La evidencia no está donde la necesitamos
El capítulo anterior ha examinado los objetos: fragmentos textiles, calzado, sudarios, herramientas de producción. Cada uno responde a una pregunta distinta y tiene sus propios límites. Pero todos esos objetos comparten una condición que hasta ahora se ha nombrado sin desarrollar: proceden de unos lugares concretos, conservados por unas circunstancias concretas, y esos lugares no son los mismos donde se sitúan las escenas del ciclo del nacimiento de Jesús.
La mayor parte de la evidencia textil directa del siglo I en la tierra de Israel procede de yacimientos situados en el desierto de Judea o en sus bordes: Masada, Qumrán, las cuevas de Nahal Hever y Wadi Murabba'at, y algunos puntos del Néguev. Son lugares donde la aridez ha permitido que materiales orgánicos —lana, lino, cuero, pelo de cabra, madera— sobrevivan durante dos milenios. Las escenas del nacimiento, en cambio, se sitúan en Belén, Jerusalén y, en su antecedente narrativo, Nazaret: ciudades con un clima mediterráneo que destruye esos mismos materiales en cuestión de décadas.
Esa distancia no invalida la evidencia. Pero es el primer dato que hay que comprender antes de usarla, porque condiciona todo lo que puede hacerse con ella. Un textil conservado en Masada no es un fragmento del vestido cotidiano de Belén. Es una prueba de lo que existía en la misma región, en una época próxima —la distancia se nombra yacimiento a yacimiento— y con las mismas técnicas, conservada en un lugar que no es Belén precisamente porque Belén no conserva nada parecido.
Lo que este capítulo construye es el argumento geográfico que permite manejar esa distancia con rigor: por qué se conserva donde se conserva, qué aporta cada yacimiento, qué no pueden ofrecer los lugares donde se sitúan las escenas, cómo se lee sin extrapolación un corpus que nadie eligió, y cómo puede trasladarse una evidencia de un sitio a otro sin forzar el paso.
Por qué se conserva donde se conserva
La conservación de materiales orgánicos no es un accidente: responde a condiciones físicas identificables. Entenderlas permite saber, antes de examinar ningún yacimiento concreto, dónde es razonable esperar hallazgos textiles y dónde no.
La materia orgánica —fibras animales y vegetales, cuero, madera— se descompone por acción de microorganismos que necesitan agua, oxígeno y temperatura moderada para actuar. Cuando alguna de esas tres condiciones falta o se reduce drásticamente, la descomposición se ralentiza o se detiene. Cuatro circunstancias han preservado textiles del período romano en la tierra de Israel:
La aridez extrema es la más importante. El desierto de Judea, al este de la línea de crestas que va de Jerusalén al mar Muerto, recibe menos de 100 mm de precipitación anual. La humedad relativa media en Masada ronda el 40 %, frente al 60-70 % de Jerusalén y Belén1. En esas condiciones, las fibras se deshidratan antes de que los microorganismos puedan degradarlas.
El sellado accidental de cámaras funerarias o cuevas. El caso de Akeldama lo ilustra: un loculus que permaneció cerrado durante dos milenios en una tumba de Jerusalén —ciudad que, por regla general, no conserva textiles— preservó un sudario de lana del siglo I porque el sellado impidió el intercambio de humedad y oxígeno con el exterior2. El sellado convierte un entorno húmedo en un microclima seco.
La mineralización por contacto metálico: fibras que estaban en contacto con objetos de bronce o de hierro se impregnan de sales metálicas que inhiben la actividad bacteriana. Los restos así conservados no son textiles en sentido estricto —son pseudomorfos, moldes minerales de fibras desaparecidas—, pero permiten identificar tipo de fibra, dirección de hilado y estructura de tejido.
La carbonización: un incendio que destruye parcialmente una tela puede carbonizar las fibras sin convertirlas en ceniza. El carbón es estable y no se descompone. Algunos fragmentos carbonizados conservan estructura suficiente para ser analizados, aunque pierden toda información sobre color y flexibilidad.
De estas cuatro vías, la primera es la que ha proporcionado la inmensa mayoría de los textiles del período romano en Israel. La segunda explica los pocos casos excepcionales en zonas húmedas. La tercera y la cuarta aportan datos puntuales pero no conjuntos amplios.
