Lo que se toca, no lo que se lee
Hasta ahora, este estudio ha trabajado con un mapa: qué puede saberse, qué no puede saberse, dónde es firme el suelo y dónde se vuelve incierto. Este capítulo entra en el terreno concreto. Se trata ahora de los objetos: los fragmentos de tela que alguien tejió, el cuero que alguien cortó para una sandalia, el huso con su tortera que alguien hizo girar con la mano.
La evidencia material tiene un estatus distinto del de una fuente escrita o una imagen. Un fragmento textil excavado en Masada no argumenta, no interpreta, no proyecta: está ahí. Se le puede examinar la fibra, medir la densidad de hilos, identificar la dirección de torsión del hilado, analizar químicamente los restos de tinte, observar la estructura del tejido, buscar costuras, remates o señales de desgaste. Es el tipo de prueba más difícil de discutir, porque no pasa por la intención de quien la describe — pasa por la materia misma.
Pero esa solidez tiene límites precisos. Un fragmento textil dice mucho sobre la fibra y poco sobre la prenda. Dice qué material existía, cómo se hilaba, cómo se tejía, y a veces de qué color era — pero no dice quién lo llevaba puesto, ni cómo combinaba esa tela con otras, ni qué aspecto tenía sobre un cuerpo que caminaba o dormía. Entre el fragmento y la figura hay un recorrido que este estudio irá construyendo paso a paso. Lo primero es saber qué clase de objetos tenemos entre manos.
Lo que este capítulo reúne corresponde, en el etiquetado del Manual, al estrato probado: las afirmaciones se apoyan en objetos físicos catalogados, fechados y publicados. La discusión se traslada casi siempre a la interpretación de cada hallazgo y al alcance que admite; rara vez, a la existencia misma del objeto. Cuando el texto pasa de afirmar a inferir —por ejemplo, al deducir importación a partir de la dirección Z del hilado—, lo dirá con su verbo correspondiente.
Cinco tipos de hallazgo, cinco preguntas distintas
No todo lo que se excava en un yacimiento del siglo I aporta la misma información ni responde a la misma pregunta. Conviene distinguir cinco tipos de hallazgo material relacionados con la indumentaria, porque cada uno tiene sus propias posibilidades y sus propios límites.
El fragmento textil es el hallazgo más frecuente. Un trozo de tela, a veces de pocos centímetros cuadrados, conservado por la aridez del desierto o por el sellado accidental de una cueva. Lo que puede decir es considerable: tipo de fibra (lana, lino, pelo de cabra), dirección de torsión del hilado, estructura del tejido (tafetán, sarga), densidad de hilos por centímetro, restos de tinte, presencia de costuras o remates. Lo que no puede decir es igualmente claro: a qué prenda pertenecía, cómo se llevaba, quién la usó, ni para qué servía. El fragmento es una pieza del mosaico, no el mosaico entero.
La prenda o parte reconocible de prenda es mucho más rara. Casi no se conservan prendas completas de uso cotidiano del siglo I en la región. Las pocas excepciones —túnicas y mantos fragmentarios hallados en la Cueva de las Cartas o en Khirbet Qazone— permiten deducir dimensiones, tipo de construcción (una pieza o dos piezas, cosida en los hombros o doblada) y a veces la posición de las bandas decorativas. La distancia entre este tipo de hallazgo y el fragmento suelto es enorme: una prenda reconocible permite hablar de forma, de corte, de proporciones; un fragmento solo permite hablar de materia.
El textil funerario ocupa un lugar intermedio, y merece una sección propia más adelante en este capítulo. Un sudario o una envoltura de lino conservados en una tumba son evidencia directa de un material, de una técnica, de un color real. Pero su función es específica: vestir a un muerto, no a un vivo. Tratar un sudario como si fuera ropa cotidiana es un error de categoría.
