Lo que las fuentes pueden decir y lo que no pueden
Los capítulos anteriores han trabajado con la materia. Fragmentos de tela que se pueden medir, analizar, pesar; yacimientos que se pueden situar en un mapa y en una zona climática. La pregunta era: ¿qué se conserva? Ahora la pregunta cambia.
¿Qué puede aportar una fuente que no conserva la prenda?
Un texto antiguo nombra prendas, prescribe colores, legisla usos, narra gestos — pero no muestra nada. Una imagen antigua muestra siluetas, pliegues, proporciones, distinciones de género — pero lo hace con los códigos de quien la pintó, no con la fidelidad de un espejo. Ninguna de estas dos vías entrega la prenda real. Lo que entregan es distinto de lo que el fragmento textil puede ofrecer, y esa diferencia importa.
La evidencia material dice sin argumentar: un tejido excavado existe, con su fibra, su torsión, su estructura, su resto de tinte. La fuente escrita argumenta sin mostrar: nombra, legisla, distingue, pero lo hace desde la intención del autor — sea un legislador rabínico, un historiador romano o un polemista cristiano. La imagen antigua muestra sin nombrar: ofrece una forma visual, pero esa forma pasa siempre por una convención artística, por un código de representación que no coincide necesariamente con la realidad que pretende representar.
El capítulo anterior terminaba con una regla de traslado: cuanto más cerca de la materia, más seguro el dato; cuanto más cerca del uso, más frágil. Esa regla sigue vigente aquí, pero con una complicación: los textos y las imágenes trabajan siempre en el terreno del uso, del nombre y de la representación — nunca en el de la materia misma. Esto no los invalida; los sitúa. Pero conviene añadir un matiz: las tres vías — objeto, texto, imagen — no aportan el mismo tipo de dato ni la misma resolución. El objeto es directo pero incompleto; el texto es preciso pero abstracto; la imagen es concreta pero convencional. El trabajo consiste en cruzarlas sin confundir sus niveles de evidencia.
Se trata, entonces, de examinar estas dos vías con la misma exigencia con la que los capítulos anteriores examinaron los objetos: qué ofrecen, desde cuándo, a qué distancia del siglo I, y qué riesgo de interpretación presentan.
Las fuentes textuales: nombres, normas y menciones
Existen textos antiguos que hablan de ropa. Algunos nombran prendas. Otros prescriben lo que debe o no debe vestirse. Otros mencionan una prenda al paso, dentro de un relato que trata de otra cosa. La información que ofrecen es valiosa, pero conviene situarla con cuidado, porque una palabra antigua no equivale automáticamente a una prenda reconstruible.
Un término como ketonet aparece en la Biblia hebrea para designar una túnica. El mismo concepto reaparece en el siglo I como haluq en hebreo mísnico o chiton en griego. La palabra ha viajado, pero eso no significa que la prenda haya permanecido idéntica: su corte, su longitud, su material y su uso social pueden haber cambiado en el camino. Dos términos distintos pueden referirse a prendas parecidas; un solo término puede cubrir prendas diferentes según el período, la región o el contexto. La terminología ayuda a pensar, pero no resuelve por sí sola la forma concreta de lo que nombra. Conviene retener esto como principio general: los nombres de prendas no son estables. Cambian de significado según la época, la región y la función. Una misma palabra puede designar prendas distintas en textos separados por siglos — el meil de la Biblia hebrea no es necesariamente el mismo meil de la literatura del Segundo Templo. Y dos prendas distintas pueden compartir nombre en fuentes que no se conocen entre sí. Esperar equivalencias rígidas entre palabra y objeto es el primer error que conviene evitar.
Con esa cautela, las fuentes textuales pueden organizarse en cuatro grupos, ordenados por su proximidad al siglo I.
La Biblia hebrea establece el vocabulario de base: ketonet (túnica), simlá (manto), meil (manto largo de dignidad), ezor (cinturón o faja). Esos términos seguían en uso en el siglo I, pero con significados desplazados. La Biblia prescribe también los tzitzit (flecos en las esquinas del manto, Números 15:38) y prohíbe el shatnez (mezcla de lana y lino en una misma prenda, Levítico 19:19 y Deuteronomio 22:11) — dos marcadores identitarios que la arqueología del siglo I confirma como vigentes2.