La consecuencia es directa: donde hay aridez, hay posibilidad de hallazgos textiles; donde hay humedad mediterránea, esa posibilidad desaparece salvo circunstancias excepcionales. Y las escenas del nacimiento de Jesús se sitúan, todas ellas, en la zona húmeda.
Los yacimientos: qué aporta cada uno
El capítulo anterior ha examinado los objetos según su tipo: fragmento, prenda, sudario, calzado, herramienta. Este capítulo los examina según su procedencia. No se trata de repetir los datos ya expuestos, sino de situar cada yacimiento en su contexto geográfico, climático y humano, y de preguntarse qué tipo de población dejó esos restos y cuánta distancia hay entre ese contexto y el de las escenas del nacimiento.
Masada es el yacimiento que más evidencia textil ha proporcionado para el período romano en la tierra de Israel. Su situación en el borde oriental del desierto de Judea, a orillas del mar Muerto, explica la conservación: la aridez extrema del entorno preservó centenares de fragmentos textiles de lana y lino, calzado, cuerdas, cestos y otros materiales orgánicos. Las excavaciones de Yigael Yadin (1963-1965) y los estudios posteriores de Sheffer, Granger-Taylor y Shamir catalogaron una parte de ese material, aunque miles de fragmentos permanecen sin publicar3.
¿Qué tipo de población dejó esos restos? Masada no era una aldea de pastores ni una ciudad corriente. Era una fortaleza construida por Herodes el Grande como refugio de lujo y cuartel, convertida después en bastión de los rebeldes judíos durante la primera revuelta contra Roma (66-73 d. C.). Los textiles de Masada reflejan, por tanto, dos capas: los restos del equipamiento herodiano y los materiales traídos o fabricados por los defensores durante el asedio. Ni una ni otra capa representa la vida cotidiana de una familia de artesanos o pastores en Belén. Pero ambas pertenecen al mismo mundo material: las mismas fibras, las mismas técnicas de hilado y tejido, los mismos tintes. La distancia no es de técnica sino de contexto de uso.
Qumrán, en la orilla noroeste del mar Muerto, ha proporcionado textiles asociados a los manuscritos del mar Muerto y al asentamiento de la comunidad que los produjo o custodió. Los textiles estudiados por Shamir y Sukenik son todos de lino —el grupo de lana que se guardaba con ellos en el Museo Rockefeller resultó proceder de otra cueva, la llamada Cueva de Navidad, en el valle del Cedrón—, y los autores relacionan su sencillez y su blancura con la vestimenta de una comunidad con normas propias de pureza y vestir4. Qumrán no es Belén: es un asentamiento sectario, con reglas de vida distintas a las de la población general. Pero sus textiles, como los de Masada, documentan materiales y técnicas que circulaban en la misma región y en el mismo período.
Nahal Hever y Wadi Murabba'at son cuevas del desierto de Judea que sirvieron de refugio durante la revuelta de Bar Kokhba (132-135 d. C.) — un siglo posterior al nacimiento de Jesús. En la Cueva de las Cartas (Nahal Hever), Yadin halló textiles, sandalias, documentos personales, objetos rituales y enseres domésticos que los refugiados llevaron consigo5. En Wadi Murabba'at, Sukenik y otros identificaron tres textiles teñidos con púrpura de múrex; los autores barajan que fueran de los refugiados o botín de los rebeldes, pero consideran más probable que pertenecieran a una unidad militar romana instalada en las cuevas después de la revuelta6.
La distancia cronológica importa: un siglo separa estos hallazgos del período del nacimiento. Pero la continuidad es notable en las fibras, los tipos de hilado, las estructuras de tejido y muchos de los tintes, que son los mismos que aparecen en Masada y en otros yacimientos del siglo I. No fue total: el telar cambió en ese intervalo —el vertical de pesas, que domina la ventana del nacimiento, cede al de dos enjullos a finales del siglo I (véase Del hilo al paño: telar, anchura y franjas)—, de modo que lo que puede afirmarse es continuidad de fibras, hilados y tintes, no de toda la tecnología. Lo que la revuelta sí introdujo es un sesgo: los objetos conservados en esas cuevas son los que personas en huida eligieron llevarse o los que ya poseían al refugiarse. No es una muestra aleatoria del vestir cotidiano, sino una selección condicionada por la urgencia.