El calzado — sandalias, zapatos cerrados, formas intermedias — se conserva con más frecuencia que los tejidos, porque el cuero en ambiente seco resiste mejor que la fibra vegetal o animal. El calzado dice material, construcción, talla, desgaste. A diferencia del fragmento textil, una sandalia conservada es un objeto funcional completo: se puede saber cómo se sujetaba al pie, cuántas capas tenía la suela, qué tamaño de pie calzaba. El calzado es la evidencia material más completa que este estudio maneja.
La herramienta de producción textil — tortera (la pequeña pesa del huso, llamada fusayola en la literatura arqueológica), pesa de telar, aguja de hueso o de metal, peine de cardar — no dice cómo vestía nadie. Dice otra cosa: qué era posible fabricar en un lugar y en un momento determinados. La presencia de torteras en un contexto doméstico indica que alguien hilaba allí. La presencia de pesas de telar indica que alguien tejía. Estas herramientas no responden a la pregunta «¿cómo vestían?», sino a la pregunta «¿qué podían hacer?» — y esa pregunta, aunque distinta, es igualmente necesaria.
Cada uno de estos cinco tipos de hallazgo requiere una lectura propia. El error más frecuente consiste en pedirle a uno lo que solo otro puede ofrecer: tratar un fragmento como si demostrara una prenda, tratar un sudario como si describiera la ropa de un vivo, o tratar una herramienta como si dictara la moda.
Los textiles: qué dicen los fragmentos
El catálogo más completo de textiles del período romano en Israel es el que ha reunido Orit Shamir a lo largo de décadas de trabajo en la Israel Antiquities Authority. Su tabla de síntesis recoge 1.635 textiles catalogados procedentes de una veintena de yacimientos, desde Masada y Qumrán hasta las cuevas de Nahal Hever, Wadi Murabba'at, Mo'a y 'En Rahel1. La cifra es significativa, pero conviene situarla: solo de Masada, miles de fragmentos textiles adicionales permanecen sin publicar. Lo catalogado es una fracción de lo excavado.
Y un aviso que vale para todo el bloque. Los capítulos del cedazo material (de La materia antes que la figura a La lana como fibra separada) siguen otra tabla de la misma investigadora —Shamir y Sukenik (2011), con 1.727 textiles y otra distribución por fibra—, y los dos recuentos no coinciden. Cotejadas las dos tablas, el resto de los yacimientos coincide cifra a cifra; la diferencia está en Qumrán y en un enterramiento: la de 2011 cuenta por separado la Cueva 11 (58 textiles) y la Cueva de Navidad (184), y la de 2015 pone en su lugar un grupo de Qumrán aún sin publicar (150) y añade Gesher Haziv (1). Por eso cada capítulo declara qué tabla sigue. Este, y los capítulos que van de Qué sabemos y qué no sabemos sobre la indumentaria del siglo I a Dónde se conservan las pruebas y dónde se sitúan las escenas, siguen la de Shamir (2015).
La distribución por material muestra un paisaje claro. De los 1.635 textiles, 1.030 son de lana, 531 de lino, 58 de pelo de cabra, 3 de pelo de camello y 13 de composición mixta. La lana es el material dominante en la evidencia conservada, lo que no debe sorprender: la lana se tiñe mejor que el lino, resiste razonablemente en ambiente seco, y era la fibra principal de la producción textil local. El lino, segunda fibra en importancia, aparece con frecuencia en contextos funerarios y en prendas de mayor calidad. El pelo de cabra se asocia a tejidos utilitarios: cuerdas, sacos, cubiertas.
Lo que cada fragmento puede revelar depende de su estado de conservación, pero en condiciones favorables ofrece varios niveles de información.
La fibra. La identificación microscópica distingue lana de lino de pelo de cabra. Esta distinción no es trivial: el tipo de fibra condiciona el peso de la tela, su caída, su capacidad de teñido, su frescura o su abrigo. Para un escultor, la diferencia entre una túnica de lino y una de lana se traduce en pliegues distintos, en una relación distinta con el cuerpo.