La literatura del Segundo Templo ofrece los testimonios literarios más próximos al período que nos interesa. Flavio Josefo, historiador judío que escribe en el último tercio del siglo I, describe con detalle las vestiduras sacerdotales del Templo y menciona prendas cotidianas en varios pasajes de sus obras3. Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús, escribe desde la diáspora egipcia y aporta datos sobre la vestimenta de los esenios y sobre las prácticas textiles del Mediterráneo oriental4. En ambos casos, se trata de autores que vieron lo que describen o que describen lo que sus contemporáneos veían. Su proximidad cronológica no elimina su parcialidad — Josefo escribe para un público romano, Filón para un público helenizado —, pero los convierte en las fuentes literarias más directas de que disponemos.
Los autores grecorromanos y cristianos antiguos aportan datos dispersos pero útiles. Plinio el Viejo, en su Historia Natural (siglo I), documenta materiales, tintes y precios — incluido el coste de la púrpura de múrex, dato que permite calibrar la accesibilidad real de ciertos colores5. Tertuliano, a comienzos del siglo III, escribe que las mujeres judías podían reconocerse por el velo, detalle que sitúa una práctica visual reconocible fuera de las fuentes judías6. Pero Tertuliano es ya un autor cristiano latino, unos dos siglos posterior al período de las escenas; su testimonio es valioso como confirmación de una costumbre, no como documento directo del siglo I. Lo mismo vale para las menciones dispersas en autores como Quintiliano, Marcial o Juvenal: iluminan el mundo textil del Mediterráneo romano, pero desde una distancia cultural y geográfica que conviene no olvidar.
La Mishnah y el Talmud constituyen el grupo más tentador y más delicado. Su riqueza de detalle sobre prendas, tintes, oficios textiles, normas de pureza, comercio de ropa y costumbres del vestir no tiene equivalente en ninguna otra fuente del período7. La Mishnah, codificada hacia el año 200, recoge tradiciones que sus redactores atribuían a siglos anteriores. El Talmud, compilado entre los siglos IV y V, las amplía y comenta. Ambos textos son extraordinariamente informativos. Pero la riqueza de detalle no elimina el problema de la distancia temporal.
La advertencia que formula la Dra. Katie Turner con claridad debe repetirse aquí: los textos rabínicos son posteriores al siglo I y no pueden proyectarse automáticamente sobre ese período sin cautela crítica8. La Mishnah describe a veces lo que debe ser, no necesariamente lo que era. Cuando un tratado mísnico (relativo a la Mishná) legisla sobre el largo de los tzitzit o sobre las condiciones de impureza de una prenda, está prescribiendo — y una prescripción refleja tanto la norma como la posibilidad de que la norma no se cumpla. Cuando Lucille Roussin —autora del capítulo sobre la indumentaria de la Palestina romana en The World of Roman Costume (1994)— o Dafna Shlezinger-Katsman —autora del capítulo «Clothing» del Oxford Handbook of Jewish Daily Life in Roman Palestine (2010)— usan la Mishnah para complementar la evidencia arqueológica, su trabajo es legítimo y necesario, pero el lector de este estudio debe saber que los datos que proceden de la Mishnah no tienen la misma proximidad que los de Josefo ni la misma solidez que los de un textil excavado. La regla de uso adoptada en este estudio es doble: cuando estas fuentes citan evidencia arqueológica, se leen en el primer nivel; cuando citan exclusivamente fuentes mísnicas o talmúdicas, se leen en el segundo, con la cautela dicha9.
Los límites de las fuentes escritas
Una palabra antigua designa una prenda, pero no entrega su patrón. El término chiton dice que existía una túnica; no dice exactamente cómo era la túnica que llevaba puesta una mujer de Belén en el invierno del nacimiento. Los nombres de color son igualmente aproximados: lo que un texto llama «blanco» puede ser lana batanada, lana sin teñir o lino crudo — tres materiales con aspectos muy diferentes. Lo que un texto llama «púrpura» puede ir desde el múrex genuino hasta una imitación barata de granza y glasto mezclados.
Las fuentes escritas pueden decir: esta prenda existía, se llamaba así, se hacía con este material, costaba tanto, la llevaban tales personas y no tales otras. No pueden decir: así era su corte, así caía sobre el cuerpo, así se combinaba con las demás prendas. Entre el nombre y la forma hay un salto. La forma exige otros apoyos — los objetos excavados, cuando existen; las imágenes, cuando son suficientemente tempranas; y, en última instancia, la inferencia razonada cuando ninguna fuente ofrece la pieza que falta.
Conviene retener una idea: las fuentes escritas legislan, narran o argumentan. Rara vez describen. Cuando un autor antiguo menciona una prenda, la da por conocida — no explica cómo es, porque su lector ya lo sabe. Lo que el lector del siglo I veía cada día es precisamente lo que el texto no necesitaba describir y lo que hoy necesitamos reconstruir.
