La materia antes que la figura

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El cedazo previo no dejó sobre la mesa todos los animales y plantas del paisaje bíblico, sino solo aquellos que interesan a este tramo del Manual por una razón estricta: de ellos podía proceder una materia, principal o secundaria, útil para la indumentaria y su representación posterior en la escultura. Aquí la pregunta no es qué animales o plantas había en el Levante mediterráneo del siglo I, ni cuáles pueden aparecer en una escena del belén bíblico, sino qué fibras, cueros o pieles podían obtenerse de cada uno, y si esas materias pudieron estar disponibles para la gente que vivía y trabajaba en las tierras del relato.

Conviene fijar el alcance antes de avanzar. En el esta investigación, el animal no entra todavía como figura. No se estudia aquí su gesto, su silueta, su peso narrativo ni su lugar en la escena. Eso pertenece al bloque de escenas, cuando la escena concreta lo reclame. Allí el animal será presencia, ritmo visual y signo. Aquí no. Aquí el animal entra solo como origen material.

Cuando entra una planta, la lógica es la misma. No se estudia aquí el campo cultivado como paisaje, ni el lino como túnica blanca, ni su valor ritual o social. Se estudia la planta antes de la fibra: el tallo vivo del que podrá obtenerse una materia textil.

Por eso el recorrido es limitado y deliberado: oveja, cabra, vacuno, dromedario, lino y, con cautela, la franja de fauna silvestre del Levante. Cada uno aporta algo distinto —lana, pelo, fibra vegetal, cuero o piel— y cada uno entra por un motivo documentado: disponibilidad, evidencia material, fuente escrita o cronología.

La distinción no es retórica: tiene consecuencias prácticas. Mirar al animal o a la planta como materia prima exige preguntas de otro orden: qué fibra o piel produce, en qué cantidad, con qué variación estacional, con qué relación al rebaño doméstico o al campo cultivado, y con qué huella en la indumentaria del siglo I. Mirarlo como figura, paisaje o símbolo exige otras: qué hace en la escena, qué carga simbólica arrastra, qué silueta lo identifica para el lector. Mezclar esas miradas sería confundir el capítulo.

Este tramo del Manual, por tanto, no es zoología, botánica ni iconografía animal. Es un capítulo sobre procedencia: qué materia sale de qué animal o planta, con qué grado de seguridad y con qué consecuencias para la prenda que más adelante tendrá que modelar el escultor. Solo después de entender ese primer eslabón —fibras, pieles, pesos, texturas, colores naturales y límites— podrá abordarse la materia ya separada de su origen vivo y, más adelante, la operación humana que la transforma.


La oveja: el vellón antes de la lana

De los animales que sobrevivieron al cedazo, la oveja es el caso más sólido. El apoyo principal para ordenar este primer tramo es Oded Borowski, Every Living Thing: Daily Use of Animals in Ancient Israel (1998), especialmente su capítulo sobre los rumiantes, donde reúne vocabulario bíblico, datos zooarqueológicos, comparaciones etnográficas preindustriales y bibliografía zoológica sobre ovejas y cabras del Levante.1 El anclaje arqueológico cuantitativo procede de Orit Shamir, conservadora de materiales orgánicos de la Israel Antiquities Authority, y de Naama Sukenik, investigadora de arqueología y textiles antiguos: en su estudio sobre los textiles de Qumrán publican una tabla regional de 1.727 textiles romanos de la Tierra de Israel, con 1.101 piezas de lana, 549 de lino, 61 de pelo de cabra, 3 de pelo de camello y 13 mixtas.2 Ese conjunto permite hablar de predominio regional de la lana, pero con dos avisos. El primero vale para todo el bloque: los capítulos de la base (Qué sabemos y qué no sabemos sobre la indumentaria del siglo I a Dónde se conservan las pruebas) siguen otra tabla de la misma investigadora —Shamir (2015), con 1.635 textiles y otra distribución por fibra—, y los dos recuentos no coinciden; proceden de publicaciones distintas y la diferencia está pendiente de cotejo contra los originales. Hasta que se resuelva, cada capítulo declara qué tabla sigue: este tramo del cedazo (La materia antes que la figura a La lana como fibra separada), la de 2011. El segundo es un límite de lectura: Qumrán no debe usarse como ejemplo de esa mayoría, porque Shamir y Sukenik separan los textiles propiamente qumránicos y concluyen que allí son de lino, sin lana. La oveja atraviesa así las cuatro mallas sin necesidad de interpolación: hay rebaños vivos hoy en la misma franja productiva, evidencia arqueológica regional de lana, mención abundante en fuentes bíblicas y rabínicas, y compatibilidad cronológica completa. Entra por mérito propio.