La torsión del hilado. Los hilos pueden hilarse en dos direcciones: S (en sentido antihorario) y Z (en sentido horario). En los textiles de lana del período romano en Israel, la torsión S es abrumadoramente mayoritaria: 715 de los 826 textiles de lana con dirección de hilado registrada son S-spun2. La torsión Z, más frecuente en Grecia, Italia y el Mediterráneo occidental, aparece solo en 37 piezas de lana. Este dato técnico puede parecer menor, pero tiene una consecuencia importante: cuando un textil de lana presenta hilado Z en un yacimiento de Israel, es probable que se trate de una importación. La dirección del hilado funciona como un indicador de procedencia.
La estructura del tejido. El ligamento dominante es el tafetán — la estructura más simple, en la que cada hilo de trama pasa alternativamente por encima y por debajo de cada hilo de urdimbre. De los 1.635 textiles catalogados, solo 32 presentan ligamento de sarga, todos ellos de lana3. La sarga requería un telar de tres o más lizos que no estaba en uso habitual en la región; los textiles de sarga eran importados. Este dato dice algo preciso: la producción local era técnicamente competente pero no abarcaba toda la gama de ligamentos que existía en el Mediterráneo del siglo I. El mundo textil de la Judea romana era más sencillo en estructura que el de Palmira, Egipto o Roma, aunque no necesariamente más pobre.
El color. Cuando las condiciones lo permiten, los fragmentos conservan restos de tinte que pueden analizarse químicamente. Pero aquí aparece una precaución esencial: el color actual del fragmento no es el color original. Dos milenios de oxidación, descomposición y contacto con el suelo transforman los colores. Un rojo de granza puede haber virado a pardo; un azul de glasto puede haberse apagado hasta parecer gris. Los análisis cromatográficos, como los de Koren sobre textiles del Mar Muerto, permiten identificar el tinte original incluso cuando el color visible ya no lo delata4. Sin esos análisis, el ojo engaña: un fragmento parduzco pudo haber sido rojo, azul o amarillo. Los capítulos sobre tintes y colores desarrollarán esta cuestión en detalle.
Las costuras y los remates. Cuando un fragmento conserva una costura, un dobladillo, un borde con flecos o un cordón de cierre, la información se multiplica: se puede deducir que el fragmento pertenecía a una prenda con una forma determinada, que alguien la cosió con una técnica concreta, que el acabado tenía un grado de cuidado identificable. Los cordones de cierre, por ejemplo, son frecuentes en textiles de lana del período romano y se han documentado en yacimientos desde Masada hasta Palmira5. Pero la mayoría de los fragmentos no conservan estos detalles: son piezas sin borde ni costura, flotando sin contexto de prenda.
Cuando el textil es un sudario
Entre los textiles conservados, los procedentes de contextos funerarios forman una categoría aparte. No son prendas de vestir, aunque a veces se fabricaron con telas que lo fueron. Son envolturas para un cuerpo muerto, y su función condiciona todo lo que pueden decirnos.
El caso más estudiado es el sudario de Akeldama, en Jerusalén: un textil de lana con ligamento de tafetán, urdimbre hilada en dirección Z y trama casi sin torsión, datado por radiocarbono entre el 95 a. C. y el 53 d. C.7 Es una de las pocas piezas textiles del siglo I procedentes de Jerusalén, conservada porque el loculus funerario donde se hallaba permaneció sellado durante dos milenios. El textil no presenta decoración, ni costuras, ni señales de uso previo. La dirección Z de su hilado es infrecuente en el contexto local, lo que sugiere una importación — quizá de Grecia o Italia — y, con ella, un nivel social del difunto que podía permitirse un sudario de tela importada.
Pero Akeldama no es el único caso. En las cuevas del desierto de Judea, en 'En Gedi, en Gesher Haziv y en Jericó se han hallado sudarios de lino que comparten un rasgo que importa para este estudio: su color es crema o beige, no blanco8. El blanqueado era un proceso largo e intencional — semanas de tratamiento químico y exposición al sol — que no debe darse por supuesto. La tendencia de la tradición artística cristiana a representar la indumentaria bíblica con blancos limpios e idealizados no encuentra correspondencia en el color real del lino sin blanquear.