Pero los silencios de las fuentes también son datos. La Biblia hebrea casi nunca describe la ropa cotidiana — lo que indica que no la consideraba un marcador narrativo relevante. Josefo, en cambio, describe con detalle la indumentaria sacerdotal del Templo — lo que indica la función simbólica y política que le atribuía. Cuando el escultor busca en los textos una descripción de la ropa que llevaba un pastor o un artesano y no la encuentra, esa ausencia no es un fracaso de la fuente: es una señal de lo que la fuente consideraba digno de mención. La ausencia de descripción también informa.
Las fuentes visuales antiguas: siluetas, códigos y memoria visual
Del nombre a la forma hay un salto, y las imágenes antiguas parecen prometer un puente. Muestran figuras vestidas, con pliegues, proporciones, colores, distinciones de género. Pero esa promesa tiene condiciones. Una imagen antigua no es una fotografía del pasado: es una representación hecha con los códigos de su propio tiempo.
Conviene distinguir tres grupos de fuentes visuales por orden cronológico, cada uno con sus propias posibilidades y sus propios límites.
Monedas, relieves y representaciones provinciales ofrecen imágenes de figuras vestidas desde antes del siglo I. Los relieves de Palmira muestran trajes orientales con detalle — mantos, pantalones, tocados, joyas. Los retratos de momias del Egipto romano muestran túnicas, clavi, peinados, colores de piel y de ropa con una fidelidad notable. Las monedas herodianas y romanas representan a veces una figura vestida, aunque con la simplificación que el formato impone. Los arcos triunfales romanos muestran cautivos orientales con su ropa propia11. Ninguna de estas imágenes retrata directamente a los judíos del siglo I en Judea, pero ayudan a comprender los códigos visuales del mundo en que vivían: cómo Roma representaba al oriental, al provincial, al sacerdote, al filósofo, al cautivo. Esos códigos importan, porque una parte de la imagen heredada del belén procede de ellos — aunque por vía indirecta y a menudo sin conciencia de su origen. Conviene formular un principio de lectura antes de seguir: las imágenes antiguas no representan individuos, sino tipos sociales. El género, el estatus y la función determinan la silueta más que la época o la región. En el arte romano, un «oriental» es un código visual — un tipo reconocible por su tocado, su pantalón, su barba —, no un retrato etnográfico. Leer estas imágenes exige saber qué tipo se está representando antes de preguntar qué prenda se está mostrando.
Dura Europos merece atención particular. Esta ciudad-guarnición romana en el Éufrates, destruida hacia el año 256 y sellada bajo las defensas militares, conservó una sinagoga y una iglesia-casa con pinturas murales que constituyen los testimonios visuales más tempranos de figuras bíblicas y judías vestidas con indumentaria diferenciada12.
En las pinturas de la sinagoga, Moisés aparece con un manto que muestra tzitzit visibles. Los hombres llevan mantos blancos o sin teñir con bandas tejidas que terminan en muesca; las mujeres, mantos de color con decoración en forma de gamma. En la iglesia-casa, Jesús aparece curando al paralítico con túnica corta y manto — vestido como un hombre del común, no como una figura de autoridad13.
Estos datos son valiosos. Pero su valor no consiste en decirnos «así vestían en el siglo I». Dura Europos es una comunidad del siglo III, a más de 600 kilómetros de Jerusalén, que pinta personajes del Éxodo y de los Evangelios con la ropa de su propio tiempo y lugar. Lo que Dura Europos documenta no es directamente el siglo I: es una memoria visual antigua. Muestra cómo una comunidad judía del siglo III imaginaba visualmente a los personajes sagrados — y esa imaginación, por ser antigua y estar fundada en una práctica viva, tiene más peso que la tradición artística occidental posterior, pero no debe confundirse con un documento directo.
El arte paleocristiano — catacumbas romanas y sarcófagos de los siglos II al IV — ofrece las primeras representaciones de Jesús. Taylor ha rastreado su evolución con detalle: en las representaciones más tempranas (siglos II–III), Jesús aparece con pelo corto, sin barba, vestido con túnica corta y pallium filosófico — un hombre del común, no un rey ni un sacerdote. En las representaciones del siglo IV en adelante, la imagen cambia: pelo largo, barba, túnica larga, actitud regia. Es el nacimiento de la imagen heredada que la tradición occidental ha transmitido hasta hoy15.
Lo que el arte paleocristiano permite entender no es cómo vestía Jesús, sino cómo las primeras comunidades cristianas lo imaginaban visualmente. Las catacumbas no documentan al Jesús histórico; documentan el código visual con que los cristianos de Roma representaban a su maestro — primero como filósofo, después como rey. Esa evolución es un dato sobre la tradición artística, no sobre la indumentaria del siglo I.
