la prensa antes de 1963, la hipótesis cae, y habría que buscar la causa en otro sitio — la escuela, la radio, la castellanización de la posguerra, o simplemente el peso de la voz belén, que es la que el diccionario da como principal—. Este Manual no la da por buena mientras no se cuente.

Y hay un detalle en esos estatutos que cambia la forma de la hipótesis. Su declaración de propósitos no dice belenismo: dice «el belenismo o pesebrismo». Las dos voces, seguidas y unidas por una conjunción, sin jerarquía y sin nota.15

De modo que en 1963 la federación no elige entre las dos palabras: las mantiene juntas en el texto y elige una sola para el nombre. Y ahí está el mecanismo, si es que fue este: nadie decretó nada, nadie descartó nada. Simplemente, lo que se repite mil veces —el rótulo, la cabecera, la firma— lleva una sola voz, y lo que se lee una vez —el articulado— las lleva las dos. Una palabra no necesita ganar una discusión para imponerse: le basta con estar en el sitio que se repite.

Si eso es lo que ocurrió, el cambio no lo decidió nadie, y sin embargo tuvo autor.

Y hay una vía documental que la prensa no sustituye. Las asociaciones de aquellos años se constituían bajo la Ley de Asociaciones de 1887, que obligaba a presentar los estatutos ante el Gobierno civil «expresando claramente en ellos la denominación y objeto de la Asociación», y ordenaba llevar «en cada Gobierno de provincia un registro especial» de las entidades domiciliadas en su territorio.16 Es decir: el nombre de cada sociedad quedó inscrito, con su fecha, en un registro oficial. Ahí, y no en la prensa, está la manera de fechar cuándo las entidades empezaron a llamarse de una manera y dejaron de llamarse de la otra.

Y queda la pregunta que la precede, que es la de fondo y no la contesta ningún recuento: por qué se abandonó la voz que no tenía ruido. Pesebrista no comparte nombre con el habitante de ninguna ciudad, no arrastra el alboroto ni el enredo, y nombra aquello que el evangelista da como señal. La otra, la que se impuso, carga con las tres primeras y no tiene la cuarta. Se impuso igual. Anotarlo no es lamentarlo: es registrar que el uso no elige la palabra mejor motivada, y que quien quiera saber por qué se llama así una práctica tendrá que mirar quién la nombró, no qué convenía.

Lo que esta serie añade, y lo que no

No mueve los treinta y nueve años. Aquel intervalo mide otra cosa: el que separa los dos testimonios catalanes citados — pessebre, 1868; pessebrisme, 1907—, y la voz del objeto es aún anterior: el archivo la devuelve ya en 1865. Estos testimonios están en castellano y no contienen ninguna de las dos voces.

Lo que aportan es una segunda serie, paralela y más larga. En castellano, la gente se nombra en 1864 y la práctica no se nombra hasta 1934: setenta años. En catalán, del objeto a la práctica, fueron al menos cuarenta y dos. Dos lenguas, dos ritmos, y el mismo orden en las dos.

De modo que el orden en que aparecen las palabras no es el que cabría suponer. Primero se nombra a la gente que lo hace. Después, la cosa que hace. Y mucho después, la práctica que la gente ejerce sobre la cosa.

Y hay un dato que pesa más que todas las fechas juntas. Las trece prescripciones de 1863 dicen cómo debe construirse un pesebre para que tenga, según la reseña, el efecto artístico que su autor busca. Es decir: antes de que la práctica tuviera nombre, ya tenía criterio escrito. Un grupo de personas se había puesto de acuerdo por escrito en que aquello se hacía mejor o peor, y en cómo distinguirlo. Eso es exactamente lo que una definición debe recoger, y ocurrió setenta años antes de que existiera la palabra que lo nombra.

Queda una última cosa, del mismo orden que todo lo anterior: la sociedad de 1862 no se presenta como la primera. Nace, dice el titular, a imitación de otra anterior de la que no sabemos nada.

Cuánto se usó

Los dos testimonios anteriores marcan un principio. La misma búsqueda, extendida a todo el archivo, dice qué pasó después. Pessebrisme aparece en 115 páginas repartidas en 26 períodos — 25 años fechados y un grupo sin fecha—, con esta distribución:17

Tramo Páginas
1907-1920 11
1925-1935 92
1938 3
1948-1987 8
Sin fecha 1
«Pessebrisme» en la prensa catalana digitalizada (ARCA), 1907-1987. 115 páginas; el gráfico muestra las 114 fechadas (el grupo «sin fecha» queda fuera del eje). La búsqueda depende del OCR de cada ejemplar, y la caída posterior a 1939 mide también qué prensa dejó de existir — incluida la de guerra: las tres páginas de 1938 caen dentro de la franja—. Elaboración propia sobre el recuento del 17-8-2026.

Cuatro de cada cinco apariciones se concentran entre 1925 y 1935, con el máximo en 1934. Durante esa década larga, pessebrisme no es una palabra de especialistas ni de circulación ocasional: es una palabra de uso público corriente, que aparece en la prensa varias veces al año sin que nadie la presente.

Dos advertencias antes de sacar de aquí más de lo que hay.

La primera es sobre el método: la búsqueda encuentra lo que el reconocimiento óptico ha sabido leer. El propio archivo advierte que sus resultados son aproximados y dependen de la calidad de la imagen. Un testimonio anterior a 1907 no queda excluido por esta búsqueda: queda sin localizar, que es cosa distinta. Por eso este Manual dice «el testimonio más antiguo localizable en ARCA» y no «la primera documentación de la palabra». La diferencia entre las dos fórmulas es exactamente la diferencia entre lo que se ha comprobado y lo que se desearía haber comprobado.

La segunda es sobre lo que la curva mide de verdad. La caída posterior a 1938 dice tanto de la prensa como de la palabra: muchas cabeceras catalanas dejan de existir en 1939, y un archivo de revistas antiguas registra, antes que nada, qué se publicaba. Leer ese descenso como una desaparición del pesebrismo sería confundir el silencio del corpus con el silencio de la práctica.

La misma cautela vale hacia atrás y para la otra palabra, y aquí el archivo corrige lo que parecía. Lo Esquirol no es el testimonio más antiguo de pessebre en la prensa catalana digitalizada: consultados uno por uno los años, la búsqueda devuelve ya páginas de 1865, 1866 y 1867, todas de la prensa satírica barcelonesa (Un tros de paper, Lo noy de la mare, La Rambla, La Pubilla), y ninguna entre 1861 y 1864; y dentro del mismo 1868, La Pubilla la trae en enero, seis meses antes que Lo Esquirol. El testimonio de 1868 se queda en este capítulo por lo que dice — el pesebre junto al gallo—, no por su fecha. Y la palabra es, en todo caso, más vieja que la prensa: lo que esas fechas marcan es su aparición en el archivo, no su nacimiento.

Y una fecha que circula sin ejemplar

Queda una fecha por atender, porque el lector que haya leído algo sobre esto la habrá encontrado.

Se ha atribuido al año 1805, en el Diari de Barcelona, la primera aparición escrita de la palabra pessebrisme. La fuente es la cronología de Jordi Dalmau en su cuaderno El pessebrisme, publicado en 1992 dentro de la colección Quaderns de la Revista de Girona: allí, en la página 7, se lee «Surt escrita per primera vegada la paraula pessebrisme. Diari d'en Brusi».18

El ejemplar está cotejado y no dice más que eso. Es una línea de cronología en un cuaderno de divulgación, sin nota y sin referencia — práctica normal en ese género, no negligencia—, de modo que no hay manera de seguir el rastro hacia atrás. A eso se añaden dos cosas que el propio cuaderno pone a la vista: llama al periódico por un nombre popular que es posterior a 1805, y sitúa en 1860 la fundación de la primera sociedad pessebrista, con lo que la palabra que nombra la práctica habría existido medio siglo antes de que hubiera práctica organizada que nombrar.

No se sostiene. Y no hace falta que se sostenga, porque en su lugar hay dos textos con fecha, cabecera, página y copia digital. Un dato sin prueba no se refuta: se sustituye.