Los sudarios aportan información valiosa sobre materiales, técnicas y color real. Lo que no aportan es información sobre la ropa de los vivos. Un sudario envuelve; una prenda viste. El sudario no tiene mangas, ni cinturón, ni corte que se ajuste a un torso. En algunos casos, como en la Cueva de las Cartas, los sudarios estaban hechos con telas reutilizadas — túnicas y mantos de lana desgarrados, sacos de lino reconvertidos — lo que confirma el valor extremo de los textiles en el mundo antiguo y aporta un dato indirecto sobre las prendas que existían antes de ser cortadas9. Pero el paso del sudario a la prenda es un paso de interpretación, no de observación directa.
Conviene recordar esta distinción cada vez que un estudio mencione «textiles hallados» en un yacimiento: la mayor parte de los textiles bien conservados proceden de contextos funerarios o de situaciones excepcionales (destrucción de Masada, refugio en cuevas durante la revuelta de Bar Kokhba). No son muestras representativas del vestir cotidiano, sino fragmentos de un mundo material que llegó hasta nosotros por circunstancias que nada tenían que ver con la vida normal.
El cuero y el calzado
El cuero se conserva en ambiente seco con más facilidad que el tejido, y el calzado es el tipo de hallazgo donde la evidencia material alcanza mayor completitud. A diferencia de los fragmentos textiles — que son piezas sueltas, sin forma reconocible —, una sandalia o un zapato conservado es un objeto funcional completo: tiene suela, tiene sistema de sujeción, tiene una talla que corresponde a un pie real.
Las sandalias halladas en la Cueva de las Cartas y en Masada muestran una construcción consistente: suela multicapa de cuero grueso cosida con tiras de cuero, dos lengüetas en el talón, una lengüeta entre el primer y el segundo dedo, y una correa principal enhebrada por las lengüetas con banda deslizante para ajustar al pie10. Dos sandalias de Qumrán miden entre 20 y 21 centímetros de largo — equivalentes a una talla 34-36 europea —, lo que corresponde a una estatura media masculina de unos 166 centímetros y femenina de unos 147 centímetros, cifras coherentes con los estudios osteológicos del período11.
Pero la sandalia abierta no era la única forma de calzado. En el propio yacimiento de Masada se halló un zapato cerrado infantil con suela de cuero reforzada y parte superior de cuero hasta el tobillo, cubriendo todo el pie12. Este hallazgo es importante porque demuestra que el calzado cerrado existía en la región y en el período, no solo como prenda militar romana sino como calzado civil, incluso infantil. S. A. Baker, en «Loosing a Shoe Latchet: Sandals and Footwear in the First Century» (BYU Studies 36:3), un estudio dedicado al calzado del siglo I que se apoya en los hallazgos del desierto de Judea y en la tipología romana, documenta un abanico de formas que va de la sandalia simple a los calcei (botas cerradas hasta el tobillo), las crepidae (sandalias pesadas con parte superior de cuero), las carbatinae (pieza única de cuero con suela blanda) y las gallicae — zapatos pesados de cuero basto, descritos como los antepasados del calzado de agua, diseñados para tiempo húmedo y terreno embarrado13.
El calzado también se combinaba con calcetines. Shamir documenta calcetines de lana en técnica de red sin nudos (knotless netting) hallados en Masada y en Dura Europos14. La combinación de sandalia abierta con calcetín de lana — que hoy puede parecer incongruente — era una solución práctica: el calcetín aislaba el pie del cuero y aportaba algo de protección térmica, aunque absorbía agua en tiempo de lluvia.
El cuero se usaba también para cinturones — algunos conservados en Nahal Hever y 'En Rahel —, para bolsas, zurrones y odres. Pero a diferencia del calzado, estos objetos rara vez se conservan completos: lo que llega son fragmentos de cuero que permiten identificar el material y a veces la técnica de curtido, pero no siempre el objeto que formaban.
Las herramientas: lo que se podía hacer
Un cuarto tipo de hallazgo no habla de la ropa en sí sino de la capacidad de fabricarla. Las herramientas de producción textil aparecen con frecuencia en yacimientos del siglo I, tanto en contextos domésticos como en espacios que pueden interpretarse como talleres.