Lo que conviene precisar no es si la oveja entra, sino qué oveja. Borowski identifica la oveja awassi, u oveja de cola grasa, como la raza preindustrial más extendida en Palestina y la vincula con representaciones antiguas de ovejas de cola grasa en el Próximo Oriente.1 Para el Manual, la referencia prudente es por tanto la oveja de cola grasa del Levante, comparable a la Awassi actual. No se afirma con esto una identidad racial entre la oveja del siglo I y la Awassi de hoy —sería un anacronismo zootécnico—, pero sí una continuidad de tipo: animal adaptado al calor y a la aridez estacional, de cuerpo más seco que las razas europeas seleccionadas, con acumulación grasa en la cola como rasgo morfológico característico y lana basta o media, no fina. Es una oveja distinta de la ripollesa, la manchega moderna o la merina, y la diferencia no es decorativa: condiciona desde la silueta del animal hasta la materia que entrega.

De esa oveja procede, principalmente, el vellón; secundariamente, la piel y el cuero del animal sacrificado. El vellón se obtiene por esquila anual, habitualmente en abril o mayo, antes del calor fuerte. Borowski recoge aquí datos de Siegfried Hirsch, autor de Sheep and Goats in Palestine (1933), una monografía económica y zootécnica sobre el ganado menor en la Palestina del Mandato británico: 1,75 kg anuales de lana en una oveja hembra awassi, 2,25 kg en un carnero, 1,40 kg en un animal de un año y 0,50 kg en un cordero.13 No trasladamos esas cifras al siglo I como si fueran censo exacto; sirven como orden de magnitud para no imaginar ni una merina fina ni un vellón europeo moderno. Buena parte de ese peso es grasa, suarda y materia vegetal; lo que llega a fibra utilizable es menor. La estacionalidad importa: el vellón de primavera no se comporta como el de otoño, y esa diferencia llega, atenuada, hasta la prenda.

El inventario material de la oveja no se agota en la lana. La piel podía aprovecharse como cuero una vez sacrificado el animal, y la piel con vellón podía funcionar como abrigo rústico, lecho, asiento o pieza puntual de protección, aunque no deba confundirse con una prenda ordinaria de lana tejida. En el terreno de los soportes de escritura, la piel de oveja pertenece también al horizonte general del pergamino, junto a la de cabra y otros animales; aquí basta con dejarla señalada como subproducto posible, porque sus propiedades y usos concretos se tratarán más adelante en el capítulo del cuero. Quedan fuera de este tramo la leche, la carne, la grasa, el sacrificio, el cuerno o el hueso: son realidades económicas y rituales importantes, pero no explican la indumentaria salvo que una escena o una ficha de atrezo los reclame.

Conviene recordar el reparto. La oveja como figura —su gesto, su silueta en la escena, su mezcla con cabras, los rasgos que la identifican como animal del Levante y no como oveja europea moderna— se trata en el bloque de escenas, cuando la escena concreta lo reclame. Aquí solo importa como origen. La lana como fibra —su comportamiento térmico, sus calidades, su tinción y sus parámetros físicos medibles— se analizará en el capítulo siguiente, ya con la materia separada del animal; el cuero y las pieles se estudiarán en su propio tramo material. Lo que esta sección cierra es el primer eslabón: qué animal, qué materias entrega, con qué jerarquía y por qué medio.


La cabra: el pelo antes del saco

La cabra entra en el cedazo junto a la oveja, no después. En los rebaños del Levante mediterráneo ambos animales convivían dentro de la misma economía pastoril; Borowski trata precisamente ovejas y cabras dentro del mismo capítulo de rumiantes porque forman el núcleo del ganado menor en la vida cotidiana del antiguo Israel.1 Para el periodo romano, la misma tabla de Shamir y Sukenik añade un apoyo arqueológico concreto: entre 1.727 textiles romanos excavados en la Tierra de Israel, 61 son de pelo de cabra, aproximadamente el 3,5 % del total, frente a 1.101 de lana, aproximadamente el 64 %.2 La proporción es menor, pero basta para acreditar que el pelo de cabra no es una fantasía etnográfica ni una simple tradición visual. Las cuatro mallas se superan sin esfuerzo: rebaños vivos hoy en la misma franja, evidencia material regional, mención bíblica reiterada —cortinas del tabernáculo en Éxodo, mujeres hilando pelo de cabra, rebaños mixtos en los relatos del Génesis y de Samuel, odres y cilicios en distintos lugares— y compatibilidad cronológica completa. La pregunta operativa no es si la cabra entra, sino qué cabra entra en cada escena.