La línea de la cronología de Jordi Dalmau (El pessebrisme, Quaderns de la Revista de Girona 39, Diputació de Girona i Caixa de Girona, 1992, p. 7): la fecha, sin nota y sin fuente. Se reproduce como cita, con fines de análisis y con su atribución (art. 32 LPI).

Vale la pena detenerse un segundo en cómo funciona esto, porque va a volver a pasar en este Manual más de una vez. Nadie mintió. Un dato razonable se publicó sin aparato, se leyó, se repitió y llegó a parecer establecido por el solo hecho de estar impreso. Basta con que nadie vaya a buscar el ejemplar. Ir a buscarlo es, de hecho, casi todo el método.


Lo que dicen las obras que fijan la lengua

Hasta aquí, la palabra en la calle. Ahora, la palabra en los diccionarios — que es otra cosa, y llega siempre después.

Un diccionario académico no decide qué palabras existen: registra las que ya se usan, cuando el uso está documentado. Va detrás, y va detrás a propósito. Conviene tenerlo presente para leer bien lo que sigue: que una palabra entre tarde en el diccionario no dice nada sobre su edad; dice cuándo alguien reunió pruebas suficientes de su uso.

Reunidas las obras de referencia de las lenguas del Estado — cinco obras, seis voces—, aparece un dato que hasta ahora nadie había puesto junto:

Obra Voz Definición
Diccionario de la lengua española (RAE-ASALE) belenismo «Arte de los belenes o afición a ellos». Marca Esp.
Diccionario de la lengua española pesebrismo Dos acepciones: la artística y una despectiva. Sin marca geográfica
DIEC2 (Institut d'Estudis Catalans) pessebrisme «Art de construir pessebres»
DNV (Acadèmia Valenciana de la Llengua) pessebrisme / betlemisme Marcas ETNOL./ART; betlemisme, «Art de construir betlems»
Gran Enciclopèdia Catalana pessebrisme «Afecció i art de construir pessebres»
DCVB (Alcover-Moll) pesebrisme o pessebrisme «Art de construir pesebres de Nadal»

Tres academias — la Real Academia Española, el Institut d'Estudis Catalans y l'Acadèmia Valenciana de la Llengua— abren la definición con la misma palabra: arte.19

Ese dato debería ser el punto de partida de cualquier discusión sobre el estatuto del belenismo, y hasta ahora no lo era, sencillamente porque no estaba reunido. Quien sostenga que el belenismo es una manualidad estacional no discute con la opinión de un escultor: discute con la definición concordante de tres academias.

Diccionari de la llengua catalana (DIEC2), s. v. pessebrisme: «Art de construir pessebres» (dlc.iec.cat, captura del 18-8-2026).

Cuándo entraron en el diccionario

Las dos voces españolas son, además, recientes en el diccionario académico, y eso dice algo. Belenismo no figura en la 22.ª edición, de 2001, y sí en la vigente, la 23.ª; según la Federación Española de Belenistas, que la había pedido, entró en la edición presentada el 17 de octubre de 2014.20 Pesebrismo llega con una historia más curiosa, y es la que la tabla resume en una celda: hoy tiene dos acepciones — la del arte y una marcada como despectiva, «práctica del favor mediante el pesebre (beneficio o prebenda)», el enchufismo—. Tampoco ella figura en la edición de 2001: las dos voces de la práctica son, en el diccionario académico, del siglo XXI.21

Que la palabra del arte conviva en la misma entrada con la palabra del enchufe no es una anécdota de diccionario. Es el primer aviso de algo que este capítulo va a encontrar en las dos raíces y que al final pesará en la decisión del nombre: ninguna de las dos está limpia.

Diccionario de la lengua española, s. vv. belenismo y pesebrismo (dle.rae.es, captura del 18-8-2026): belenismo, con la marca «Esp.»; pesebrismo, con una segunda acepción despectiva, «Práctica del favor mediante el pesebre».

La asimetría que cambia el planteamiento

Hay algo más en esa tabla, y es lo que obliga a replantear el capítulo entero.

En el Diccionario de la lengua española, belenismo lleva la marca «Esp.» — es decir, España— y pesebrismo no lleva ninguna. En el sistema de un diccionario panhispánico, esa marca no es un adorno: señala que el uso de la voz está circunscrito a un territorio dentro del dominio de la lengua. Sin marca significa que vale para todo el dominio.

Dicho sin rodeos: en el diccionario de la lengua española, la voz provincial es belenismo, y la voz sin fronteras es pesebrismo. Es lo contrario de lo que la intuición peninsular da por sentado.

Las dos voces del Diccionario de la lengua española, enfrentadas: belenismo lleva la marca «Esp.»; pesebrismo, ninguna — y dos acepciones—. Composición propia sobre las entradas del DLE (dle.rae.es, consulta del 17-8-2026; texto reverificado el 22-10-2026).

Las lenguas que no tienen la palabra

El mapa se completa por donde falta. La Real Academia Galega recoge presebe, pero solo como comedero del ganado: el gallego no tiene voz para la práctica en ninguna de las dos raíces.22 En euskera, el diccionario de Elhuyar no ofrece equivalente para belenismo ni para pesebrismo, y remite pesebre a jaiotza, «nacimiento» — la misma ruta que el «nacimiento» americano y la nativity inglesa: nombrar la escena por el hecho, no por el comedero—. Voz para el comedero sí la hay: ganbela, que el diccionario de Euskaltzaindia define por aska — «recipiente a modo de caja, casi siempre de madera, en que se pone la comida a los animales»— y ejemplifica, precisamente, con un niño acostado en un pesebre porque no tenía cuna. Y ese mismo diccionario no recoge derivado alguno que nombre la práctica: el euskera queda como el gallego, con la raíz del pesebre disponible y sin palabra para el oficio.23

Dos lenguas del Estado, entonces, están en la misma situación que el francés, el inglés y el alemán: tienen palabra para el objeto y no la tienen para el oficio. La carencia que suele describirse como un asunto entre lenguas europeas — y que las secciones siguientes documentan una por una— resulta ser también un asunto interno.


Las otras cuatro lenguas: francés, alemán, italiano e inglés

Fuera del español y del catalán, ninguna de las lenguas de este Manual tiene voz asentada para la práctica — con un matiz italiano que hay que medir despacio, porque cambia el mapa—. Conviene verlo lengua por lengua y con el diccionario delante, y conviene decir por qué se hace así: una ausencia se afirma peor que una presencia. Quien dice «esta palabra existe» solo tiene que enseñarla; quien dice «no existe» tiene que haber mirado, y tiene que decir dónde miró y cuándo. De ahí que lo que sigue nombre en cada caso la obra consultada y la fecha de la consulta, que es más aparato del que suele gastarse en una negación.

En francés, no consta término para la práctica. Comprobado para este Manual contra Le Petit Robert, y reverificado en agosto de 2026 contra Le Robert en línea: «crèche» nombra el objeto — «Représentation de cette étable, de la Nativité. Les personnages de la crèche (→ santon)»— y ninguna voz nombra la práctica que lo produce.24

Dico en ligne Le Robert, s. v. crèche: la representación de la Natividad, como acepción del objeto (dictionnaire.lerobert.com, captura del 18-8-2026).

En alemán, tampoco. Comprobado para este Manual contra el Duden, y reverificado en agosto de 2026: «Krippe» nombra el objeto — acepción 2: «bildliche Darstellung einer Szenerie aus der Weihnachtsgeschichte…», la representación figurada de la escena navideña—, y ni «Krippe» ni «Weihnachtskrippe» traen voz alguna para la práctica.25 El alemán, eso sí, roza la excepción: el compuesto Krippenkunst — «arte del pesebre»— circula en la literatura especializada al menos desde que Rudolf Berliner (1886-1967), el historiador del arte que quiso establecer la Krippe como género artístico propio, tituló así su obra clásica (Denkmäler der Krippenkunst, Augsburgo, 1926-1930);26 pero es voz de especialistas: el Duden no la recoge.

Duden, s. v. Krippe, acepción 2: la representación de la escena de Navidad con sus figuras (duden.de, captura del 18-8-2026).