Las torteras — pequeñas pesas de cerámica o de piedra que se fijan al extremo inferior del huso para estabilizar la rotación durante el hilado (en la literatura arqueológica aparecen como fusayolas, del francés fusaïole; en inglés, spindle whorls) — son uno de los hallazgos más comunes en yacimientos del período16. Su presencia en contextos domésticos indica que el hilado era una actividad habitual del hogar, no exclusiva de talleres especializados. Cada tortera supone alguien que hilaba — y ese alguien, según las fuentes y la analogía con el mundo mediterráneo antiguo, era casi siempre una mujer.
Las pesas de telar, más pesadas que las fusayolas, documentan la existencia de telares verticales de pesas — el tipo de telar dominante en la región hasta finales del siglo I d. C., cuando fue sustituido por el telar vertical de dos barras17. Shamir estudió las pesas de telar halladas en Masada como parte del volumen de informes finales de las excavaciones de Yadin, lo que convierte ese yacimiento en uno de los pocos donde se puede documentar no solo el producto textil sino también las herramientas con que se fabricaba.
Las agujas de hueso y de metal, los peines de cardar y los husos completos aparecen con menor frecuencia, pero completan el cuadro de una producción textil que abarcaba todo el proceso: desde la preparación de la fibra hasta la prenda terminada.
Este capítulo no entrará en el proceso de producción — el recorrido completo de la materia prima a la prenda acabada se desarrollará más adelante. Lo que importa aquí es situar las herramientas como un tipo de evidencia material con su propia pregunta: no «¿cómo vestían?», sino «¿qué capacidad productiva existía?». La respuesta, a la luz de los hallazgos, es que la producción textil en la Judea del siglo I era local, doméstica en buena parte, técnicamente competente dentro de los ligamentos simples, y capaz de cubrir las necesidades básicas de vestimenta — aunque los textiles más sofisticados (sarga, telas finas importadas) llegaban de fuera.
Del objeto al dato: qué puede extraerse y qué no
Cada uno de los cinco tipos de hallazgo examinados en este capítulo responde a una pregunta distinta. El fragmento textil dice materia. La prenda reconocible dice forma. El sudario dice práctica funeraria. El calzado dice construcción y uso. La herramienta dice capacidad productiva. Ninguno de ellos dice, por sí solo, cómo vestía una persona concreta en un día concreto.
El error más frecuente en la divulgación de la arqueología textil consiste en saltar del objeto al personaje sin pasar por los escalones intermedios. Un fragmento de lana teñida de rojo en Masada no demuestra que María llevara una túnica roja. Un sudario de lino crema en Akeldama no demuestra que los pastores vistieran de beige. Una sandalia de 20 centímetros en Qumrán no demuestra que José calzara exactamente eso. Lo que cada hallazgo demuestra es más modesto y más sólido: que esos materiales existían, que esas técnicas se practicaban, que esos objetos formaban parte del mundo material donde se sitúan las escenas que este estudio quiere comprender.
La distancia entre la evidencia material y la figura escultórica no puede recorrerse en un solo paso. Los capítulos siguientes construirán ese recorrido: primero la geografía de la evidencia — dónde se conserva y por qué —, después las fuentes escritas y la iconografía, después la función de la ropa, la producción textil, los colores, las prendas concretas, y finalmente el paso del dato arqueológico a la decisión escultórica. Pero en la base de todo ese recorrido están los objetos examinados aquí: fragmentos de tela, restos de cuero, zapatos conservados y herramientas de trabajo. Lo que se toca antes de lo que se lee.