Conviene distinguir tres tipos. No es una ocurrencia visual del Manual: procede de la síntesis de Borowski sobre la cabra en el Levante moderno, usada aquí como analogía regional y no como identidad racial cerrada para el siglo I.1 La cabra damascena —también llamada cabra de la región montañosa o siríaca— vive cerca de los asentamientos permanentes de las colinas de Judea, Samaria y Galilea: pelo castaño rojizo, orejas largas, ojos azules, entre treinta y cincuenta kilos de peso, hasta cuatrocientos litros de leche al año, alimentación cercana a casa con vegetales verdes y pienso. La cabra beduina, o cabra negra, ocupa el Néguev y el Sinaí: pelo negro, orejas cortas, ojos marrones, entre doce y veinticinco kilos, unos setenta y cinco litros de leche al año, resistencia de hasta cuatro días sin agua, pastoreo abierto. La cabra de Baalbek, de pelo blanco y negro, se cría en el Golán y en las montañas del Hermón, fuera de las escenas centrales del belén bíblico; conviene nombrarla, sin embargo, para no presentar el Levante como un paisaje caprino homogéneo. La consecuencia para el escultor no es elegir una cabra universal, sino adjudicar la cabra adecuada al lugar y al gesto: la damascena en la economía sedentaria de la aldea —Belén, Nazaret, las casas de Judea y Galilea, los relatos del cabrito disponible de inmediato para una comida (Gn 27:9, Jue 6:19, 13:15, 15:1)—; la beduina o negra en el paisaje pastoril abierto, árido o trashumante, cuando la escena lo justifique por contexto y no por simple costumbre visual. La diferencia no es decorativa: condiciona el color del pelaje, el tamaño relativo de la silueta dentro del rebaño y la postura del animal en la composición.

De cualquiera de estas cabras procede, principalmente, el pelo; secundariamente, la piel y el cuero del animal sacrificado, incluida la piel de cabrito como caso específico. Borowski describe la esquila caprina como operación anual, normalmente en mayo o junio, sin lavado previo —el pelo de cabra es corto, recto y por lo general limpio—; en las cabras viejas se esquilan solo el vientre, el pecho y los flancos, en las jóvenes el cuerpo entero.1 El rendimiento por animal adulto es modesto, entre trescientos y quinientos gramos al año, suficiente para cubrir los gastos de la operación y poco más. La calidad no es la de la lana: fibra gruesa, resistente, poco apta para prendas finas. La tabla de Shamir y Sukenik demuestra que el pelo de cabra aparece también en el corpus textil romano excavado de la Tierra de Israel.2

El inventario material de la cabra no se agota en el pelo. Ese pelo puede convertirse después en objetos resistentes —Borowski lo vincula con tiendas, sacos y cordajes—, pero esos objetos pertenecen a un nivel posterior de la cadena: no son el producto directo del animal, sino elaboraciones hechas con su fibra.1 El cilicio y el saco penitencial pertenecen al conjunto bíblico y ritual, no al dato zootécnico de Borowski. La piel y el cuero, por su parte, abren otro frente material: odres de agua, leche y vino —nō'd, ḥēmet, nebel—, correajes, piezas de cuero y, en el caso de los Rollos del Mar Muerto, pergaminos, según recoge Borowski en su tratamiento de pieles y subproductos.1 Quedan fuera de este tramo la leche, la carne, el cabrito como alimento, el sacrificio, el cuerno o el hueso: son realidades económicas, alimentarias, rituales o de atrezo, pero no explican la indumentaria salvo que una escena o una ficha específica los reclame.

Conviene recordar también aquí el reparto. La cabra como figura —su silueta entre las ovejas, el contraste visual entre la damascena de la aldea y la negra del rebaño abierto, su carga simbólica en el ciclo del Antiguo Testamento y en la separación evangélica de ovejas y cabras (Mt 25:32-33)— pertenece al bloque de escenas, cuando la escena lo reclame. Aquí solo importa como origen. El pelo de cabra como fibra, sus calidades, su comportamiento al hilado y al tejido, sus parámetros físicos medibles, se analizará en el capítulo correspondiente, en paralelo al de la lana, ya con la materia separada del animal; el cuero, las pieles, los odres y los pergaminos se estudiarán en sus propios tramos materiales o de atrezo. Lo que esta sección cierra es el segundo eslabón: qué cabras, qué materias entregan, con qué jerarquía y por qué medio.


