Qué sabemos y qué no sabemos sobre la indumentaria del siglo I

Última modificación
Tiempo aproximado de lectura
≈ 21 min

Lo que la evidencia permite afirmar

El capítulo anterior ha fijado el método: niveles de evidencia, distinciones necesarias, criterios de decisión. Todo eso queda activo, pero no se repetirá. Lo que este capítulo se propone es otra cosa: antes de entrar en el estudio concreto de las pruebas materiales, los yacimientos, las fuentes escritas y las prendas, conviene detenerse un momento y mirar el terreno en su conjunto. ¿Qué sabemos realmente sobre la indumentaria del siglo I en la tierra donde se sitúan las escenas del nacimiento de Jesús? ¿Cuánto de lo que damos por conocido procede de la evidencia, y cuánto de la imagen heredada?

La respuesta no es desoladora. No partimos de un vacío. Solo en los yacimientos del período romano en Israel, Orit Shamir ha catalogado más de 1.600 textiles entre lana, lino, pelo de cabra y fibras mixtas, procedentes de una veintena de yacimientos. Y la cifra publicada es solo una parte: de Masada, por ejemplo, miles de fragmentos textiles permanecen todavía sin estudiar. A estos restos se suman calzado conservado en cuevas secas, herramientas de producción textil —husos, torteras, pesas de telar, agujas— halladas en contextos domésticos y artesanales. Existen fuentes escritas antiguas que mencionan prendas, tejidos, tintes, oficios y normas del vestir: textos bíblicos, fuentes del período del Segundo Templo, referencias en la literatura rabínica posterior. Y existen imágenes de época —mosaicos, frescos, relieves funerarios, escenas de la iconografía romana y paleocristiana— que, leídas con cautela, permiten complementar lo que los restos materiales y los textos no alcanzan a decir por sí solos.

Pero la evidencia, por abundante que sea en comparación con lo que se conocía hace medio siglo, no compone un guardarropa completo del siglo I. No tenemos un catálogo cerrado de prendas, tallas, colores, combinaciones, usos por estación o variantes por oficio. Lo que tenemos es un conjunto de pruebas fragmentarias, desigualmente conservadas, procedentes de contextos específicos —muchos de ellos funerarios, militares o excepcionales— que deben leerse con la misma precisión con que se leen los fragmentos de un mosaico incompleto: cada pieza dice algo, pero ninguna dice todo, y el dibujo general solo emerge cuando se las pone en relación y se acepta que hay zonas en blanco.

Ese es el punto de partida de este capítulo. No un inventario de prendas —eso vendrá más adelante—, sino un mapa del estado del conocimiento: qué puede afirmarse, qué puede inferirse con cautela, qué debe quedar abierto.


Lo que se conserva y lo que no

La conservación de materiales orgánicos —tejidos, cuero, fibras vegetales, pelo, madera— depende de condiciones que el tiempo no suele ofrecer. En climas húmedos o templados, la materia orgánica se descompone en pocas décadas. Solo circunstancias excepcionales la preservan: la aridez extrema del desierto, el sellado accidental de una cueva, un enterramiento que permaneció intacto, un incendio que carbonizó sin destruir del todo, la mineralización de fibras en contacto con objetos metálicos.

En la tierra de Israel, estas condiciones se han dado en puntos concretos. Masada, en el borde oriental del desierto de Judea, ha proporcionado centenares de fragmentos textiles de lana y lino, restos de calzado, cuerdas y otros materiales orgánicos1, conservados gracias a la aridez del entorno y a las circunstancias de la destrucción del año 73-74 d. C. Las cuevas de Nahal Hever y Wadi Murabba'at, refugio de combatientes durante la revuelta de Bar Kokhba (132-135 d. C.), han conservado textiles, sandalias, objetos de uso cotidiano y documentos2. Qumrán ha proporcionado textiles asociados a los manuscritos del mar Muerto, estudiados por Shamir y Sukenik3. Y en Jerusalén, la tumba de Akeldama ha ofrecido un caso excepcional: un sudario de lana del siglo I conservado en un loculus sellado, fechado por radiocarbono entre el 95 a. C. y el 53 d. C.4

Lo que estos yacimientos conservan es valioso, pero parcial. Se conservan fragmentos de tejido, no prendas completas puestas sobre un cuerpo. Se conservan fibras y torsiones, no cortes ni patrones de confección acabados. Se conserva calzado —las sandalias de Nahal Hever son el ejemplo más conocido—, pero no la ropa que acompañaba a ese calzado en un día cualquiera. Se conservan restos funerarios —sudarios, envolturas, capas de tela que cubrían un cuerpo muerto—, pero no la ropa de quien caminaba, trabajaba, cocinaba o dormía.