Referencias
Shamir, O. (2015). A Burial Textile from the First Century CE in Jerusalem Compared to Roman Textiles in the Land of Israel and the Turin Shroud. SHS Web of Conferences, 15, Tabla 1. ResearchGate Las cifras de lana y de lino siguen la fe de erratas de la propia autora, publicada en el mismo volumen: Shamir, O. (2015). Erratum to: A burial textile from the first century CE in Jerusalem compared to roman textiles in the land of Israel and the Turin Shroud. SHS Web of Conferences, 15, 00011, que corrige la tabla 1: 531 de lino y 1.030 de lana sobre 1.635. https://doi.org/10.1051/shsconf/20151500011 ↩
Shamir, O. (2015), Tabla 2: dirección del hilado en textiles de lana del período romano en Israel. De 826 textiles de lana con datos de hilado, 715 presentan torsión S. ↩
Shamir, O. (2015), datos sobre ligamento de sarga: 32 de 1.635 textiles, todos de lana, la mayoría Z-spun, hallados en Masada (13), Mo'a (9), Murabba'at (6), Cueva de las Cartas (1), cuevas del desierto de Judea (1), Sha'ar Ramon (2). ↩
Koren, Z. C. (2005). Chromatographic Analyses of Selected Historic Dyeings from Ancient Israel. Dyes in History and Archaeology, 20, 194–201. Edelstein Center ↩
Shamir, O. (2015), datos sobre cordones de cierre documentados en 'En Rahel, Mo'a, Masada, Murabba'at, Cueva de las Cartas, Quseir al-Qadim, Nubia, Dura Europos y Palmira. ↩
Fotografía: Shamir, O. (2015), fig. 2 («Jerusalem, Akeldama, wool, Z-spun, ×16»), en «A Burial Textile from the First Century CE in Jerusalem Compared to Roman Textiles in the Land of Israel and the Turin Shroud», SHS Web of Conferences, 15, 00010, p. 3. Artículo publicado con licencia Creative Commons Atribución 4.0. https://doi.org/10.1051/shsconf/20151500010 ↩
Shamir, O. (2015); Matheson, C. D. et al. (2009). Molecular Exploration of the First-Century Tomb of the Shroud in Akeldama, Jerusalem. PLoS ONE, 4(12), e8319. ↩
Shamir, O. (2015), sección sobre sudarios de lino: los hallados en 'En Gedi, Gesher Haziv y Jericó son de color crema o beige (undyed cream or beige), no blancos. ↩
Shamir, O. (2015), sección sobre textiles reutilizados como sudarios en la Cueva de las Cartas y en Khirbet Qazone. ↩
Taylor, J. E. (2018). What Did Jesus Look Like? Bloomsbury T&T Clark. Extracto publicado como What Did Jesus Wear? (Christian Evidence Society, 2021). Christian Evidence ↩
Taylor (2018/2021): sandalias de Qumrán de 20–21 cm; estatura media masculina ~166 cm, femenina ~147 cm. ↩
Baker, S. A. "Loosing a Shoe Latchet: Sandals and Footwear in the First Century." BYU Studies, 36:3, p. 196. ↩
Baker, S. A. (ibíd.): tipología del calzado del siglo I, incluyendo calcei, crepidae, carbatinae y gallicae. ↩
Shamir, O. (2013). Dress: Hellenistic and Roman Period. En Master, D. (ed.), Oxford Encyclopedia of the Bible and Archaeology, vol. 1, pp. 328–336. Oxford University Press. p. 335: "Socks in knotless netting were found at Masada and Dura-Europos." ↩
Fotografía: Gary Todd (2018), Museo de Israel, Jerusalén; recortada. Dominio público (CC0 1.0). Wikimedia Commons, «Leather Sandals, Cave of the Letters, Judean Desert, 132-135 AD (43169537782).jpg». Cartela del museo: «Sandals. Cave of the Letters, Nahal Hever, Judean Desert, 132–135 CE, leather. IAA». Ficha en Wikimedia Commons. ↩
Shamir, O. (1994). Loomweights from Masada. En Masada IV: The Yigael Yadin Excavations 1963–1965, Final Reports, pp. 265–279. Israel Exploration Society. ↩
Shamir, O. (2015), dato sobre la transición del telar de pesas al telar vertical de dos barras a finales del siglo I d. C. ↩
Fotografía: Joanbanjo (2013), «Pesos de teler (pondera) i fusaiola, vil·la romana de Cornelius», Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0. Ficha en Wikimedia Commons. ↩