Los límites de las fuentes visuales
Lo que las imágenes muestran pasa siempre por un filtro. El artista de Dura Europos pinta a Moisés con la ropa del siglo III, no con la del XIII a. C. El pintor de las catacumbas viste a Jesús como filósofo romano porque ese era el tipo visual disponible para representar a un maestro. El retrato funerario egipcio muestra a su sujeto con la ropa que quiere que se vea, que no es necesariamente la que llevaba cada día.
La imagen antigua interpreta. No transcribe. Cada representación viste a su personaje según los códigos de quien la pinta, no según los de quien vivió. Esto no las invalida como fuente — de hecho, son imprescindibles para entender cómo se veía el vestido antiguo sobre un cuerpo, con su caída, sus proporciones y sus gestos. Pero las sitúa en el nivel de la analogía comparativa: lo que ofrecen es una aproximación visual mediada por una convención, no un registro. El error metodológico más frecuente — y más extendido en el belenismo — consiste en tomar una imagen antigua como si fuera una fotografía. Ninguna lo es. Todas son interpretaciones situadas en su tiempo, con sus convenciones, sus agendas y sus limitaciones técnicas. Reconocerlo no debilita su utilidad; al contrario, permite usarlas con mayor precisión.
Hay además un problema de escala. Las fuentes visuales que tenemos para el mundo judío del siglo I son muy escasas. No hay pinturas judías anteriores a Dura Europos (siglo III). No hay retratos de judíos del siglo I comparables a los retratos de momias del Fayum. No hay mosaicos judíos con figuras vestidas anteriores al siglo IV. El vacío visual es casi tan marcado como el vacío textil que examinamos en el capítulo anterior — y por razones distintas: aquí no es el clima lo que destruye, sino la prohibición bíblica de la imagen (Éxodo 20:4), que limitó durante siglos la producción de imágenes figurativas en el mundo judío, aunque esa limitación no fue nunca absoluta ni uniforme16.
Lo que el escultor puede extraer
Las tres vías examinadas en este estudio — objetos, textos, imágenes — se complementan sin sustituirse.
Los objetos excavados aportan materialidad: fibra, estructura, color real, costuras, dimensiones. Es la base más firme, pero la más fragmentaria: el fragmento textil no dice quién lo llevaba ni cómo.
Los textos aportan nombres, materiales, normas y categorías sociales. Permiten saber que existía una prenda llamada haluq, que se hacía de lana o de lino, que los hombres la llevaban corta y las mujeres larga, que el blanco tenía un significado y el color otro. Pero no entregan la forma visible.
Las imágenes aportan siluetas, proporciones, gestos y distinciones de género. Son la única vía que muestra cómo caía un manto sobre un cuerpo, qué volumen tenía una túnica ceñida por un cinturón, cómo se distinguía a un hombre de una mujer por el modo de vestir. Pero lo que muestran es una convención, no un documento.
El escultor cruza las tres vías. Toma la fibra del textil excavado, el nombre y la norma del texto, la silueta de la imagen, y construye una figura que no existía en ninguna de esas fuentes por separado. Entre lo conservado y lo representado queda siempre una zona sin cubrir. Esa zona no se rellena con tradición visual como si fuera evidencia: se señala con la marca del etiquetado que le corresponde —probado, inferido por contexto o desconocido— y, cuando lo que queda es ya una elección de quien esculpe en territorio no determinado, se reconoce además como decisión artística informada. El lector sabe en cada caso en qué terreno pisa.
No se trata de elegir entre texto o imagen, sino de no pedir a cada fuente más de lo que puede dar. Las fuentes escritas ayudan a nombrar. Las imágenes antiguas ayudan a mirar. Los restos materiales ayudan a tocar, aunque sea fragmentariamente, la realidad de los tejidos. Pero ninguna de estas vías entrega por sí sola una figura terminada. Entre lo conservado y lo representado queda siempre una zona de decisión. El escultor no reconstruye una prenda perdida: construye una conjetura visual fundada. Su responsabilidad no es acertar un patrón inexistente, sino mostrar que su decisión nace de un cruce honesto de evidencias. Ahí no debe entrar la costumbre como si fuera evidencia; debe entrar la conciencia del escultor.