En italiano hay que distinguir dos palabras. «Presepismo» circula sin respaldo de los diccionarios: comprobado para este Manual contra el Treccani y reverificado en agosto de 2026 — la voz «presepe» describe el objeto, su historia y sus centros de producción, sin nombrar práctica alguna, y la búsqueda de «presepismo» en el Vocabolario no devuelve entrada—. Pero la lengua sí tiene la palabra de la práctica, formada por otra vía: presepìstica, «sf. Arte di costruire e allestire presepi» — arte de construir y montar belenes—, recogida en el Grande dizionario della lingua italiana con ejemplares de prensa fechados (La Repubblica-Roma, 9-X-1998: «mostra di presepistica napoletana del '700»; L'Eco di Bergamo, 28-IX-2005). Con ella, su familia: presepìstico — «che è proprio, che si riferisce ai presepi e al loro allestimento», documentado desde 1993— y presepista — «chi allestisce un presepio», y en particular «artigiano esperto nella costruzione di presepi»—. El Vocabolario Treccani no recoge ninguna de las tres, comprobado el 18-8-2026: la palabra italiana vive en el diccionario histórico y falta en el de uso corriente.27

Conviene medir su alcance: presepistica nombra el arte de construir y montar belenes, no el de modelar o tallar las figuras, ni el de estudiarlos, coleccionarlos o publicar sobre ellos. No es una estrechez italiana: el pessebrisme del DIEC dice también «art de construir». Las dos voces españolas son las únicas que no acotan la operación — «arte de los belenes», «arte de los pesebres o nacimientos»—, y por eso abarcan todo lo que con ellos se hace.

Treccani, Enciclopedia on line, voces Presepe y Presepio (treccani.it, captura del 18-8-2026).
Grande dizionario della lingua italiana (Battaglia), edición digital: las voces presepistica, presepistico y presepista.

En inglés, no existe la voz. Comprobado para este Manual contra Merriam-Webster, y reverificado en agosto de 2026: «nativity» es el nacimiento — «the birth of Jesus», en su acepción religiosa— y «nativity scene» nombra la escena representada; para la práctica, nada.28

Merriam-Webster, s. v. nativity (merriam-webster.com, captura del 18-8-2026).

Estas consultas se repetirán cada cierto tiempo: los diccionarios también cambian, como ha demostrado «pesebrismo».


El sufijo que nombra prácticas enteras

En español, el sufijo -ismo — del latín -ismus, y este del griego -ismós— forma sustantivos que designan doctrinas, movimientos y formas de hacer con rasgos propios. Interiorismo, paisajismo, escaparatismo, modelismo: en todos los casos, el sufijo señala una práctica reconocida, con tradición, metodología y objetivos. «Belenismo» pertenece a esa familia: no nombra solo una afición, sino un fenómeno que involucra creación artística, transmisión cultural, memoria y vivencia. En las demás lenguas el sufijo existe — -isme, -ismus, -ismo, -ism— pero no ha cristalizado en un término análogo para esta práctica.

Idioma Término específico Sufijo disponible Situación
Español belenismo / pesebrismo -ismo Recogidos en el DLE
Catalán pessebrisme -isme Recogido en el DIEC y la GEC
Francés — -isme Sin término equivalente establecido
Alemán — -ismus No aplicado al pesebre
Italiano presepistica / presepismo (uso no oficial) -istica / -ismo Presepistica en el GDLI, acotada a construir y montar; presepismo, sin entrada
Inglés — -ism No se usa para esta tradición

Cuánto nombra cada palabra: el rasero de las operaciones

Hasta aquí, dónde existe la palabra. Falta lo que más importa y casi nunca se mira: qué hace cada una de esas palabras cuando existe. Porque una definición no solo identifica; al identificar, acota. Dice de qué habla, y con ello dice también de qué no habla — aunque no lo diga—.

Al pasar por el italiano ya se midió una: presepistica es «arte di costruire e allestire presepi», construir y montar. Conviene ahora poner las demás al lado y pasarles el mismo rasero. El rasero son las operaciones que un belén exige de verdad, y no hay que inventarlas: quedaron inventariadas en el capítulo anterior, al recorrer la cadena de gente que hace falta para que una escena exista — modelar y tallar, reproducir a molde, policromar, vestir, componer la escena, iluminarla, coleccionar, estudiar, editar, exponer—. La pregunta a cada definición es una sola: ¿cuál de esas operaciones nombra, y cuáles calla?

Voz y lengua Obra y definición Qué operación nombra Qué deja fuera
belenismo (es) DLE: «Arte de los belenes o afición a ellos» Ninguna: nombra el arte de los belenes, sin decir qué se hace con ellos Nada por acotación — la extensión queda abierta—
pesebrismo (es) DLE: «Arte de los pesebres o nacimientos, o afición a ellos» Ninguna, igual que la anterior Nada por acotación
pessebrisme (ca) DIEC2: «Art de construir pessebres» Construir Modelar, tallar, reproducir, pintar, vestir, iluminar, coleccionar, estudiar, editar, exponer
pessebrisme (ca) GEC: «Afecció i art de construir pessebres» Construir — y la afición— Las mismas
pesebrisme / pessebrisme (ca) DCVB: «Art de construir pesebres de Nadal» Construir Las mismas
betlemisme (ca, val.) DNV: «Art de construir betlems» Construir Las mismas
presepistica (it) GDLI: «Arte di costruire e allestire presepi» Construir y montar Modelar, tallar, reproducir, pintar, vestir, coleccionar, estudiar, editar
Krippenbau (de) Compuesto corriente, no voz de la práctica en el Duden: «construcción de pesebres» Construir Todas las demás
the art of making nativity scenes (en) Perífrasis; no hay voz Hacer Todas las demás
l'art de la crèche (fr) Perífrasis; no hay voz Ninguna en particular, pero nombra el objeto Todas, por no nombrarlas

El resultado se lee de un golpe: solo las dos voces españolas no acotan la operación. Todas las demás nombran la práctica por lo que se hace con el belén en su último tramo — construirlo, montarlo, hacerlo— y dejan fuera lo que ocurre antes, que es donde está la autoría: modelar y tallar el original, reproducirlo, pintarlo, vestirlo. Y dejan fuera también lo que ocurre después: coleccionar, estudiar, editar, exponer. Un escultor que modela figuras originales no cabe en «art de construir pessebres»; un coleccionista tampoco; quien escribe un manual como este, menos.

Conviene no sacar de aquí un reproche a nadie, porque no lo hay y porque más adelante, en este mismo capítulo, se razona por qué una definición corta no es una definición falsa. Lo que hay es un dato, y el dato es de la lengua, no de las personas: las palabras disponibles nombran el belén por su construcción.

El sesgo del vocabulario

Ese dato tiene una consecuencia, y es lo que este capítulo entrega al siguiente. Si la palabra disponible nombra la operación de construir, la definición que se escriba con esa palabra definirá por el objeto y por su armado, no por lo que la práctica persigue. El alemán lo lleva escrito en la palabra misma — Krippenbau, construcción de pesebres— y por eso sirve de demostración: quien define desde ahí no se está equivocando, está diciendo lo que su palabra le deja decir.

De ahí que las definiciones heredadas coincidan tanto entre sí, incluidas las que no se copian unas de otras: las de los diccionarios, que abren con «arte» y siguen con «de construir», y también la definición administrativa del belén que sostiene la declaración española de patrimonio — la que lo describe por sus figuras y su escenario, y que el primer capítulo de esta serie ya puso delante y el del expediente examina entera—. No coinciden porque se copien: coinciden porque parten del mismo vocabulario, y el vocabulario mira al objeto.

Esto es lo que el capítulo de la definición recibe establecido, y no como opinión: la definición heredada es por el objeto porque el vocabulario lo es. Una definición por el propósito tendrá que romper ese hábito a sabiendas, y tendrá que poder decirse en las seis lenguas sin apoyarse en ninguna de estas voces — ni siquiera en las dos que existen—.