El vacuno: la piel antes del cuero

El vacuno entra en este capítulo por una vía distinta a la de la oveja y la cabra. No aporta una fibra textil ordinaria para la indumentaria: no hay aquí un equivalente de la lana ni del pelo de cabra. Su interés para esta investigación está en la piel susceptible de convertirse en cuero. Borowski trata el ganado mayor como parte de la economía antigua de Canaán y del Próximo Oriente, con una división útil para el Manual: vacas y toros como animales de leche, carne y piel; bueyes como animales de trabajo.1 Esa distinción ayuda a no mezclar planos. Aquí no interesa todavía el buey como figura agrícola ni el toro como símbolo, sino el vacuno como origen de una materia resistente.

El animal pertinente es el ganado vacuno doméstico, Bos taurus, integrado en una economía más sedentaria, agrícola y de riqueza acumulada que el rebaño ligero de ovejas y cabras. Borowski recuerda que el ganado mayor aparece junto al ganado menor, los asnos, los camellos y las tiendas como medida de riqueza en los relatos patriarcales, y recoge restos de vacuno en yacimientos de la Edad del Hierro como Ashdod, Dan, Halif, Laquis y Jerusalén.1 No se usa aquí esa documentación para reconstruir una raza exacta de Judea en el siglo I, sino para fijar el lugar económico del animal: menos móvil y menos común en la escena pastoril ordinaria que ovejas y cabras, pero plenamente conocido, criado y aprovechado en la región.

Del vacuno procede, para este tramo, sobre todo la piel. El dato más claro que conviene retener es que el relato de Wenamón, hacia 1100 a. C., registra entre los bienes enviados a Egipto quinientas pieles de vaca, citado por Borowski como indicio de comercio de animales vivos y de productos ganaderos desde Siria-Palestina.1 El ejemplo es anterior al siglo I y no describe directamente la indumentaria judía romana; su valor está en mostrar que la piel de vacuno podía circular como mercancía reconocible, no solo como resto doméstico sin especialización. Convertida en cuero, esa piel pertenece al campo de los materiales fuertes: calzado, correaje, cinturones, piezas sometidas a tensión, recipientes o elementos de carga, según se documente en los capítulos y fichas correspondientes.

El inventario material del vacuno, por tanto, es más estrecho que el de la oveja o la cabra, pero no menos importante. Aporta a esta investigación piel y cuero; no aporta fibra textil. Quedan fuera de este tramo la leche, la carne, el trabajo de tiro, el sacrificio, el toro como símbolo, la vaca roja, el becerro de oro, el estiércol, el cuerno y el hueso: todos son aspectos reales del animal, pero pertenecen a economía, alimentación, agricultura, culto, iconografía, atrezo o herramienta, no a la cadena de la indumentaria salvo que una escena concreta los reclame.

Conviene recordar también aquí el reparto. El vacuno como figura —buey de trabajo, vaca, toro, animal de riqueza, sacrificio o símbolo— pertenece al bloque de escenas o a las fichas de escena cuando corresponda. Aquí solo importa como origen material. El cuero de vacuno, sus propiedades, su grosor, su comportamiento y sus usos posibles se estudiarán en el capítulo del cuero, junto a las pieles de oveja, cabra, dromedario y fauna silvestre. Lo que esta sección cierra es el tercer eslabón doméstico: qué aporta el vacuno a la paleta material, qué queda fuera y por qué no debe confundirse su peso económico o simbólico con su función dentro de esta investigación.


El dromedario: el pelo antes de la caravana

El dromedario entra en esta investigación por dos vías: el pelo y, en segundo lugar, la piel susceptible de convertirse en cuero. No entra aquí como animal pintoresco de caravana, ni como montura de los magos, ni como signo general de Oriente. Esa lectura pertenece a la escena. En este capítulo interesa como origen de una materia áspera, reconocible y documentada: el pelo de camello o dromedario, además de una piel aprovechable en objetos resistentes.

Conviene precisar el animal. Borowski distingue dentro de los camélidos el dromedario, Camelus dromedarius, de una sola joroba, y el camello bactriano, Camelus bactrianus, de dos jorobas.1 Para Judea, Arabia y Siria-Palestina, el animal pertinente es el dromedario. El bactriano aparece en el mundo asirio y oriental, y puede entrar en listas de tributo o en contextos imperiales más amplios, pero no forma parte del repertorio local ordinario de las escenas del Manual. Esa distinción ya venía preparada por el cedazo anterior: no trabajamos con un "camello" genérico, sino con el dromedario como animal de las rutas áridas y del comercio de larga distancia.