Lo que no se conserva es igualmente significativo. No hay prendas completas de uso cotidiano halladas en su contexto original de vida. No hay mantos gruesos de lana preservados en Belén o Jerusalén: el clima de esas ciudades no lo permite. No hay ropa interior, ni prendas intermedias de abrigo, ni protección de piernas, ni gorros, ni pañuelos, ni guantes, ni nada de lo que un cuerpo necesita en invierno y que, por su naturaleza orgánica y su uso intensivo, se desgasta, se remienda, se reutiliza y finalmente desaparece.

Restos de una prenda, una banda enrollada, un zapato y una suela de la Cueva de las Cartas, en una vitrina del Museo de Israel.
Restos de vestido y calzado de la Cueva de las Cartas (Nahal Hever), de la revuelta de Bar Kokhba (132-135 d. C.), en el Museo de Israel. La evidencia directa no ofrece prendas completas, sino restos parciales que deben leerse con la misma atención que los fragmentos de un mosaico incompleto.5

Tampoco hay representaciones directas del vestir cotidiano judío del siglo I hechas por judíos. La tradición iconográfica judía del período es escasa, condicionada por las restricciones sobre la imagen humana. Las representaciones que existen —mosaicos de sinagogas, frescos de Dura Europos, catacumbas judías— son posteriores al siglo I o pertenecen a contextos con influencia grecorromana que las hacen útiles pero no directamente trasladables.


Vestimenta documentada y vestimenta reconstruida

Conviene distinguir dos operaciones que a menudo se confunden.

Documentar la vestimenta del siglo I significa reunir y analizar las pruebas disponibles: identificar qué materiales se han conservado, qué técnicas de tejido y tinte se han verificado, qué prendas mencionan las fuentes escritas, qué formas aparecen en la iconografía de la época. El resultado es un conjunto de datos, desigual pero firme en sus mejores puntos, sobre el que se puede trabajar.

Reconstruir la vestimenta del siglo I es otra cosa. Implica completar los vacíos: imaginar cómo se combinaban las prendas que conocemos, proponer soluciones para lo que no se ha conservado, extender a un contexto cotidiano lo que procede de un contexto funerario o militar, aplicar a Belén lo que se ha encontrado en Masada. La reconstrucción no es ilegítima —es, de hecho, necesaria para cualquier representación visual—, pero es una operación distinta de la documentación, y el lector debe saber en todo momento cuándo estamos en una y cuándo en la otra.

La diferencia importa por una razón práctica: cuando un estudio presenta como documentado lo que en realidad es reconstruido, el lector pierde la capacidad de evaluar por sí mismo la solidez de lo que se le dice. Y cuando un escultor toma como base segura lo que en realidad es una hipótesis plausible, la figura que modela descansa sobre un fundamento que no tiene la firmeza que aparenta.

Este Manual distinguirá siempre entre ambas operaciones. Lo documentado se apoyará en referencias verificables. Lo reconstruido se presentará como lo que es: una propuesta razonada, no una certeza. Y cuando no sea posible ni documentar ni reconstruir con un grado razonable de confianza, se dirá que no lo sabemos —sin que eso signifique renunciar a representar, sino aceptar que la representación, en ese punto, descansa sobre una decisión artística más que sobre una prueba.


Los límites de Belén y Jerusalén

Aquí aparece un problema que el lector debe entender antes de avanzar, porque condiciona todo lo que sigue.