Lo que una palabra hace ver

¿Importa de verdad que falte la palabra? La lingüística lo ha discutido largamente bajo el nombre de relatividad lingüística: en su versión fuerte — la lengua determina el pensamiento— no encuentra apoyo en la investigación experimental; en sus versiones débiles — la lengua orienta la atención y facilita o dificulta ciertas distinciones— sí lo encuentra, en parte.29 La antropología aporta un concepto útil: la hipocognición, formulada por Robert Levy en su estudio sobre los tahitianos (1973): la falta de un término asentado para una experiencia real deja esa experiencia peor equipada para ser pensada, estudiada y transmitida.30 Y para ver qué significa esto en la práctica no hace falta buscar ejemplos en lenguas ajenas: el propio «belenismo» lo es. Esto es lo que cada lengua del Manual necesita hoy para decir esa única palabra:31

Lengua Para decir «belenismo» necesita hoy
Inglés the art of making nativity scenes — la práctica solo puede describirse
Francés l'art de la crèche (de Noël)
Alemán die Kunst des Krippenbaus — o el compuesto Krippenkunst, la voz de especialistas que el Duden no recoge
Italiano l'arte del presepe — o presepistica, que el GDLI recoge y acota a construir y montar

Y la prueba definitiva es el título de este Manual. Sin palabra homóloga, «Manual de Belenismo» deja de caber en tres palabras: Manual of the Art of the Nativity Scene, Manuel de l'art de la crèche — una frase donde había una palabra—. Dos lenguas se acercan, y ninguna llega entera: el alemán, con Handbuch der Krippenkunst — con la voz del título de Berliner, Denkmäler der Krippenkunst, que su propio diccionario no recoge—, y el italiano, que podría decir Manuale di presepistica con una voz que su diccionario histórico sí recoge, pero acota a construir y montar: un manual que además enseña a modelar, a componer y a investigar ya no cabría del todo en ese título.


Por qué cada lengua ha respondido distinto

Que unas lenguas tengan la palabra y otras no, no es un accidente repartido por igual: cada lengua tiene sus propios motivos, y conviene conocerlos, porque de ellos depende qué puede hacerse en cada una.

El español y el catalán formaron su palabra sobre el nombre local del objeto — belén, pesebre, pessebre— con el sufijo que ambas lenguas usan para nombrar prácticas consolidadas (-ismo, -isme). Y la formaron tarde: la palabra circuló en el uso mucho antes de entrar en los diccionarios — «belenismo» no estaba aún en el diccionario académico de 2001—. La palabra no nació con la práctica: la práctica la fue exigiendo.

El italiano resolvió el problema por un camino que no es el del sufijo -ismo. Su morfología lo permitiría sin violencia, y «presepismo» circula de hecho; pero la palabra que cuajó fue otra: presepistica, con el sufijo -istica — el de artistica, que nombra a la vez una técnica y su arte—. Y no está sola: presepista para quien lo practica, presepistico para lo que le atañe, y arte presepiale en el ámbito napolitano. El italiano tiene, pues, la palabra desde hace casi treinta años, según los ejemplares fechados de su diccionario histórico. Le faltan dos cosas: figurar donde el hablante común la buscaría — el vocabulario de consulta corriente— y abarcar la práctica entera, porque su definición se detiene en construir y montar.

El alemán no necesita sufijo: compone. Krippenkunst — el arte del pesebre, en una sola palabra— existe desde hace un siglo en la literatura especializada, desde que Rudolf Berliner tituló así su obra clásica. Su problema no es de formación, sino de reconocimiento: el Duden aún no la recoge.

El francés tiene el camino más difícil: su sufijo -isme apunta a doctrinas e ideologías antes que a oficios, y la palabra base juega en contra — crèche significa hoy, antes que nada, una guardería infantil—. Un hipotético crèchisme nacería confundido.

Y el inglés es el caso que más engaña, porque su carencia no es gramatical. Herramientas para nombrar oficios le sobran: compone con el gerundio — woodworking, el trabajo de la madera; bookbinding, la encuadernación— y tiene sufijo propio de oficios, -ery — pottery, la alfarería; carpentry, la carpintería; archery, el tiro con arco—. Podría decir crib-making mañana mismo. Lo único que su morfología le desaconseja es el sufijo -ism, que en inglés nombra doctrinas y corrientes — incluso dentro del arte: impressionism es un movimiento de pintores, no un oficio de taller—, de modo que un hipotético cribism sonaría a ideología. Pero esa es la explicación pequeña. La grande es histórica. El belén como arte popular creció en tierras católicas — Nápoles, Provenza, Iberia, Baviera—, e Inglaterra rompió con Roma en el siglo XVI; el 8 de junio de 1647 su Parlamento llegó a abolir la fiesta misma: «That the said Feast of the Nativity of Christ […] be no longer observed as Festivals or Holy-dayes within this Kingdome of England» — que la dicha fiesta de la Natividad de Cristo no se observe más como festividad en este reino de Inglaterra—.32 Donde la fiesta estuvo prohibida, la práctica no echó raíces populares en los siglos en que las demás lenguas iban fabricando sus palabras; y donde no hay práctica, ninguna lengua fabrica la suya — es la misma ley de la hipocognición que este capítulo ya ha mostrado, vista desde el otro lado—. Hoy el mundo anglófono también compone sus belenes, pero los nombra con lo que tenía a mano, y las dos palabras del objeto nombran por el pesebre: crib, la suya propia — inglés antiguo cribb, hermana del alemán Krippe: comedero desde antes del siglo XII y, por extensión, la representación del Nacimiento—, voz de los católicos británicos e irlandeses; y crèche, tomada del francés — otra vieja palabra germánica del comedero—, voz habitual en América.33 Lo que el inglés nunca fabricó es la palabra de la práctica. Y su costumbre con las artes de otros pueblos es conocida: adopta el nombre nativo — así entraron flamenco, ikebana u origami—. Bien mirado, no es la lengua más cerrada de las seis: es la puerta más abierta para un préstamo.


La solución que ya se inventó una vez: el latín de la federación

Este problema no es nuevo, y la prueba está en el nombre de la casa común. Cuando el 31 de mayo de 1952 siete asociaciones belenistas fundaron en Barcelona la federación internacional — hoy son 21 organizaciones—, necesitaron un nombre que no privilegiara a ninguna lengua, y ninguna lengua moderna se lo daba. Lo resolvieron en latín: Universalis Fœderatio Præsepistica.34 La raíz no podía ser mejor: praesepe es la palabra del propio relato del Nacimiento — «et reclinavit eum in praesepio», dice el evangelio de Lucas en la Vulgata (2,7), y el pesebre vuelve como señal en 2,12 y 2,16—.35 Pero el derivado, praesepistica, no pertenece al latín clásico: es una formación moderna sobre aquella raíz antigua — y no es una rareza aislada: el italiano tiene viva esa misma formación en presepistica—.36 Dicho claro: la federación mundial del belenismo tuvo que construirse su palabra, porque no existía. Es exactamente la situación que este capítulo describe — y el precedente de la decisión que este Manual tendrá que tomar—.


Una lengua, muchos territorios

Si la voz sin marca del español es pesebrismo, la pregunta siguiente es obligada: ¿qué se dice al otro lado del Atlántico?

El Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias recoge pesebre únicamente dentro de una locución.37 La consecuencia es contraintuitiva y conviene enunciarla con cuidado: si el sentido navideño de pesebre no está recogido como americanismo, es porque no se considera propio de América, sino general del dominio. No es que allí se diga de otra manera; es que se dice también allí.

Sobre el tamaño relativo de cada territorio, el dato más reciente del Instituto Cervantes cifra en unos 520 millones los hablantes nativos de español, de los cuales España aporta aproximadamente uno de cada diez.38

Lo que este Manual no va a hacer es dibujar el reparto de belén, nacimiento y pesebre por países. Circula un mapa de ese reparto, se repite con seguridad y no está probado. Fijarlo exigiría un trabajo de corpus — CORPES XXI por países, el Diccionario del español de México del Colegio de México— que no es el de este capítulo; por eso el mapa queda fuera.

De todo esto se deriva una decisión editorial que este Manual declara aquí y sostiene en las seis lenguas:

Habrá una sola versión española, con las variantes nombradas dentro de ella. Nunca dos versiones.

No se trata de escoger un español y traducir los demás, sino de escribir uno solo que no obligue a ningún lector a sentirse invitado. Es la misma regla que rige entre las seis lenguas del Manual, aplicada hacia dentro de una de ellas: ningún territorio es «nosotros».