Del dromedario procede, principalmente, el pelo. Borowski recoge un dato técnico importante para este tramo: el pelo del camello no se esquila como la lana de la oveja, sino que se arranca o se recoge en primavera, cuando se afloja; un animal puede producir entre dos y tres kilos de pelo.1 Ese rendimiento no lo convierte en una fibra cotidiana comparable a la lana, pero sí en una materia real y reconocible. La tabla de Shamir y Sukenik registra solo tres textiles de pelo de camello dentro de 1.727 textiles romanos de la Tierra de Israel, una proporción mínima frente a la lana y el lino, pero suficiente para evitar dos errores opuestos: excluirlo como fantasía orientalista o convertirlo en fibra común de la indumentaria local.2

El inventario material del dromedario tampoco se agota en el pelo. Borowski señala que, una vez incorporado a las economías de carga y de regiones áridas, el camello siguió proporcionando productos derivados, entre ellos pelo, carne, leche, estiércol y piel.1 Para esta investigación, de esa lista solo interesan el pelo y la piel. El pelo puede derivar en tejidos bastos, paños de tienda, redes o telas de saco; Borowski menciona además el uso del pelo de camello junto con lana negra para tiendas y redes, y señala que en Egipto se empleó para telas, paños de tienda y telas de saco al menos desde época romana.1 En el plano textual, el vestido de Juan el Bautista de "pelo de camello" (Mt 3:4; Mc 1:6) confirma que la materia era reconocible como signo de aspereza y austeridad, no como tejido fino.

La piel y el cuero de dromedario abren un segundo frente, más ligado al mundo del transporte y del atrezo que a la prenda. Pueden pensarse en correas, bolsas, recipientes o elementos de carga, pero con cautela: cuando Borowski recoge el tributo impuesto por Asarhaddón con camellos y bolsas kunzu —algún tipo de saco de cuero con materia aromática—, el dato pertenece al mundo tributario y caravanero, no a la indumentaria local de Judea.1 Sirve para recordar que el cuero de camélido entra en el universo de los objetos resistentes, no para afirmar automáticamente una prenda de piel de dromedario en una aldea galilea.

Quedan fuera de este tramo la leche, la carne, el estiércol, el transporte, la monta, el comercio del incienso, la camellería militar, la silla y el arnés. Todos son aspectos importantes del animal, y Borowski los trata porque el capítulo 3 se ocupa de animales de tiro y carga; pero para el Manual pertenecen a otros lugares: atrezo de viaje, escena de caravana, economía del desierto o composición narrativa. También queda fuera aquí el dromedario como figura: su silueta, su joroba, su escala junto al asno o su aparición en una escena de magos, huida o comercio deben decidirse en el bloque de escenas cuando la escena lo reclame.

Conviene recordar también aquí el reparto. El dromedario como figura y como animal de carga pertenece al bloque de escenas y a las fichas de atrezo de viaje. Aquí solo importa como origen material. El pelo de dromedario, sus calidades, su aspereza, su comportamiento al hilado y al tejido, se estudiará en el capítulo de las fibras animales; la piel y el cuero de dromedario se estudiarán en el tramo del cuero junto a las demás pieles domésticas. Lo que esta sección cierra es el cuarto eslabón doméstico: qué aporta el dromedario a la paleta material, con qué rareza relativa y qué parte de su enorme peso escénico debe quedar fuera de esta investigación.


El lino: el tallo antes de la fibra

El lino entra en este capítulo como la fibra vegetal principal de la paleta. No entra aquí como túnica blanca, ni como signo de pureza, ni como sudario, ni como prenda sacerdotal. Todo eso pertenece a capas posteriores del Manual. Aquí interesa antes de la fibra: como planta cultivada, arrancada y procesada hasta liberar del tallo una materia textil. El apoyo principal para situar este origen vegetal es Andrea Orendi, arqueobotánica de la Universidad de Tubinga, cuyo estudio sobre el cultivo del lino en el Levante meridional reúne los restos publicados de semillas de lino desde la Edad del Bronce hasta la Edad del Hierro y analiza su distribución regional.4

La planta pertinente es Linum usitatissimum. Orendi recuerda que el lino domesticado es uno de los cultivos antiguos del Creciente Fértil y que las primeras evidencias de semillas domesticadas aparecen ya en contextos neolíticos como Jericó y Tell Ramad.4 Para el Manual, ese dato no prueba por sí solo la ropa del siglo I, pero sí fija una continuidad larga: el lino no es una importación exótica ni una materia tardía, sino una planta textil conocida desde muy antiguo en el Próximo Oriente. Su entrada en esta investigación está, por tanto, bien asentada.