La mayor parte de la evidencia textil directa del siglo I procede de lugares áridos situados al este y al sur de Jerusalén: Masada, las cuevas de Nahal Hever, Wadi Murabba'at, Qumrán. Estos yacimientos han conservado materiales orgánicos gracias a condiciones climáticas que no se dan en Belén ni en la mayor parte de Jerusalén, donde la humedad relativa es considerablemente mayor y la descomposición de la materia orgánica opera con más eficacia.

Jerusalén, donde se sitúan escenas importantes del ciclo —los Magos ante Herodes, la Presentación en el Templo—, ha proporcionado muy poca evidencia textil directa. El caso de Akeldama es excepcional precisamente porque es excepcional: un loculus funerario que permaneció sellado durante dos mil años en una tumba que había sido saqueada. No puede tomarse como representativo de la conservación general en Jerusalén.

De Belén, donde se sitúan las escenas centrales del nacimiento —el refugio, el pesebre, la adoración de los pastores, la llegada de los Magos—, no existe evidencia textil directa conocida para el siglo I. Esto no significa que Belén carezca de historia material; significa que las condiciones de conservación, la continuidad de ocupación del lugar y la historia constructiva del sitio no han preservado restos orgánicos de ese período.

¿Invalida esto la investigación? No. Pero obliga a trabajar con lo que en el capítulo anterior hemos llamado prudencia. La evidencia de Masada, Qumrán o Nahal Hever pertenece al mismo mundo material, a la misma región, a una época próxima —Masada es unos sesenta años posterior al nacimiento; las cuevas de Nahal Hever, más de un siglo— y en gran medida a las mismas técnicas textiles. Un tejido de lana encontrado en Masada no demuestra cómo vestía un pastor en Belén, pero sí demuestra que ese tipo de lana, esa técnica de tejido y ese acabado existían en la Judea del siglo I. La distancia entre el dato y la figura no es un abismo: es un espacio que puede recorrerse con criterio, siempre que no se salte sin advertirlo.

Lo que no puede hacerse es lo contrario: tomar una evidencia conservada en un lugar árido y convertirla automáticamente en el vestido cotidiano de una escena situada en otro lugar, con otro clima y otras condiciones de vida. Cada traslado debe ser explícito, razonado y presentado como lo que es.

Mapa que separa la zona mediterránea húmeda de la franja árida donde se han conservado los principales textiles.
Dónde se conserva la evidencia y dónde se sitúan las escenas. Los yacimientos textiles se concentran en la franja árida del desierto de Judea; Belén, Jerusalén y Nazaret quedan en la zona mediterránea húmeda.6

Ausencia de restos no es ausencia de ropa

Este principio ya se ha enunciado en el capítulo anterior como una de las tres distinciones necesarias, pero aquí conviene desarrollarlo, porque afecta de forma directa a varios capítulos posteriores.

El registro arqueológico conserva lo que las condiciones permitieron conservar. Lo que no ha sobrevivido no fue necesariamente inexistente: fue perecedero, fue usado hasta el deterioro, fue reciclado o se descompuso en un entorno que no lo protegió. Esta asimetría del registro no es un defecto de la investigación; es una característica del material con el que se trabaja.

Algunas consecuencias concretas:

Que no se conserven mantos gruesos de lana en Belén no significa que no se usaran. El invierno en la zona de Belén y Jerusalén, entre diciembre y febrero, presenta temperaturas nocturnas que pueden descender por debajo de los 5 °C, con lluvia frecuente y viento. Cualquier persona que viviera allí necesitaba abrigo, y ese abrigo tenía que estar hecho de algo. La lana gruesa, la piel de oveja o de cabra, las capas múltiples de tejido son soluciones que la evidencia indirecta, la lógica climática y la analogía con el mundo pastoril mediterráneo hacen más que plausibles.

Que no se conserven calcetines, vendas de piernas o protección de pies cerrada no significa que los pies fueran siempre descalzos o que las sandalias abiertas fueran la única opción en toda circunstancia. Los calcetines de lana existían en el mundo antiguo. Las fasciae crurales romanas protegían las piernas. El calzado cerrado era conocido. El capítulo sobre prendas problemáticas tratará estas cuestiones con detalle, pero el principio debe quedar claro desde ahora: no todo lo que falta en el registro faltaba en la vida.