Por qué las definiciones se quedan cortas — y por qué no es un reproche

Es fácil, llegados aquí, dar el paso siguiente y quejarse: que «arte de los belenes o afición a ellos» es poco; que «art de construir pessebres» no dice nada de la investigación, ni de la escenografía, ni de la perspectiva; que las academias despachan en seis palabras lo que ocupa un manual.

Conviene no darlo. Ese paso es un error de método, y además es injusto.

Una definición de diccionario no describe una práctica: la identifica. Da el género próximo — arte— y lo justo para que quien encuentre la palabra sepa de qué se le habla. No desarrolla, porque desarrollar no es su oficio. Nadie reprocha al diccionario que la entrada «arquitectura» no enseñe a calcular una cubierta.

De modo que conviene distinguir dos cosas que la queja mezcla: una es que una definición sea corta, y otra que sea falsa. Estas son cortas. Y en lo que dicen, aciertan en lo esencial: dicen «arte», que es exactamente lo que estaba en discusión.

Lo que falta no es una corrección, entonces, sino un desarrollo: qué encadena ese arte cuando se practica de verdad. La investigación que decide qué se representa y con qué fundamento. La escultura que da cuerpo a los personajes, con autoría y con criterio. La reproducción y la policromía, que multiplican una figura sin traicionar el original. La indumentaria, que puede documentarse o inventarse, y no da igual. La escenografía, que administra el espacio, la distancia y la luz para que una escena narre. Y la transmisión, sin la cual todo lo anterior muere con quien lo sabía.

Nada de eso cabe en una entrada de diccionario, ni tiene por qué caber. Cabe en un manual. Y ese es, exactamente, el trabajo que empieza aquí.


Por qué la definición no está aquí

Este capítulo termina sin definir el belenismo, y no es prudencia ni cortesía: es el orden del trabajo. Una definición que se enuncia antes de la investigación no se prueba después — se ilustra—, y de definiciones nacidas así está lleno el asunto. La de este Manual llega en el capítulo siguiente, como resultado; y llega después de la palabra porque necesitaba saber dos cosas que solo podían averiguarse aquí: en qué lenguas existe el nombre, y cuánto de este mundo alcanza a nombrar.

Lo que sí queda hecho, con lo reunido hasta aquí, es el pliego de condiciones: qué tendrá que cumplir esa definición para ser justa, con cada condición saliendo de algo probado y no de una preferencia. Conservar el género próximo «arte», que tres academias concordantes dejan ganado. Aportar la diferencia específica que a un diccionario no le toca dar. Abarcar el mundo y no solo la producción. Marcar el límite por arriba. No legislar el uso ajeno. No depender de la fe del lector. Y poder decirse en las seis lenguas del Manual sin nota de equivalencia. El pliego entero, condición por condición y con el origen de cada una, se entrega al capítulo de la definición: allí se pone a trabajar, y allí se dice también cuál de esas condiciones no resiste el examen.


El nombre

Falta la decisión que este capítulo ha ido preparando desde su primera página, y la prepara sin tomarla, porque no es una decisión de método sino de autor.

El expediente pone sobre la mesa seis cosas.

Una. En el diccionario de la lengua española, belenismo es la voz marcada como peninsular y pesebrismo la voz sin marca. La palabra que suena más natural en España es, en el sistema del diccionario, la más local de las dos.

Dos. Las otras cinco lenguas del Manual nombran el objeto por el pesebre, no por la ciudad: pessebre, presepe, crèche, Krippe, y en inglés crib — hermana de Krippe— junto al préstamo crèche. El latín de la federación internacional, praesepe, va por el mismo camino. Fuera del Manual, la ruta de la ciudad aparece también en occitano, pero como voz de un lugar. En el Tresor dóu Felibrige de Mistral, crècho — en lemosín grèscho, hermana de crèche— es, sin marca, la «représentation de la nativité de Notre-Seigneur», y para el comedero remite a grùpi; belèn nombra también la representación, pero con una indicación de lugar: «à Arles». En el diccionario de referencia del provenzal, la ciudad es la voz local y el pesebre la general.39

Tres. La señal que el evangelista da es el pesebre, no la ciudad. En el relato de Lucas, lo que identifica al recién nacido para los pastores es que está acostado en un pesebre, y el dato se repite tres veces en pocos versículos.40 La palabra que nombra la práctica por esa raíz nombra, a la vez, aquello que el texto señala como signo.

Cuatro, y es la que aporta este capítulo. En catalán, la voz de la práctica nació marcada por una ciudad — «una barcelonería esquisida», escribía Carner en 1907— y hoy es la voz normativa en dos academias, sin marca de territorio. Es decir: la voz catalana hizo hace un siglo el camino que la voz española tiene pendiente. Nació local y se volvió general, no porque nadie lo decretara, sino porque se usó fuera de su ciudad hasta que la marca dejó de tener sentido.

Cinco. La morfología no zanja la cuestión, y el ruido está repartido con más simetría de la que parece. El sufijo -ismo sobre un nombre de lugar produce unas veces movimientos del territorio — catalanismo, andalucismo— y otras veces prácticas — alpinismo, andinismo—: decide el uso, no la gramática. Y las dos raíces cargan con sentidos ajenos, documentados en el mismo diccionario. Y hay un cuarto ruido que los diccionarios no marcan y la hemeroteca sí: belenista nombra también al natural de Belén, y así se lee en la prensa de 1899 (véase la sección «La serie castellana»). Y ninguno de estos ruidos es de ahora: en 1864, un periodista de Barcelona bromeaba con que la sociedad recién anunciada había evitado llamarse «de belenes» por si la autoridad le abría expediente el día que hubiese un belén (véase la sección «La serie castellana»). La broma exigía que el lector entendiera las dos acepciones a la vez, y hoy siguen las dos en el diccionario. Belén lleva, junto al nacimiento, tres acepciones coloquiales de signo negativo — «sitio en que hay mucha confusión», «confusión o desorden», «complicación, dificultad, enredo: meterse en belenes»— y la locución desusada «en Belén» por «en Babia».41 Pesebre lleva su propia acepción despectiva; y pesebrismo, la palabra hecha, carga con otra — la del DLE, y el valor de prebenda que el DNV marca como sociológico—. Ninguna de las dos casas está limpia: el ruido de belén vive en la base; el de pesebrismo, en la derivada.

Seis, y es lo último que este capítulo pone sobre la mesa. Cuando en castellano hubo que nombrar por primera vez a quien hace esto, se eligió la raíz del pesebre: pesebristas, en 1864, y así durante el resto del siglo, mientras la cosa seguía llamándose belén. La voz belenista no aparece en la prensa de Barcelona hasta el siglo XX, y es la que hoy se usa. El expediente de ese cambio —lo que se sabe, lo que no y por dónde puede fecharse— está en la sección «La serie castellana». Lo que aquí importa es la consecuencia: la raíz que el uso acabó prefiriendo no es la que el propio uso había elegido primero.

De ahí quedan en pie dos cosas. La primera: la voz en -ismo, en cualquiera de las dos raíces, hace un trabajo que la voz del objeto no puede hacer — desambiguar—. La entrada de Wikipedia se titula «Belenismo» y no «Belén», y basta ensayar el título contrario para ver por qué: «Belén» a secas es a la vez la ciudad, la escena, un nombre de mujer y un enredo. La segunda, y es la única que no tiene ruido en ningún diccionario: la raíz del pesebre nombra la señal de Lucas. Esa motivación no tiene competencia.

De todo lo anterior debería salir una propuesta: la palabra internacional de la práctica. Este Manual no la declara todavía, y la razón es de método: elegir el nombre de una rama artística no es asunto de preferencia, sino de prueba. Antes de decidir hay que examinar qué ha hecho cada lengua — y cada academia— con las palabras disponibles: las que nombran por la ciudad, las que nombran por el nacimiento y las que nombran por la señal del propio relato, el pesebre. Ese examen es lo que acaba de hacerse, lengua por lengua y obra por obra, y aquí queda reunido. La decisión, en cambio, no se toma aquí: sale del capítulo siguiente, el de la definición, y sale de allí por una razón que no es de orden sino de redacción — la definición de este Manual empieza nombrando la práctica, y no puede escribir esa primera palabra sin haberla elegido—.