Del lino procede, para este tramo, la fibra del tallo. El proceso completo —secado, enriado o maceración, separación de fibras, hilado y tejido— pertenece al capítulo de la fibra y la producción, no a esta sección. Pero aquí conviene dejar fijado el primer gesto: para aprovechar la fibra larga, la planta no se corta como una hierba cualquiera, sino que se arranca entera. Orendi recoge además una distinción útil para no imaginar "el lino" como una sola calidad uniforme: las plantas jóvenes y verdes producen fibra más fina; las plantas en inicio de maduración, con el tallo pasando de verde a amarillo, dan fibras más bastas aptas para ropa de buena calidad; las plantas más viejas, doradas y con cápsulas maduras, se destinan mejor a textiles gruesos y cuerdas.4

El lino exige una mirada geográfica distinta a la de la lana. No nace junto a cada casa por el mero hecho de estar en la región. Requiere agua, suelo adecuado y condiciones de cultivo. Orendi muestra que los restos arqueobotánicos se concentran de manera significativa en el valle del Jordán, con un papel destacado del área de Beth Shean, y también en zonas relacionadas con el mar Muerto y espacios irrigados.4 Esto encaja con la prudencia ya fijada en la ficha de trabajo: para Belén y Jerusalén, el lino debe pensarse como materia regional accesible, no necesariamente producida a la puerta de la casa; para Galilea, conviene mirar hacia los centros septentrionales y el valle de Beth Shean antes que depender automáticamente de Jericó.

La evidencia textil confirma que la fibra no queda en el terreno abstracto. Shamir y Sukenik registran 549 textiles de lino dentro de los 1.727 textiles romanos de la Tierra de Israel, y el caso de Qumrán obliga a una cautela particular: los textiles propiamente qumránicos son de lino, sin lana, mientras que la tabla regional completa muestra una mayoría de lana.2 Así, el lino pasa con fuerza el cedazo, pero no debe usarse Qumrán como modelo directo de la indumentaria común de Belén o Nazaret. Prueba presencia, técnica y uso; no prueba por sí solo el guardarropa ordinario de todos los judíos del siglo I.

El inventario material del lino no se agota en la fibra textil, aunque esa sea la única parte que interesa aquí. La semilla puede dar aceite de linaza; el residuo del prensado, usos secundarios; las fuentes antiguas y la etnobotánica conocen aplicaciones medicinales, combustibles, conservantes o lubricantes. Todo eso queda fuera de este tramo. También quedan para otros capítulos el lino fino, el lino basto, el blanqueado, el color, el shatnez, las túnicas, los sudarios, las prendas sacerdotales y el lino como signo de estatus o pureza. Aquí solo se cierra el primer eslabón vegetal: una planta de tallo fibroso, cultivada donde el agua lo permite, que aporta a esta investigación la fibra vegetal principal.

Conviene recordar también aquí el reparto. El lino como fibra —su comportamiento térmico, su caída, su rigidez inicial, su blanqueado, su dificultad frente al tinte y sus calidades— se estudiará en el capítulo correspondiente, ya con la materia separada de la planta. El lino como prenda se tratará cuando lleguen túnicas, prendas interiores, sudarios o indumentaria sacerdotal; el color y el blanco irán a su propio tramo. Lo que esta sección cierra es el único eslabón vegetal de la paleta: qué planta aporta la fibra, dónde podía cultivarse o circular, qué calidades nacen ya en la cosecha y qué usos quedan fuera de la indumentaria.


Fauna silvestre: la piel antes del animal de escena

Los animales silvestres del Levante mediterráneo entran en el cedazo por una vía distinta a la del rebaño doméstico. No son animales de cría, no producen una materia regular y no forman parte de una cadena textil estable. Borowski dedica un capítulo específico a los animales salvajes del antiguo Israel y lo abre con una distinción útil para este Manual: algunos animales, como ciervos, gacelas y aves, eran cazados sobre todo por su carne; otros, como leones, lobos, osos y zorros, podían cazarse por sus pieles.1 Esa distinción basta para fijar el alcance de esta investigación: la fauna silvestre no aporta lana, pelo cosechable ni fibra vegetal, sino pieles posibles, siempre irregulares y de uso limitado.

El primer grupo lo forman los ungulados silvestres permitidos para el consumo en Deuteronomio 14:5: ciervo, gacela, gamo, íbice y otros nombres de identificación difícil. Borowski muestra que varios de ellos están documentados por referencias bíblicas, escenas de caza y hallazgos zooarqueológicos, pero el dato central no es textil: se cazaban principalmente como alimento, y solo de forma secundaria podían dejar piel, cuero, asta o cuerno.1 Para el Manual esto impide dos errores opuestos. No deben desaparecer del paisaje antiguo como si no existieran; tampoco deben convertirse en una paleta ordinaria de indumentaria aldeana.