Referencias
Esquema de elaboración propia. © Emili Solé. ↩
Números 15:38 (tzitzit); Levítico 19:19 y Deuteronomio 22:11 (shatnez). La ausencia total de textiles con mezcla de lana y lino en yacimientos judíos está documentada en Shamir, O. (2013). Dress: Hellenistic and Roman Period. En Master, D. (ed.), Oxford Encyclopedia of the Bible and Archaeology, vol. 1, pp. 328–336. Oxford University Press. ↩
Josefo, F. Antigüedades judías, III.7.1–7 (vestiduras sacerdotales); La guerra de los judíos, II.8.5 (vestimenta esenia). Ediciones de referencia: Loeb Classical Library (griego-inglés). ↩
Filón de Alejandría. Quod omnis probus liber sit, XII.75–91 (vida y vestimenta de los esenios). Edición Loeb Classical Library. ↩
Plinio el Viejo. Historia Natural, IX.124–141 (púrpura de múrex, precios y procesado); XXXIII.29 (debilitamiento del valor de estatus de los clavi). Edición Loeb Classical Library. ↩
Tertuliano, De corona 4 (hacia el 211, según la base de datos Judaism and Rome): «Among the Jews, so usual is it for their women to have the head veiled, that they may thereby be recognised» (trad. S. Thelwall, Ante-Nicene Fathers, vol. 3, 1885). Shamir (2013), p. 333, cita el mismo pasaje, pero lo atribuye a De virginibus velandis 4 y lo fecha a mediados del siglo II; aquí se corrigen la obra y la fecha. ↩
Shlezinger-Katsman, D. (2010). Clothing. En Hezser, C. (ed.), The Oxford Handbook of Jewish Daily Life in Roman Palestine, pp. 362–381. Oxford University Press. OUP Academic ↩ ↩ ↩
Turner, D. K. "What Would Jesus Wear?" Biblical Time Machine (podcast). Para la discusión completa de este principio metodológico, véase también Shlezinger-Katsman (2010), nota 7. ↩
Roussin, L. A. (1994). Costume in Roman Palestine: Archaeological Remains and the Evidence from the Mishnah. En Sebesta, J. L. y Bonfante, L. (eds.), The World of Roman Costume. University of Wisconsin Press; Shlezinger-Katsman, D. (2010), véase nota 7. ↩
Diagrama de elaboración propia. © Emili Solé. ↩
Colledge, M. A. R. (1976). The Art of Palmyra. Thames and Hudson (relieves palmirenos); Walker, S. y Bierbrier, M. (1997). Ancient Faces: Mummy Portraits from Roman Egypt. British Museum Press (retratos de momias del Fayum). ↩
Kraeling, C. H. (1956). The Synagogue (Excavations at Dura-Europos, Final Report VIII, Part 1). Yale University Press; Kraeling, C. H. (1967). The Christian Building (Excavations at Dura-Europos, Final Report VIII, Part 2). Yale University Press. Colección digital: Yale University Art Gallery, Dura-Europos Collection. ↩
Shamir, O. (2013), pp. 331–332. Taylor, J. E. (2018). What Did Jesus Look Like? Bloomsbury T&T Clark, cap. 2 (iconografía de Dura Europos). Bandas con muesca: Yadin, Y. (1963). The Finds from the Bar Kokhba Period in the Cave of Letters. Jerusalén: Israel Exploration Society, p. 221 y fig. 74 (p. 220): bandas que no van de orillo a orillo, sino que empiezan y terminan dentro del tejido, con los extremos en muesca; p. 227: en las pinturas de Dura, la banda con muesca solo aparece en mantos de hombre y las gammas solo en mantos de mujer (remite a Kraeling 1956, láms. LXVI y LXVII). ↩
Pinturas de la sinagoga de Dura Europos. Los originales están en el Museo Nacional de Damasco; la Yale University Art Gallery conserva las copias pintadas por Herbert J. Gute en 1933-1936 (Yale University Art Gallery, Synagogue). Datos sobre los mantos: Shamir, O. (2013), pp. 331–332; Yadin, Y. (1963), pp. 221 y 227 (n. 46). Fotografía: Wikimedia Commons, «Dura Synagogue WC3 David anointed by Samuel.jpg», retocada por Marsyas (2008) a partir de la colección Gilman de Yale; reproducción de obra de dominio público. ↩
Taylor, J. E. (2018), caps. 1–4 (evolución iconográfica de Jesús desde las catacumbas hasta el arte bizantino). Folleto: Taylor, J. E. (2021). What Did Jesus Wear? Christian Evidence Society. ↩
Sobre la prohibición de la imagen y sus límites en el judaísmo antiguo: Fine, S. (2005). Art and Judaism in the Greco-Roman World: Toward a New Jewish Archaeology. Cambridge University Press. ↩