El poder de las referencias en el arte del belén bíblico

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Toda escena nace de una manera de mirar.
Lo importante es saber en qué se apoya esa mirada.


Un belén llamado bíblico

No es lo mismo representar un episodio bíblico que construir un belén bíblico en sentido histórico, contextual y material. La diferencia es decisiva. Y, sin embargo, suele darse por evidente: algo que no es obvio, ni está demostrado, ni es necesariamente correcto se trata como si lo fuera. Ese es, precisamente, el problema que este capítulo intenta nombrar.

El ejemplo que vamos a analizar fue presentado públicamente como Belén Bíblico Monumental. En el texto de la exposición se afirma:

"Este año volvemos a la representación más clásica, el Belén Bíblico, que, junto al Napolitano y el Popular, constituye el trío de representación más extendida en el tiempo y el espacio."1

La frase es reveladora. No porque haya que aceptarla, sino porque muestra hasta qué punto ciertas categorías heredadas se repiten sin examen. Se invoca una tradición, pero no se explicita qué criterio permite llamar bíblico a un belén: ¿basta con representar escenas evangélicas?, ¿se exige una ambientación históricamente situada?, ¿o se trata simplemente de una estética reconocible por signos visuales ya asumidos?

Para responder, conviene mirar una obra concreta, no la idea abstracta. La escena reproducida permite observar con claridad la distancia que puede existir entre una denominación —“bíblico”— y las referencias visuales que realmente sostienen la imagen.

No está en cuestión la habilidad de quienes realizaron la obra, sino el imaginario desde el que está compuesta y la coherencia de llamar bíblico a lo que nace de otras tradiciones visuales.

Detalle de un belén monumental con pastores, ovejas, un ángel, palmeras y construcciones orientalizantes.
Detalle del Belén Bíblico Monumental, obra de la Asociación Belenista Castellana, exposición organizada por la Diputación de Valladolid, Palacio de Pimentel, Valladolid, 2010–2011. Fuente: ArteInformado; autor de la fotografía no identificado en la fuente consultada.1

Imagen reproducida al amparo del derecho de cita, para análisis, comentario y juicio crítico, conforme al art. 32 de la Ley de Propiedad Intelectual. Se incluye en la medida necesaria para la finalidad pedagógica del texto, no como ilustración decorativa, sino como documento de trabajo para examinar cómo ciertas convenciones visuales pueden presentarse bajo la denominación de “belén bíblico”.

Si reescribiéramos el episodio de Lucas guiándonos únicamente por lo que muestra esta escena —sin añadir nada que la imagen no permita ver—, el resultado sería algo así:

Había unos pastores en un lugar árido, con sus ovejas dispersas sobre un suelo sin pasto visible. Cerca de ellos se levantaban unas construcciones de aspecto oriental, algunas con cubiertas redondeadas, y varias palmeras dominaban el paisaje.
Entonces apareció un ángel delante de un arbusto, en una escena iluminada sin una clara atmósfera nocturna, y los pastores lo contemplaron.

Y ahí aparece el problema con toda nitidez.

Lucas no describe arquitectura, ni palmeras, ni un paisaje urbano. Pero sí establece dos condiciones esenciales: los pastores están en el campo y velan de noche sobre su rebaño. Si la imagen no construye visualmente ni el campo de pastoreo ni la noche, entonces conserva algunos signos reconocibles —pastores, ovejas, ángel—, pero no representa la situación narrativa que Lucas describe.

La escena no traduce el texto: lo sustituye por un repertorio de convenciones visuales que permiten identificar el tema, pero no reconstruirlo. Es decir: mantiene los signos, pero pierde el sentido.


Conviene aclarar algo antes de seguir. Este capítulo no pretende estudiar todavía, con detalle, la arquitectura doméstica, la vegetación, el paisaje o la cultura material de Judea en el siglo I. Ese trabajo corresponderá a otros capítulos del Manual. Aquí estos elementos se señalan de forma más limitada: como indicios visibles de un problema de fondo. Nos interesan porque muestran cómo una escena puede parecer bíblica apoyándose en convenciones visuales que no siempre proceden del mundo histórico del relato


La escenografía que dice una cosa y muestra otra

El texto de la descripción de la exposición añade:

“Siguiendo nuestra andadura llegamos a la población de Ain-Karin donde Isabel recibe la visita de su prima la Virgen María para anunciarla su estado. En las afueras, los pastores se despiertan de su duermevela asombrados por la fulgurante aparición del Ángel anunciando el nacimiento de Jesús.”