El segundo grupo lo forman las pieles de carnívoros. León, lobo, oso y zorro pertenecen a otro registro: caza, peligro, prestigio, símbolo o escena. Que pudieran cazarse por su piel no autoriza a vestir automáticamente a un pastor de Belén con piel de lobo, ni a convertir una piel de león en recurso visual disponible para cualquier figura. En esta investigación quedan como posibilidad marginal o excepcional, pendiente siempre de escena, estatus y justificación documental. Su lugar natural estará muchas veces en el bloque de escenas, como presencia narrativa o amenaza del rebaño, no en la cadena ordinaria de la prenda.

Hay además casos de borde. La liebre aparece en Borowski como animal cazado y aprovechado por carne y pieles, pero su peso para la indumentaria del Manual es mínimo.1 El término bíblico taḥaš/teḥašîm designa una piel cara o exótica usada en el Tabernáculo y, en Ezequiel 16:10, en sandalias; pero su identificación es discutida, y la propuesta de Borowski de relacionarlo con el cocodrilo debe quedar como hipótesis de autor, no como base para la indumentaria cotidiana.1 Estos casos no desaparecen: pasan al capítulo del cuero, al atrezo o a una nota específica si alguna escena los reclama.

El capítulo de Borowski sobre los animales en el culto del antiguo Israel no cambia este reparto. Allí aparecen ungulados silvestres, sobre todo ciervos y gacelas, en algunos conjuntos cultuales, y también indicios de león y oso en contextos rituales o simbólicos; pero esos datos pertenecen al culto, a la escena o al futuro capítulo del cuero, no a la paleta ordinaria de indumentaria.1

Por tanto, la fauna silvestre entra en este capítulo con una etiqueta clara: no es paleta principal, sino reserva material. Su producto relevante para esta investigación es la piel; su uso probable es puntual; su desarrollo pertenece al capítulo del cuero o a escenas concretas. El único animal que merece aquí una entrada propia, por la convergencia entre presencia zoológica, identificación textual y uso material limitado de la piel, es el íbice nubio.

El íbice nubio: la piel antes del pergamino

El íbice nubio (Capra nubiana) es la especie silvestre más fuerte de este tramo, pero su entrada debe quedar marcada como más estrecha que la de oveja y cabra. Borowski lo trata dentro de los ungulados salvajes y lo sitúa como caprino propio de las montañas de Arabia, el sur de Palestina, el Sinaí y el sur de Egipto; la síntesis zoológica moderna de Heinrich Mendelssohn y Yoram Yom-Tov confirma su pertenencia a la fauna de Israel.15 A eso se suman el nombramiento bíblico del yael en En-Gedi y en los paisajes de roca (1 Sam 24:2; Sal 104:18; Job 39:1), y la documentación moderna de pieles animales usadas como soporte de escritura en materiales del desierto de Judea.6 El conjunto permite mantenerlo en el repertorio de pieles posibles; no permite convertirlo en materia ordinaria de indumentaria aldeana.

No conviene confundirlo con la cabra doméstica. Pertenece al mismo género, Capra, pero es una especie silvestre, adaptada al desierto y a la montaña árida, no a la economía pastoril. Borowski lo describe con cuernos curvados, no retorcidos, con crestas anteriores y barba de cabra; Mendelssohn y Yom-Tov lo sitúan igualmente como animal de roca, de color pardo claro, vientre blanco, marcas oscuras en las patas y cuernos largos curvados hacia atrás en los machos adultos.15 Esos rasgos sirven como referencia visual cuando el íbice entre como figura en una escena de desierto; aquí solo interesan para separar su piel posible de la piel de cabra doméstica.

Lo que el íbice entrega como materia prima es limitado y específico. No produce fibra textil utilizable: no tiene lana ni un pelo cosechable comparable al de la cabra negra. Su interés material queda en la piel. Borowski señala que la piel de íbice se utilizó en grado limitado como pergamino para documentos, aunque fue menos común que la piel de cabra.1 Los estudios de ADN sobre pergaminos del desierto de Judea muestran, además, que los soportes de escritura pueden conservar información sobre la especie animal empleada.6 Para este capítulo, eso solo autoriza una conclusión prudente: la piel de fauna silvestre puede entrar en el repertorio de soportes o piezas especiales, pero no en la economía textil ordinaria.

Conviene recordar el reparto también aquí. El íbice como figura —su silueta de cuernos largos en el monte y su presencia en escenas de desierto o de huida— pertenece al bloque de escenas, cuando una escena lo reclame. Aquí solo importa como origen material. La piel de íbice como cuero o pergamino se tratará en el capítulo del cuero, junto a las pieles domésticas y a las demás pieles de fauna silvestre del Levante. Lo que esta sección cierra es el tramo de reserva: qué animales silvestres pueden aportar piel, por qué no forman una paleta ordinaria y por qué el íbice queda como caso documentable pero marginal.