Lo que sí queda declarado desde ahora es el criterio con el que están escritas las seis versiones de este Manual: donde una lengua ya tiene o insinúa palabra propia, el Manual la usa y la explica — belenismo y pesebrismo en español, pessebrisme en catalán, Krippenkunst en alemán, presepismo en italiano—; donde no la tiene, el Manual nombra la práctica con claridad antes que con etiqueta. Nada se impone: se examina, se propone y se usa. Así se han hecho siempre las palabras.

Eso es lo que hay. Qué nombre lleve este Manual — y con él, quizá, la práctica que describe— es una decisión que se toma con el expediente delante y no antes.


Claridad, no jerga

Queda un último desajuste, y este ocurre dentro de cada lengua: el de las palabras del oficio. Tiene dos caras, y conviene distinguirlas. La primera es la jerga como contraseña: el vocabulario técnico empleado sin explicarlo jamás, que no eleva la disciplina — levanta una barrera—. La segunda es la contraria, y hace más daño porque no se nota: la palabra aproximada puesta donde iba la palabra del oficio. Y esta segunda viene con coartada: cuando alguien la corrige, se defiende alegando que «es la jerga del sector» — y así el desconocimiento técnico queda camuflado de tradición—.

Un ejemplo que el lector oirá mil veces: llamar «barro» a las figuras de terracota. El barro es arcilla con toda clase de impurezas, y en escultura sirve para una sola cosa: modelar el original — que no pasará jamás por el horno—. De ese original se saca un molde perdido de escayola, y el barro vuelve a la pastera para servir a otro original; como ya arrastra restos de escayola, si se horneara, la figura sencillamente explotaría. Lo que se hornea es otro material — arcilla limpia o pasta cerámica—, y en el horno, a partir de los 900 °C, esa arcilla vitrifica: su estructura cambia y ya no vuelve a ser lo que era. Solo entonces la figura merece el nombre de terracota. Ocurre como con los metales: fundidos el cobre y el estaño, nadie sigue llamando «cobre» al resultado — es bronce, y tiene nombre propio porque es otra cosa—. Quien dice «barro» donde debe decir «terracota» no está simplificando: está borrando el oficio y la transformación que la palabra lleva dentro.

Nombrar bien no es hablar difícil; es lo contrario de las dos cosas — ni contraseña ni aproximación—. Si queremos que el belén sea comprendido y valorado, necesitamos precisión explicada.


Para qué le sirve esto a cada uno

Este capítulo no es una disquisición previa al trabajo: es trabajo. Y no tiene un solo destinatario, porque el belenismo no tiene un solo protagonista: es una cadena de papeles, cada uno con su oficio y su intención. Quien modela o talla figuras está creando escultura, con autoría, tenga o no conciencia de ello. Quien las reproduce, quien las pinta o las viste, quien construye la escenografía. Quien compra las figuras y compone su escena en casa. Quien colecciona. Quien, desde las asociaciones, organiza las muestras y los concursos que sacan los belenes a la calle. Y quien visita un belén y solo mira — también él está dentro: para él se compone la escena—. Esa cadena está recorrida entera en el capítulo anterior, con lo que la sociología del arte permite decir de ella, y cada uno de sus papeles tiene después su examen propio en «¿Quién es quién en el belenismo?»: aquí se recapitula y se remite, no se desarrolla. Y una de sus piezas tiene hogar en el bloque de la composición: que quien ordena las figuras sobre el musgo ya está componiendo — decorar ya es crear, porque ya está decidiendo—, con la prueba doméstica que allí se razona. Todos están dentro del belenismo, y ninguno es «el» belenista a secas. Y todos, cada uno a su manera, hacen lo mismo: un homenaje al nacimiento de Jesús — nada alrededor de ese hecho es neutro: hasta la mesa de Nochebuena se pone distinta de todas las cenas del año—.

Por eso la palabra les importa a todos, pero a cada uno de manera distinta. Al que modela, la palabra le decide la autoría: que lo llamen artista o artesano. Al que compone, el estatuto de lo que compone: arte o adorno. Al que coloca sus figuras en casa, le corresponde reconocer la dignidad de lo que tiene entre manos: ya sea una disciplina artística con historia, o un ornamento que engalana la temporada por simple costumbre. El belén no es humilde por naturaleza; lo hacemos humilde cuando lo tratamos como rutina. Y a la práctica entera, la palabra le decide el reconocimiento cultural: una palabra mal puesta no perjudica a uno solo — perjudica a cada eslabón de la cadena, a cada uno por su lado—.

La palabra no es un adorno de la práctica: trabaja en ella, como una herramienta más. Quien sabe nombrar lo que hace, lo hace mejor — y sabe explicarlo y defenderlo ante quien lo dude—.


Preguntas abiertas

Quedan preguntas que este capítulo deja armadas, a propósito. Si millones de personas reconocen un pesebre al instante, ¿por qué no reconocen el nombre de quienes han elevado esa escena a forma de arte? Si el español y el catalán han desarrollado una palabra con densidad propia, ¿no es hora de que las demás lenguas la examinen? ¿No es paradójico que una tradición tan extendida carezca de nombre común fuera de dos lenguas? ¿Y si el primer paso para que el belén reciba el reconocimiento cultural que su práctica ya tiene fuera precisamente darle nombre donde aún no lo tiene?

La Torre de Babel (1563), Pieter Bruegel el Viejo. Kunsthistorisches Museum, Viena (reproducción: Wikimedia Commons, dominio público).

La Torre de Babel cuenta el proyecto que se quedó sin terminar cuando sus constructores dejaron de entenderse: la confusión de lenguas no fue solo un castigo — fue la división que impidió acabar lo empezado—. El belén es su imagen invertida. En Babel los hombres construyen hacia el cielo y pierden la lengua común; en el belén el cielo baja a un pesebre, y la escena se entiende en todas las lenguas a la vez — millones de personas la reconocen al instante, sin traducción—. La obra compartida que en Babel quedó a medias, aquí se termina cada año, en miles de casas y plazas. Solo le falta una cosa al conjunto: el nombre común. Sin él, la práctica queda partida en descripciones que no se reconocen entre sí. Lo que este capítulo entrega al siguiente es el nombre medido: en qué lenguas existe, cuánto de este mundo alcanza a nombrar, y por qué la definición heredada mira al objeto. Con eso en la mano, el capítulo siguiente define.

Nombrar bien es empezar a comprender.


Referencias

Las notas al pie localizan la fuente y dicen cómo y cuándo se consultó; lo que pesa sobre lo que el lector debe creer está en el cuerpo. La numeración es nueva: al fundirse los dos capítulos, las notas se han reordenado por su primera aparición. Las traducciones del chino, del griego, del latín, del francés, del alemán, del italiano y del inglés son propias.



  1. Confucio, Analectas XIII,3. Cotejado contra la traducción de James Legge (1893). ↩

  2. Confucio, Analectas XII,11 — respuesta al duque Ching de Ch'i; Legge (1893): «There is government, when the prince is prince, and the minister is minister; when the father is father, and the son is son»—. Cotejado el 16-8-2026 (monadnock.net/confucius/analects-12.html). ↩

  3. Platón, Crátilo 383a. Texto griego de la edición de John Burnet (Platonis Opera, Oxford University Press, 1903), cotejado el 22-10-2026 en su edición digital de Perseus (perseus.tufts.edu, Cratylus, page 383). Traducción propia. ↩

  4. Annuarium Statisticum Ecclesiae, datos de 2024 (publicado con el Anuario Pontificio 2026); datos difundidos por Vatican News, preparados por la Oficina Central de Estadística de la Iglesia, que es la que elabora el anuario (28-3-2026, vaticannews.va/en/vatican-city/news/2026-03/new-data-from-annuario-pontificio-2026-shows-catholics-growing.html, consultado el 22-10-2026): en 2024 la población católica era «just over 1.422 billion», y la proporción de bautizados en el mundo se mantenía «at approximately 17.8%». ↩