Akeldama, en Jerusalén, es el caso que rompe la regla geográfica. Un loculus funerario sellado en una tumba del período del Segundo Templo conservó un sudario de lana del siglo I, datado por radiocarbono entre el 95 a. C. y el 53 d. C., junto con restos de cabello adheridos al textil7. Akeldama demuestra que la conservación es posible incluso en Jerusalén cuando las condiciones de sellado lo permiten. Pero precisamente por ser excepcional, no puede tomarse como representativo: un solo hallazgo no permite generalizar sobre el vestir en la ciudad. Lo que Akeldama ofrece es un punto de contacto directo con la zona de las escenas — un dato precioso, pero aislado.
Donde se sitúan las escenas: Belén, Jerusalén, Nazaret
Las escenas del ciclo del nacimiento de Jesús se sitúan en tres ciudades que comparten una condición: ninguna de ellas ha conservado evidencia textil directa del siglo I en cantidad significativa.
Belén, donde se sitúan el refugio, el pesebre, la adoración de los pastores, la llegada de los Magos y la matanza de los Inocentes, no ha proporcionado restos textiles conocidos del período romano. La ciudad ha estado continuamente habitada durante más de tres mil años; la ocupación ininterrumpida ha removido, destruido y reemplazado los niveles arqueológicos antiguos. Su clima —precipitación media anual de unos 500-600 mm, inviernos húmedos con temperaturas que descienden por debajo de los 5 °C en las noches de diciembre y enero— es incompatible con la conservación de materiales orgánicos a cielo abierto o en enterramientos no sellados.
Jerusalén, donde se sitúan la Presentación en el Templo y, según Mateo, la visita de los Magos a Herodes, presenta condiciones similares: precipitación de unos 550 mm anuales, humedad relativa media del 60-70 %, ocupación continua que ha transformado el subsuelo en un palimpsesto de construcciones superpuestas. El caso de Akeldama, ya mencionado, demuestra que la conservación es posible en circunstancias excepcionales de sellado, pero confirma al mismo tiempo la regla general: fuera de esas circunstancias, Jerusalén no conserva textiles.
Nazaret, donde se sitúa la Anunciación y de donde parte la familia hacia Belén, es una aldea de la Galilea del siglo I cuyo registro arqueológico del período romano es modesto: restos de viviendas excavadas en la roca, silos, prensas de aceite, cerámica. No hay evidencia textil. El clima galileo es algo más húmedo que el de Jerusalén, y la escala del asentamiento nunca fue grande.
El resultado es un vacío que no debe confundirse con un fracaso ni con un dato negativo. Que Belén no conserve textiles no dice nada sobre cómo vestían sus habitantes. Dice únicamente que las condiciones físicas del lugar no han preservado esa información de forma directa. El conocimiento debe construirse por otra vía: a partir de la evidencia conservada en otros puntos de la misma región y de épocas próximas, leída con la prudencia que esa distancia exige.
La tienda quemada: cómo leer un corpus que nadie eligió
El capítulo ha reunido ya las dos mitades del problema: un corpus conservado en el desierto y unas escenas situadas en la montaña. Antes de trasladar nada de un lado a otro conviene fijar cómo se lee un corpus así, porque el error que acecha aquí no es de datos sino de lectura. La razón cabe en una historia.
Imagínese una gran superficie dedicada a vender toda clase de ropa, y un incendio que la arrasa. Cuando se apaga el fuego, solo ha quedado en pie una sección pequeña: la de ropa para jugar al golf. Y no toda: la de la temporada de verano, que era la que estaba expuesta. Llega entonces alguien, examina lo que hay y concluye: aquí se vendía ropa de golf; y como era la única tienda del lugar, sus habitantes eran todos jugadores de golf vestidos de manga corta. Cada paso de esa deducción parece razonable, y el resultado es absurdo, porque lo que el incendio dejó no es una muestra de la tienda: es el cruce de dos filtros —qué sección resistió, qué temporada estaba expuesta— que nadie eligió y que nada dicen de lo que la tienda vendía.