Esquema de los orígenes materiales: para la oveja, la cabra, el vacuno, el dromedario, el lino y la fauna silvestre, qué materia aportan a la indumentaria, dónde se desarrolla después y qué queda fuera.

Referencias


Referencias

  1. Borowski, O. (1998). Every Living Thing: Daily Use of Animals in Ancient Israel. Walnut Creek, CA: AltaMira Press. En este capítulo se usan especialmente el capítulo 2, "Ruminants", para sistemas pastoriles, ovejas, cabras, esquila, rendimientos, pieles y subproductos; el capítulo 3, "Draft and Pack Animals", para ganado mayor, bueyes, dromedarios, animales de carga, productos derivados y transporte; el capítulo 7, "Wild Animals", para fauna silvestre, caza, ungulados, carnívoros, pieles y el caso del íbice; y el capítulo 8, "Animals in Ancient Israelite Cult", para comprobar que los datos cultuales sobre ungulados silvestres, carnívoros y procesamiento de pieles no alteran el reparto material del capítulo. Oded Borowski es profesor emérito de Emory University; enseñó arqueología bíblica y hebreo durante más de cuarenta años, participó en excavaciones y prospecciones desde la década de 1970 y ayudó a iniciar el Lahav Research Project en Tell Halif. Véase Emory University, "Oded Borowski", Department of Middle Eastern and South Asian Studies: https://mesas.emory.edu/people/biographies/Borowski-Oded.html ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩ ↩

  2. Shamir, O. y Sukenik, N. (2011). Qumran Textiles and the Garments of Qumran's Inhabitants. Dead Sea Discoveries, 18(2), 206-225. Tabla 1, p. 215: 1.727 textiles romanos de la Tierra de Israel distribuidos por material —549 lino, 1.101 lana, 61 pelo de cabra, 3 pelo de camello y 13 mixtos—. El artículo es también importante por su límite metodológico: separa Qumrán de la Christmas Cave y concluye que los textiles propiamente qumránicos son de lino. Véase también Shamir, O. (2013). "Dress: Hellenistic and Roman Period". En D. Master (ed.), Oxford Encyclopedia of the Bible and Archaeology (pp. 328-336). Oxford University Press, para la síntesis de que la lana fue el material preferido para túnicas en el Próximo Oriente, salvo Egipto. Orit Shamir es conservadora de materiales orgánicos de la Israel Antiquities Authority y especialista principal en textiles arqueológicos de la Tierra de Israel; Naama Sukenik es investigadora de arqueología y textiles antiguos, vinculada a la investigación material y tintórea del Levante. ↩ ↩ ↩ ↩ ↩

  3. Hirsch, S. (1933). Sheep and Goats in Palestine. Palestine Economic Society. Citado a través de Borowski (1998) para los datos modernos preindustriales de rendimiento de lana, leche, esquila, pieles y economía del ganado menor en Palestina. ↩

  4. Orendi, A. (2019). "Flax Cultivation in the Southern Levant and its Development during the Bronze and Iron Age". Quaternary International. https://doi.org/10.1016/j.quaint.2019.10.007. El PDF conservado en el vault es versión journal pre-proof aceptada para publicación; se usa aquí como estudio arqueobotánico de conjunto sobre Linum usitatissimum en el Levante meridional, especialmente para distribución regional, condiciones de cultivo, relación con agua y suelos, y diferencia entre cosecha para fibra fina, ropa, textiles bastos o cuerdas. ↩ ↩ ↩ ↩

  5. Mendelssohn, H. y Yom-Tov, Y. (1999). Fauna Palaestina: Mammalia of Israel. Jerusalem: The Israel Academy of Sciences and Humanities. Se usa aquí como síntesis zoológica moderna para situar el íbice nubio dentro de la fauna de Israel y distinguirlo de la cabra doméstica; no es una fuente de indumentaria ni prueba por sí sola el uso textil de su piel. ↩ ↩

  6. Woodward, S. R., Kahila, G., Smith, P., Greenblatt, C., Zias, J. y Broshi, M. (1996). "Analysis of Parchment Fragments from the Judean Desert Using DNA Techniques". En D. W. Parry y S. D. Ricks (eds.), Current Research and Technological Developments on the Dead Sea Scrolls (pp. 215-238). Leiden: Brill. Es un capítulo técnico sobre ADN antiguo aplicado a fragmentos de pergamino del desierto de Judea; se usa aquí solo para sostener que la piel animal como soporte de escritura puede identificarse mediante análisis material, no para convertir el íbice en fuente ordinaria de indumentaria. ↩ ↩