Que no se conserven prendas interiores —camisas cortas bajo la túnica, fajas de tela, bandas pectorales, paños de protección— no significa que el cuerpo fuera directamente cubierto por una sola capa de tejido en todas las circunstancias. La lógica del vestir humano, en cualquier clima con variación estacional, tiende a la estratificación: capas que se ponen y se quitan según la hora, la actividad y la temperatura. Que esas capas intermedias no hayan llegado hasta nosotros dice más sobre la conservación que sobre el vestir.

El riesgo opuesto también existe: la ausencia de restos no autoriza a inventar sin límite. Que no se conserve un tipo de prenda no demuestra que existiera. Lo que el principio establece es más modesto: que la ausencia de evidencia no es, por sí sola, un argumento contra la existencia. Cuando además la lógica climática, la función corporal, la analogía comparativa o las fuentes escritas apuntan en la misma dirección, la convergencia de factores demostrados —lo que el método del Manual llama cálculo de posibilidades— permite considerar la existencia más probable que la inexistencia. El resultado, sin embargo, seguirá siendo una inferencia razonada —o, cuando reconstruye algo cuyo objeto no se conserva, una conjetura fundada—, nunca una prueba, y así deberá presentarse.


Un inventario provisional

Antes de entrar en el detalle de los capítulos siguientes, puede ser útil situar en tres categorías generales el estado del conocimiento sobre la indumentaria del siglo I en la región que nos interesa. Las tres se corresponden con el etiquetado canónico del Manual —probado, inferido por contexto, desconocido— y aquí se nombran por extenso para mayor claridad expositiva.

Lo que puede afirmarse con firmeza (probado). Las fibras principales eran la lana y el lino. El tejido se realizaba en telares verticales: el de pesas, que en la región cae en desuso a finales del siglo I, y el de dos enjullos, que entonces se populariza4. Los tintes existían y cubrían una gama más amplia de la que suele imaginarse: desde los tonos naturales del crudo y el pardo hasta el azul de glasto, el rojo de granza, el amarillo de diversas plantas tintóreas y, en el extremo del lujo, la púrpura de múrex7. Las prendas básicas eran la túnica —de manga corta o larga, longitud variable según género y condición— y el manto rectangular que servía de abrigo, cama y refugio. El calzado habitual era la sandalia. La cabeza se cubría, al menos en determinadas circunstancias. La prohibición del shatnez —la mezcla de lana y lino en una misma prenda— era respetada: de los miles de textiles examinados en yacimientos del período romano en Israel, no se ha recuperado ni una sola pieza de shatnez en contexto judío8. La ausencia se extiende incluso a yacimientos nabateos, lo que Shamir explica porque los textiles producidos en la región eran en gran medida de factura judía: la norma del productor regía también sobre el comprador. Los únicos textiles de shatnez hallados en Israel son anteriores al período romano y se han asociado a la vestimenta sacerdotal prescrita en la Biblia hebrea. Los flecos rituales (tzitzit) en las esquinas del manto eran un marcador específicamente judío. Y los sudarios de lino hallados en enterramientos del período —en 'En Gedi, Gesher Haziv, Jericó— son de color crema o beige, no blancos: el blanqueo era un proceso largo e intencional que no debe darse por supuesto. Esta observación importa porque cuestiona la tendencia, arraigada en la tradición visual, a representar la indumentaria bíblica con blancos limpios e idealizados.

Lo que puede inferirse con cautela (inferido por contexto). La túnica masculina de trabajo era probablemente más corta (por debajo de la rodilla) que la que la tradición artística cristiana suele mostrar (hasta los tobillos)9. La diferencia entre indumentaria masculina y femenina residía más en la longitud, la cubierta de cabeza y ciertos detalles de adorno que en una silueta radicalmente distinta. La ropa de abrigo en invierno debía incluir capas adicionales, tejidos más gruesos y probablemente piel o cuero. La indumentaria judía no era radicalmente diferente de la del mundo grecorromano circundante, sino una variante local dentro de un repertorio compartido en el Mediterráneo oriental, con marcadores identitarios propios.