El corpus textil del desierto de Judea es esa sección superviviente, y sus filtros ya han desfilado por este capítulo; basta nombrarlos juntos. Sección: solo resistió lo que estaba en la zona árida — el desierto conserva; el clima de Belén, Nazaret y Jerusalén destruye. Temporada: lo conservado procede de dos catástrofes posteriores a la ventana del ciclo (10 a. C.–12 d. C.) — el asedio de Masada, del 73/74, y las cuevas de la generación de Bar Kokhba, sesenta años más tarde—; ni una sola pieza cae dentro de la ventana. Clientela: una guarnición sitiada y unas decenas de familias huidas — no las aldeas campesinas de las escenas.
Dicho en el lenguaje de la estadística, que aquí aclara más que el de la arqueología: para extrapolar de una muestra al conjunto —del puñado al millón—, la muestra tiene que ser representativa, y la representatividad no la da el tamaño sino el modo de selección: los individuos deben entrar en ella al azar, no por una circunstancia que los distinga del resto. El corpus del desierto lo incumple todo a la vez. No lo seleccionó nadie al azar: lo seleccionaron un clima y dos catástrofes —y quien resiste en una fortaleza sitiada o huye a una cueva no es un habitante cualquiera del país—. Eso es lo que la estadística llama sesgo de selección, y no hay tamaño de muestra que lo cure. A eso se suma el tamaño: unas novecientas sesenta personas en Masada, según Josefo10, y unas decenas de familias en las cuevas, sobre un país cuya población antigua se ha estimado, en su máximo, en torno al millón11. Ni siquiera con la mitad de esa población llegarían al uno por ciento. Y a eso, la población equivocada: los muestreados vivieron decenios después de la ventana. Un subgrupo minúsculo, sesgado y de otra generación no es una muestra pequeña: es, técnicamente, una muestra nula. Nada de lo que en ella se cuente —proporciones, frecuencias, ausencias— puede extrapolarse al millón. Lo único que sobrevive a ese veredicto es lo que no necesita extrapolación: la pieza que está sobre la mesa.
Y conviene el orden de los culpables, porque importa. El tamaño pequeño por sí solo no mata una muestra —mil personas bien sorteadas sobre un millón bastarían—; lo que la mata sin remedio es el sesgo de selección, que ningún tamaño cura. Sesgo primero, tamaño después, fecha al final: tres cargos, y el primero ya es condena.
El corpus entrega, entonces, un suelo, y conviene decirlo en positivo: lo hallado prueba con certeza que al menos esto existió —estas técnicas, estos materiales, estas prendas, en ese mundo—. De ahí hacia arriba, todo lo demás —cuánto, quién, con qué frecuencia— solo puede razonarse por posibilidades. Y hay una certeza anterior a cualquier hallazgo que obliga a razonar en vez de callar: desnudo no iba nadie. Un millón de personas se vistió cada día de la ventana, con muestra nula o sin ella; la pregunta nunca es si vestían, es con qué. Para el taller, la consecuencia es ineludible: la figura no puede esculpir el «no determinado» —sale vestida o sale desnuda, no hay tercera opción—, de modo que abstenerse no es prudencia: es también una decisión de vestuario, y la peor documentada de todas.
Queda la pregunta simétrica: si un hallazgo nuevo apareciera con fecha dentro de la ventana, ¿qué pasaría? Nada que doler: las afirmaciones del Manual están escritas para eso. Lo que hoy es «no determinado» subiría a probado y se corregiría una línea; solo se derrumbaría lo que estuviera construido sobre «no existía», y el Manual no escribe sobre ese suelo. Las negaciones son las únicas víctimas de los hallazgos. (Nótese además que alguna datación clave del propio campo descansa en evidencia negativa —el telar de dos enjullos se fecha por la desaparición de las pesas del registro (véase Del hilo al paño: telar, anchura y franjas)—, razón de más para etiquetas blandas.)
De todo ello queda la regla que gobierna el resto del Manual: la existencia se prueba con una sola pieza; la frecuencia no se prueba con mil. El corpus sirve para existencia, técnica, material y vocabulario; nunca para frecuencia, proporción ni «invariablemente». «Dominante» solo se dice con el apellido puesto: dominante en el corpus conservado.