  5. Lo Esquirol: semmanari literari, crítich y festiu, any 1, núm. 7 (19-VII-1868), p. 1. Barcelona, carrer del Pi, 5. Còpia digital: ARCA — Arxiu de Revistes Catalanes Antigues, Biblioteca de Catalunya. Domini públic. Localización hecha para este Manual, con captura en su archivo. No es el testimonio más antiguo de la voz en ARCA: la búsqueda de «pessebre» (8.910 resultados, de los que el portal solo muestra 2.000; consultada año por año el 22-10-2026) devuelve ya en 1865 páginas de Un tros de paper (la primera, núm. 21, 8-X-1865, p. [4]), y en 1868 La Pubilla, núm. 31 (5-I-1868), p. [4]; ningún resultado de 1861 a 1864. ↩

  6. Josep Carner (Barcelona, 9-II-1884 – Bruselas, 4-VI-1970): Gran Enciclopèdia Catalana, s. v. «Josep Carner i Puig-Oriol» (enciclopedia.cat, consultada el 22-10-2026). La misma entrada recoge su adscripción a la Lliga Regionalista y su colaboración, desde diciembre de 1902, en La Veu de Catalunya, «l'òrgan d'aquell partit». ↩

  7. Carner, Josep [firma «Joseph Carner»], «El Nostre Naixement», La Veu de Catalunya, any 17, núm. 3122, ed. del vespre (31-XII-1907), p. 3, col. 7. Còpia digital: ARCA, Biblioteca de Catalunya. Domini públic. Literal fijada contra el facsímil a 300 ppp el 17-8-2026; el reconocimiento óptico del archivo contiene ocho lecturas erróneas que se han corregido contra la imagen. ↩

  8. Associació de Pessebristes de Barcelona, «Història de l'Associació de Pessebristes de Barcelona» (pessebristesdebarcelona.cat/historia-de-lassociacio-de-pessebristes-de-barcelona/, consulta del 20-8-2026, reverificada el 22-10-2026). Su emblema declara «fundada l'any 1863». Las tres noticias del Diario de Barcelona —9 de febrero de 1862, 17 de noviembre de 1863 y 9 de enero de 1864— y los estatutos del 15 de marzo de 1863 se citan a través de esa historia, que los transcribe. Los ejemplares del diario de esos años no están en la hemeroteca digital del Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona, que ofrece el Diario de Barcelona desde 1885; las fechas se dan, por tanto, como las da la asociación. Los estatutos que transcribe están en catalán. ↩

  9. El Lloyd español, 10-I-1864, p. 2. Ejemplar de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España, cotejado contra el facsímil el 22-10-2026. ↩

  10. La Ley, Madrid, 30-XII-1867, p. 3. Misma fuente y misma fecha de consulta. El texto se presenta como cita de «un colega de Barcelona», no identificado en la noticia. ↩

  11. Crónica de Cataluña, edición de la tarde, 9-I-1877, p. 2. Ejemplar en ARCA (Biblioteca de Catalunya), cotejado contra el facsímil el 22-10-2026; el final de algunas líneas queda en el pliegue de la encuadernación. ↩

  12. La Vanguardia, 16-I-1934, p. 23. Misma fuente. Testimonio más antiguo localizado de pesebrismo, no necesariamente el más antiguo existente: la búsqueda devuelve 1.370 resultados sin depurar, y el buscador de esa hemeroteca admite coincidencias aproximadas — devuelve helenismo al preguntar por belenismo—, de modo que ningún recuento ni ninguna primera fecha valen mientras no se abra cada ejemplar. Ejemplar con derechos de autor: consultable en las instalaciones de la BNE, citable pero no reproducible. ↩

  13. Recuentos hechos para este Manual el 20-8-2026 en la hemeroteca digital del Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona (ahcbdigital.bcn.cat), búsqueda básica sobre el conjunto del fondo, con captura de cada consulta: pesebristas, 962 ejemplares (1801-1900: 1; 1901-1935: 389; 1936-1975: 566; posterior a 1975: 6); belenistas, 68 ejemplares; belenista, 23 ejemplares, ninguno anterior a 1901. Son recuentos de índice, sin depurar ejemplar a ejemplar, y las franjas que ofrece ese archivo son amplias: el reparto interno del tramo 1936-1975 no puede leerse en ellas, y por eso aquí no se afirma nada sobre sustitución de una voz por otra. ↩ ↩

  14. El Correo de Zamora, 7, 8, 9 y 10 de marzo de 1899, p. 3, consultado en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España el 20-8-2026. Falsos positivos por reconocimiento óptico de helenista: Semanario pintoresco español, 5-IX-1847, p. 5; La Tertulia (Santander), 15-VI-1877, p. 7; Revista de Cuba, 1880, p. 183; El Liberal, 22-VII-1917, p. 3. ↩

  15. Federación Española de Belenistas, «Historia de la FEB» (anunciata.es/quienes-somos/historia/, consulta del 20-8-2026, reverificada el 22-10-2026): contacto inicial de la asociación de Madrid a comienzos de 1963, reunión organizativa el 6 de abril, oficio de aprobación del Director General de Política Interior del Ministerio de la Gobernación el 29 de abril (sello de la Jefatura Superior de Policía, 7 de mayo) y asamblea fundacional el sábado 29 de junio de 1963, con cinco asociaciones — Madrid, Pamplona, Valladolid, Lugo y Zafra—. La entidad se llamó al principio Federación Española Belenista y adoptó el nombre actual al refundarse el 13 de mayo de 1972 (anunciata.es/quienes-somos/). Su primer reglamento, firmado el 6 de abril de 1963 y publicado íntegro por la federación, dice en el art. 2.º a): «Aunar los esfuerzos de cada asociación, para que de esa unión surjan más y mejores iniciativas encaminadas a que el belenismo o pesebrismo adquiera mayor auge y robustez en España». La cifra de cerca de ochenta asociaciones federadas es actual, no de 1963. La hipótesis de que la denominación de la federación fijara la voz belenista es de este Manual (Inferido por contexto); contrastarla exige una curva de uso por años, anterior y posterior a 1963, en un corpus que llegue hasta hoy — la hemeroteca usada aquí no alcanza—. ↩ ↩

  16. Ley de Asociaciones de 30 de junio de 1887, publicada en la Gaceta de Madrid, año CCXXVI, núm. 193, martes 12 de julio de 1887, tomo III, pp. 105-106; arts. 4.º, 7.º y 8.º. Ejemplar consultado. En abril de 1963 seguía vigente, completada por el Decreto de 25 de enero de 1941 sobre el ejercicio del derecho de asociación: ambos los derogó la Ley 191/1964, de 24 de diciembre, de Asociaciones (BOE, 28-XII-1964, pp. 17334-17336, disposición final primera). El primer reglamento de la federación se redactó «al amparo» de esas dos normas, según la propia federación (anunciata.es/quienes-somos/historia/). ↩

  17. ARCA, búsqueda a texto completo, s. v. «pessebrisme», facetada por período. Recuento hecho para este Manual el 17-8-2026, con captura en su archivo: 115 páginas en 26 períodos. ↩

  18. Dalmau i Corominas, Jordi, El pessebrisme, Quaderns de la Revista de Girona 39, Diputació de Girona i Caixa de Girona, Girona, 1992, p. 7 (cronología). Ejemplar cotejado el 17-8-2026. ↩

  19. Diccionario de la lengua española, s. vv. «belenismo» y «pesebrismo» (dle.rae.es, consulta del 15-8-2026); DIEC2, s. v. «pessebrisme» (dlc.iec.cat); Diccionari normatiu valencià, s. vv. «pessebrisme» y «betlemisme» (avl.gva.es); Gran Enciclopèdia Catalana, s. v. «pessebrisme» (enciclopedia.cat, consulta del 15-8-2026); Diccionari català-valencià-balear, s. v. «pessebrisme» (dcvb.iec.cat). Capturas en el archivo del Manual. ↩

  20. Diccionario de la lengua española, s. v. «belenismo» (dle.rae.es, consultado el 15-8-2026). La 22.ª edición (2001), en la consulta en línea que mantiene la RAE (rae.es/drae2001/belenismo, 22-10-2026): «La palabra belenismo no está en el Diccionario». Que entró a petición suya en la 23.ª edición, presentada el 17 de octubre de 2014, lo afirma la Federación Española de Belenistas (anunciata.es/quienes-somos/, 22-10-2026). ↩

  21. Diccionario de la lengua española, s. v. «pesebrismo» (dle.rae.es, consultado el 15-8-2026). La 22.ª edición (2001) no la recoge: «La palabra pesebrismo no está en el Diccionario» (rae.es/drae2001/pesebrismo, 22-10-2026). ↩