Lo que debe quedar abierto (desconocido). El aspecto exacto de las prendas interiores. La protección concreta de piernas y pies en invierno. El uso de pantalones o calzas en el ámbito judío cotidiano. La extensión real de la seda como material de lujo extremo. Las variantes de vestir según oficio, más allá de lo que las fuentes mencionan de forma dispersa. El grado de estandarización o variación local dentro de la Judea y la Galilea del siglo I. Muchas de estas cuestiones se tratarán en los capítulos correspondientes; algunas podrán avanzar; otras deberán permanecer como cuestiones abiertas.


Lo que los capítulos siguientes van a construir

Este capítulo ha dibujado el mapa general: qué terreno tenemos, qué terreno nos falta, dónde son firmes los apoyos y dónde el suelo se vuelve incierto. A partir de aquí, la investigación entra en la materia concreta.

El siguiente capítulo se ocupará de las evidencias materiales: los textiles excavados, el calzado conservado, las herramientas de producción. No como un catálogo de piezas, sino como un análisis de lo que esos objetos permiten saber y de lo que no alcanzan a decir.

A continuación, un capítulo dedicado a la geografía situará esas pruebas en su lugar: dónde se han encontrado, por qué se han conservado allí y no en otros lugares, y qué distancia hay entre el yacimiento donde se ha conservado un textil y la escena donde se quiere situar una figura.

Después, el estudio de las fuentes escritas y la iconografía antigua completará el cuadro: qué dicen los textos sobre la ropa, qué muestran las imágenes del período y qué límites tiene cada una de esas fuentes.

Los tres capítulos juntos —pruebas materiales, geografía, fuentes escritas e imágenes— construirán la base sobre la que los capítulos posteriores estudiarán las prendas concretas, los materiales, los colores, la producción textil y, finalmente, el paso del dato arqueológico a la decisión escultórica.

El mapa no sustituye al territorio. Pero permite saber, antes de caminar, dónde hay suelo firme y dónde hay que pisar con más cuidado.


Referencias

  1. Sheffer, A. y Granger-Taylor, H. (1994). Textiles from Masada: A Preliminary Selection. En Masada IV: The Yigael Yadin Excavations 1963–1965, Final Reports. Israel Exploration Society. Catálogo NLI ↩

  2. Yadin, Y. (1963). The Finds from the Bar Kokhba Period in the Cave of Letters. Israel Exploration Society. Cave of Letters — Wikipedia ↩

  3. Shamir, O. y Sukenik, N. (2011). Qumran Textiles and the Garments of Qumran’s Inhabitants. Dead Sea Discoveries, 18, 206–225. Academia.edu ↩

  4. Shamir, O. (2015). A Burial Textile from the First Century CE in Jerusalem Compared to Roman Textiles in the Land of Israel and the Turin Shroud. SHS Web of Conferences, 15. ResearchGate; Matheson, C. D. et al. (2009). Molecular Exploration of the First-Century Tomb of the Shroud in Akeldama, Jerusalem. PLoS ONE, 4(12), e8319. ↩

  5. Fotografía: Chamberi (2013), «Clothes. Nahal Hever. Israel Museum, Jerusalem», Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0. Ficha en Wikimedia Commons. ↩

  6. Mapa de Emili Solé (rótulos y trazado) sobre imagen de Google Earth. Image Landsat / Copernicus; Data SIO, NOAA, U.S. Navy, NGA, GEBCO. ↩

  7. Koren, Z. C. (2005). Chromatographic Analyses of Selected Historic Dyeings from Ancient Israel. Dyes in History and Archaeology, 20, 194–201. Edelstein Center; Sukenik, N., Iluz, D., Shamir, O., Varvak, A. y Amar, Z. (2013). Purple-Dyed Textiles from Wadi Murabba’at. Archaeological Textiles Review, 55, 46–54. ↩

  8. Shamir, O. (2017). Sha’atnez — The Biblical Prohibition Against Wearing Mixed Wool and Linen Together. En Textile Terminologies from the Orient to the Mediterranean and Europe, 1000 BC to 1000 AD. Academia.edu ↩

  9. Taylor, J. E. (2018). What Did Jesus Look Like? Bloomsbury T&T Clark. Extracto publicado como What Did Jesus Wear? (Christian Evidence Society, 2021). Christian Evidence ↩