Qué circulaba: materiales, tejidos y tintes accesibles
Hasta aquí, el argumento ha sido geográfico y climático: dónde se conserva, dónde no se conserva, qué distancia hay entre los dos. Pero la geografía de la indumentaria no se agota en la conservación. Hay otra dimensión igualmente importante: la circulación de materiales. Qué fibras, qué tejidos y qué tintes estaban disponibles en Belén, en Jerusalén y en la Galilea del siglo I, y para quién.
El marco general de esa circulación —la economía de una tierra sometida al imperio romano, las rutas comerciales que la cruzaban, la estratificación social que determinaba quién podía acceder a qué— pertenece a otro capítulo de este Manual: Jesús en su tiempo (c_1_08), donde se estudia el mundo humano de la Judea del siglo I como contexto imprescindible para la construcción de las escenas del nacimiento. Lo que este capítulo recoge no es ese marco completo, sino su consecuencia textil concreta: qué materiales viajaban y qué era accesible en cada estrato12.
La lana era la fibra de producción local por excelencia. El pastoreo de ovejas y cabras era una actividad extendida en toda la región, incluidas las colinas de Belén y la Galilea. La lana se hilaba y tejía en los hogares y en talleres locales. En lo publicado de Masada, 105 de los 129 textiles catalogados son de lana; Shamir advierte que miles de textiles del yacimiento siguen sin publicarse y que probablemente incluyen muchos más de lana. Es el material dominante en el corpus conservado, no una proporción del vestir de la época11. Para las familias de condición modesta —artesanos, jornaleros, pastores—, la lana local era probablemente el material principal de la ropa de diario y, sobre todo, del abrigo.
El lino procedía en parte de la producción local de Galilea —donde el lino se cultivaba— y en parte de Egipto, principal productor del Mediterráneo antiguo. El lino era más costoso que la lana y se asociaba a prendas de mayor calidad, a uso ritual y a contextos funerarios. Su presencia en el registro arqueológico es proporcionalmente menor que la de la lana, pero sustancial: 531 de los 1.635 textiles catalogados por Shamir son de lino13.
Los tintes documentan una gama más amplia de la que suele imaginarse: rojo de granza, azul de glasto y, en el extremo del lujo, la púrpura de múrex, producida en la costa mediterránea y documentada en textiles de Wadi Murabba'at14. El amarillo es otro caso: en el registro del periodo romano aparece sobre todo como componente de dobles tinturas, para obtener verdes o anaranjados, y la prenda teñida de amarillo como color final es rara (véase El amarillo en el belén bíblico). Pero la accesibilidad no era igual para todos. Los tintes básicos — granza y glasto — estaban al alcance de la producción local y de un mercado regional. La púrpura de múrex era un producto de lujo cuyo precio la situaba fuera del alcance de las familias modestas. Para un pastor de las colinas de Belén, el rojo de granza o el azul de glasto eran posibles; la púrpura no.
Los textiles importados llegaban a través de las rutas comerciales que cruzaban la región. Los tejidos de sarga hallados en yacimientos de Israel —32 de los 1.635 textiles de Shamir, todos de lana, la mayoría con hilado Z— son importaciones, probablemente de Grecia, Italia o el Mediterráneo occidental15. El hilado Z en textiles de lana funciona como marcador de procedencia foránea en un contexto donde la producción local hilaba casi exclusivamente en S. Estos textiles importados existían en el mercado, pero su accesibilidad dependía del poder adquisitivo: una familia acomodada de Jerusalén podía vestir telas importadas; una familia de artesanos en Belén, con alta probabilidad, no.
La consecuencia para el belenista es concreta. Al vestir una figura, conviene preguntarse no solo qué materiales existían en la región, sino cuáles eran accesibles para el tipo de persona que esa figura representa. La lana local, el lino de producción regional, los tintes básicos constituyen la paleta probable de la familia del nacimiento, de los pastores, de los vecinos de Belén. Los tejidos importados, los tintes de lujo, las fibras exóticas pertenecen a otra franja: la corte de Herodes, los visitantes de lejos, los personajes de élite. Esa distinción no es decorativa; es una decisión de coherencia material.