  22. Dicionario da Real Academia Galega, s. v. «presebe» (academia.gal). ↩

  23. Elhuyar hiztegia, entradas «belenismo», «pesebrismo» y «pesebre» (elhuyar.eus). Euskaltzaindiaren Hiztegia (euskaltzaindia.eus, consultado el 22-10-2026), s. vv. «ganbela» («iz. Aska», con el ejemplo «Sehaskarik ez zuelako, ganbela batean ipini zuen haurra»), «aska» («Abereei janaria jartzen zaien kutxa moduko ontzia, gehienetan zurezkoa») y «jaiotza» (acep. 2, «Jesu Kristoren jaiotzaren irudikatzea…»); las búsquedas «belen» y «belenzale» no devuelven entrada. ↩

  24. Le Petit Robert / Le Robert, s. v. «crèche» (dictionnaire.lerobert.com/definition/creche). Primera consulta hecha para este Manual, con captura en su archivo; reverificada el 15-8-2026. ↩

  25. Duden, s. v. «Krippe» (duden.de/rechtschreibung/Krippe) y búsqueda «Weihnachtskrippe» (duden.de/suchen). Primera consulta hecha para este Manual, con capturas en su archivo; reverificada el 15-8-2026. ↩

  26. Berliner, R. Denkmäler der Krippenkunst. Augsburgo: B. Filser. Publicada por entregas en 1926-1930, según el catálogo de la Deutsche Nationalbibliothek (d-nb.info/579181987: «Erscheinungsdatum: 1926-1930»; «Lfg 1-20/21»; consultado el 22-10-2026). Ejemplar digitalizado en Internet Archive (archive.org/details/denkmlerderkri00berl); su portada — «168 Kunstdrucktafeln», «Dr. Benno Filser Verlag, G.m.b.H., Augsburg»— no lleva fecha. ↩

  27. Treccani, voz «presepe» (treccani.it/enciclopedia/presepe) y Vocabolario en línea: la búsqueda de «presepismo», y también las de «presepistica», «presepistico» y «presepista», no devuelven entrada (reverificado el 15-8-2026 y el 18-8-2026). Grande dizionario della lingua italiana (Battaglia; UTET Grandi Opere – Accademia della Crusca), consultado en su edición digital (gdli.it/Ricerca/Pagina?q=presepe, 18-8-2026): la búsqueda devuelve tres páginas — vol. XIV, p. 235 (de PRESENZIALE a PRESEPE); Supplemento 2004, p. 656 (de PREPARATORY SCHOOL a PRESOCIALE); Supplemento 2009, p. 661 (de PREREGÌA a PRESIDENTICIDA)—. Las voces presepe y presepio, con su etimología («voce dotta, lat. praesaepe, propr. 'recinto chiuso', comp. da prae 'davanti' e dal tema di saepire 'circondare [con una siepe]'»), están en el cuerpo del vol. XIV (pp. 235-236). Las voces presepistica, presepistico, presepista y la acepción «presepio animato» están en el Supplemento 2009, p. 661 (imagen de la página en gdli.it/JPG/GDLI24/GDLI_Supplemento_2009_Pagina_661.jpg, consultada el 22-10-2026). También se recogen allí presepiale y presepiario, ambas marcadas «Letter.» y ejemplificadas con Manganelli: nombran lo relativo al belén, no la práctica, y por eso quedan fuera de este capítulo (materia del léxico). La acepción «presepio animato» va precedida de la marca «NA», que la edición digital no explica. ↩

  28. Merriam-Webster, s. v. «nativity» (merriam-webster.com/dictionary/nativity). Primera consulta hecha para este Manual, con captura en su archivo; reverificada el 15-8-2026. ↩

  29. Wolff, Phillip, y Holmes, Kevin J., «Linguistic relativity», WIREs Cognitive Science, doi:10.1002/wcs.104 (consultado el 22-10-2026 en la copia del artículo en sites.socsci.uci.edu). Revisión de la investigación experimental: no encuentra apoyo para la idea de que la lengua determine las categorías básicas del pensamiento, y sí para la de que puede hacer difíciles de evitar algunas distinciones y ampliar ciertos tipos de pensamiento. ↩

  30. Levy, R. I. (1973). Tahitians: Mind and Experience in the Society Islands. Chicago: University of Chicago Press, pp. 324 y 342 (índice del libro, s. v. «Hypocognition»). Levy distingue sentimientos «hypercognated» e «hypocognated», estos «controlled by cultural invisibility or at least by difficulty of access to communication». Ejemplar digitalizado en Internet Archive (archive.org/details/tahitiansmindexp0000levy), búsqueda en el texto del 22-10-2026. ↩

  31. Equivalencias descriptivas: traducción de trabajo del Manual. Las ausencias de voz lexicalizada en cada lengua, verificadas contra los diccionarios citados en el rastreo de este mismo capítulo. ↩

  32. «An Ordinance for Abolishing of Festivals», Parlamento de Inglaterra, 8-6-1647, en Acts and Ordinances of the Interregnum, 1642-1660 (British History Online, british-history.ac.uk/no-series/acts-ordinances-interregnum/p954; cotejado el 16-8-2026). ↩

  33. Merriam-Webster, s. vv. «crèche» — acepción 1: «a representation of the Nativity scene»; del francés antiguo creche, 'pesebre', de origen germánico— y «crib» — acepción 1: «a manger for feeding animals», documentada antes del siglo XII; acepción «a crèche»; del inglés antiguo cribb, emparentado con el antiguo alto alemán krippa— (merriam-webster.com; consultas del 16-8-2026). ↩

  34. Universalis Fœderatio Præsepistica (unfoeprae.org, consultado el 15-8-2026): «La Un.Foe.Prae (Universalis Foederatio Praesepistica) se fundó en Barcelona el 31 de mayo de 1952», con «la reunión de siete asociaciones belenistas»; «Hoy cuenta con 21 organizaciones». ↩

  35. Nova Vulgata, Lc 2,7 («et pannis eum involvit et reclinavit eum in praesepio»), 2,12 y 2,16 (vatican.va, cotejado el 15-8-2026). ↩

  36. Sobre la formación moderna de praesepistica: Lewis, C. T., y Short, C., A Latin Dictionary (Oxford, Clarendon Press, 1879), en la edición digital de Perseus (consultada el 22-10-2026), recoge praesepe («praesēpe, praesēpio, etc., v. praesaep-») y ninguna voz praesepistic-; la búsqueda de «praesepistica» en el diccionario no devuelve resultados. ↩

  37. Diccionario de americanismos, Asociación de Academias de la Lengua Española, s. v. «pesebre» (asale.org). ↩

  38. Instituto Cervantes, El español en el mundo, datos de 2025. ↩

  39. Mistral, Frédéric, Lou Tresor dóu Felibrige, t. I, ejemplar digitalizado en Internet Archive (archive.org/details/loutrsordufelibr01mist, consultado el 22-10-2026): s. v. «crècho», p. 667 («Crèche, représentation de la nativité de Notre-Seigneur […]; pour mangeoire, v. grùpi»); s. v. «belèn», p. 259 («représentation de la nativité de Notre-Seigneur Jésus-Christ, crèche, à Arles»). La pista inicial procedía de la Wikipedia occitana (s. v. «Betlèm», captura de Emili, 17-8-2026), que remitía a esta obra; el diccionario dice otra cosa que la pista. ↩

  40. Lc 2,7.12.16, cotejado en la Nova Vulgata (vatican.va). ↩

  41. Diccionario de la lengua española, s. v. «belén» (dle.rae.es, consulta del 17-8-2026, captura en el archivo del Manual): acepción 1, nacimiento; acepciones 2-4, coloquiales («sitio en que hay mucha confusión», «confusión o desorden», «complicación, dificultad, enredo. U. m. en pl. Meterse en belenes»); acepción 5, Méx., balsamina; locución «en Belén», coloq. desus., «en Babia». Para «pesebre», acepción despectiva: misma obra, s. v. «pesebre» (consulta del 16-8-2026). Para el valor sociológico de «pessebrisme»: DNV, s. v. (captura del 15/16-8-2026). ↩