El traslado prudente: de la evidencia lateral a la escena
Este capítulo ha construido un argumento que puede resumirse en una frase: la evidencia directa sobre la indumentaria del siglo I se conserva en lugares que no son los lugares donde se sitúan las escenas del nacimiento, y esa distancia debe gestionarse con método, no ignorarse ni exagerarse.
El traslado de la evidencia de un yacimiento a una escena es legítimo y necesario. Sin él, no habría manera de vestir ninguna figura del ciclo del nacimiento con un mínimo de fundamento material. Pero el traslado tiene condiciones.
La primera es la explicitud. Cuando un dato procede de Masada y se aplica a una escena en Belén, el lector debe saberlo. No porque el dato sea falso — la lana de Masada es lana del siglo I en la tierra de Israel, y eso es información válida —, sino porque la distancia entre el yacimiento y la escena introduce un margen de incertidumbre que el lector tiene derecho a conocer.
La segunda es la distinción de contexto. Los textiles de Masada proceden de una fortaleza en asedio. Los de Nahal Hever proceden de refugiados en huida. Los de Qumrán proceden de una comunidad sectaria. Los de Akeldama proceden de un enterramiento. Ninguno de estos contextos es equivalente al de una familia de artesanos que llega a Belén bajo una orden de censo, ni al de unos pastores que guardan sus rebaños en los campos cercanos. La técnica puede ser la misma; el uso puede ser distinto.
La tercera es la proporcionalidad. No todos los datos tienen la misma resistencia al traslado. Un dato sobre fibra — que la lana de la región se hilaba predominantemente en torsión S — es transferible con alta confianza: la técnica de hilado no varía de Masada a Belén. Un dato sobre forma de prenda — la longitud de una túnica hallada en la Cueva de las Cartas — es transferible con más cautela: la forma puede depender del uso, del estatus o de la circunstancia. Un dato sobre color o decoración — una banda teñida en un fragmento de élite — es transferible con la mayor prudencia: el color y el adorno son los elementos más sensibles a la condición social del portador.
La regla puede formularse así: cuanto más se acerca el dato a la materia y a la técnica, más resistente es al traslado; cuanto más se acerca al uso, al estatus y a la decisión personal, más frágil se vuelve.
En el etiquetado del Manual, esa gradación se traduce con naturalidad: lo materialmente robusto entra en el texto como probado; lo que depende del contexto y se sostiene por convergencia de factores, como inferido por contexto; lo que el dato no alcanza a soportar, como desconocido. La regla del clima y la regla del razonamiento por contexto, fijadas en el capítulo de método y operativas desde entonces, son las que permiten ese traslado sin convertir la distancia geográfica en abismo ni en atajo.
El capítulo siguiente completará la base de este estudio examinando las fuentes escritas y la iconografía antigua: qué dicen los textos sobre la ropa del siglo I, qué muestran las imágenes del período, y qué límites tiene cada una de esas fuentes. Junto con las evidencias materiales y la geografía examinadas en los tres últimos capítulos, esas fuentes constituirán el suelo sobre el que los capítulos posteriores estudiarán las prendas concretas, los materiales, los colores, la producción textil y el paso final del dato arqueológico a la figura escultórica.
Referencias
Datos climáticos generales del desierto de Judea y de la zona de Jerusalén-Belén. Precipitación media anual: Masada ~50 mm, mar Muerto ~100 mm, Jerusalén ~550 mm, Belén ~500-600 mm. Humedad relativa media: desierto de Judea 30-45 %, Jerusalén 60-70 %. Fuentes: Israel Meteorological Service; Goldreich, Y. (2003). The Climate of Israel: Observation, Research and Application. Springer. ↩
Shamir, O. (2015). A Burial Textile from the First Century CE in Jerusalem Compared to Roman Textiles in the Land of Israel and the Turin Shroud. SHS Web of Conferences, 15. ResearchGate; Matheson, C. D. et al. (2009). Molecular Exploration of the First-Century Tomb of the Shroud in Akeldama, Jerusalem. PLoS ONE, 4(12), e8319. ↩ ↩
Sheffer, A. y Granger-Taylor, H. (1994). Textiles from Masada: A Preliminary Selection. En Masada IV: The Yigael Yadin Excavations 1963–1965, Final Reports. Israel Exploration Society. Catálogo NLI ↩
Shamir, O. y Sukenik, N. (2011). Qumran Textiles and the Garments of Qumran's Inhabitants. Dead Sea Discoveries, 18, 206–225. Academia.edu ↩
Yadin, Y. (1963). The Finds from the Bar Kokhba Period in the Cave of Letters. Israel Exploration Society. Cave of Letters — Wikipedia ↩
Sukenik, N., Iluz, D., Shamir, O., Varvak, A. y Amar, Z. (2013). Purple-Dyed Textiles from Wadi Murabba'at. Archaeological Textiles Review, 55, 46–54. ↩ ↩
Shamir, O. (2015); Matheson, C. D. et al. (2009). Véase nota 2. ↩
Mapa de Emili Solé (rótulos y trazado) sobre imagen de Google Earth. Image Landsat / Copernicus; Data SIO, NOAA, U.S. Navy, NGA, GEBCO. ↩
Fotografía: Davidbena (2021), «Judea in early Spring», Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 4.0. Ficha en Wikimedia Commons. ↩
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, VII, 399-400, según la numeración de la edición de Niese. Josefo da novecientos sesenta muertos en Masada, contando con ellos a las mujeres y los niños (VII, 400); sobrevivieron dos mujeres y cinco niños, escondidos en los conductos subterráneos del agua (VII, 399). Texto griego consultado en Perseus Digital Library: https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus:abo:tlg,0526,004:7:400 ↩
Broshi, M. (1979). «The Population of Western Palestine in the Roman-Byzantine Period». Bulletin of the American Schools of Oriental Research, 236, pp. 1-10. Broshi calcula la población por dos vías independientes —la superficie urbana multiplicada por un coeficiente de densidad (p. 5) y la capacidad de producción de grano del país (pp. 6-7)— y concluye que la población de Palestina en la Antigüedad no superó el millón de personas, cifra que solo se habría alcanzado en su apogeo, el periodo bizantino tardío, hacia el año 600 (pp. 5 y 7). Rechaza las estimaciones más altas, como los unos 2.500.000 habitantes que adoptan Baron y Avi-Yonah (p. 6): Avi-Yonah llega a esa cifra a partir de los 60.000 guerreros galileos que menciona Josefo, o suponiendo para la época romana cuatro veces más asentamientos que en 1900, y Broshi considera falaces ambas vías. Con cualquiera de las dos cifras, el corpus del desierto queda muy por debajo del uno por ciento. ↩
El marco completo de la economía, las rutas comerciales y la estratificación social de la Judea del siglo I se desarrolla en Jesús en su tiempo (c_1_08), dentro del bloque En busca del belén bíblico. ↩
Shamir, O. (2015), Tabla 1: distribución por fibra de 1.635 textiles catalogados del período romano en Israel. Masada: 129 textiles, 105 de lana, con esta nota al pie de la tabla: «Thousands of textiles, presumably including wool ones to a large extent, from Masada are still not accommodated in the current literature». La misma advertencia en Shamir y Sukenik (2011), tabla 1 (véase nota 4): «Thousands of textiles from Masada have not yet been published. Their publication will probably add many more wool textiles to the total». Las cifras de lana y de lino siguen la fe de erratas de la propia autora, publicada en el mismo volumen: Shamir, O. (2015). Erratum to: A burial textile from the first century CE in Jerusalem compared to roman textiles in the land of Israel and the Turin Shroud. SHS Web of Conferences, 15, 00011, que corrige la tabla 1: 531 de lino y 1.030 de lana sobre 1.635. https://doi.org/10.1051/shsconf/20151500011 ↩
Koren, Z. C. (2005). Chromatographic Analyses of Selected Historic Dyeings from Ancient Israel. Dyes in History and Archaeology, 20, 194–201. Edelstein Center; Sukenik, N. et al. (2013), véase nota 6. ↩
Shamir, O. (2015), datos sobre ligamento de sarga: 32 de 1.635 textiles, todos de lana, la mayoría Z-spun. Véase también Las evidencias materiales — textiles, cuero, calzado y herramientas, apartado «La estructura del tejido». ↩
Esquema de Emili Solé con los datos de este capítulo (notas 11, 12 y 13). ↩