El detalle que reproducimos aquí corresponde a la escena de la anunciación a los pastores en las afueras de la ciudad de Ain Karin. La imagen es reveladora, no porque el conjunto esté mal ejecutado —las figuras tienen calidad, la composición funciona—, sino porque cada elemento de la escenografía contradice lo que el nombre promete.

El problema no son las manos de los creadores ni la factura material del conjunto. Lo que importa es determinar si las referencias visuales que sostienen la escena permiten representar el episodio bíblico o si, por el contrario, solo generan una apariencia de biblicidad mediante signos heredados: pastores, ovejas, un ángel suspendido, arquitecturas orientalizantes, palmeras y un suelo árido que remite más a un Oriente genérico que al contexto histórico del relato.

Empecemos por los edificios del fondo, que son los más visibles y los que más información transmiten.

Dos de los cuatro edificios que aparecen en la imagen presentan una cubierta de sección esférica, una especie de aproximación a la cúpula sin llegar a ser una cúpula arquitectónica plenamente resuelta. Este detalle no es menor. En un belén que se presenta como bíblico, la arquitectura no debería funcionar solo como señal de antigüedad o de Oriente, sino como referencia situada.

La vivienda ordinaria de Judea y Galilea en el siglo I se entiende mejor desde soluciones de cubierta plana: vigas, entramados, capas de tierra compactada y terrazas utilizables, según los materiales y la tradición constructiva local. Una cubierta semiesférica, colocada como signo visual de “lo antiguo” o “lo oriental”, introduce una imagen que pertenece a otra memoria constructiva. Puede resultar eficaz para que el espectador reconozca rápidamente un ambiente no europeo, pero esa eficacia visual no basta para convertirla en una referencia histórica adecuada.

Los otros edificios aparecen encalados de blanco. También aquí conviene distinguir. El problema no es que una superficie pudiera recibir algún tipo de revestimiento, sino la imagen general que se construye: muros blancos, limpios, casi mediterráneos en sentido turístico. Esa blancura total remite más fácilmente a un imaginario moderno —pueblos mediterráneos fotografiados bajo el sol, arquitectura popular reinterpretada, postal orientalizante— que a una reconstrucción prudente de la vivienda humilde en el entorno de Judea.

Lo que queda fuera es precisamente una de las referencias más necesarias: la materialidad local. Piedra calcárea, adobe, tierra, muros pobres, terrazas, superficies irregulares. La escena busca parecer bíblica, pero lo hace a través de signos reconocibles antes que mediante una lectura concreta de la arquitectura del lugar.

Las palmeras y el paisaje desplazado

El segundo elemento que la imagen pone en primer plano es la vegetación, y en particular las palmeras.

La palmera datilera —Phoenix dactylifera— es uno de los árboles más repetidos en el imaginario del belén bíblico. Su presencia se da casi por supuesta: Tierra Santa, palmeras. La asociación parece natural, y tiene cierta base real: la palmera existía en la Palestina antigua y aparece vinculada a determinados lugares y símbolos. El problema no es que la palmera sea una invención. El problema es convertirla en vegetación dominante allí donde no corresponde como referencia principal.

Belén se encuentra en los montes de Judá, a más de setecientos metros de altitud. Ain Karin —si la escena quiere remitir a ese entorno— pertenece también a una zona montañosa próxima a Jerusalén. No estamos ante el paisaje cálido y bajo del valle del Jordán, ni ante el entorno de Jericó, ciudad asociada desde antiguo a las palmeras. Estamos ante otro tipo de territorio: colinas, piedra, terrazas agrícolas, olivos, higueras, viñas y matorral mediterráneo.

Por eso, cuando la palmera aparece como árbol dominante en una escena situada en ese entorno, deja de describir un lugar y empieza a actuar como icono. Dice “Oriente”, “Tierra Santa”, “Biblia”, pero lo dice de un modo genérico. No sitúa: evoca.

En un belén realmente bíblico, la vegetación no debería elegirse solo por su capacidad de producir una impresión inmediata. Debería ayudar a construir el lugar. Y para el entorno de Belén o de Ain Karin, el olivo sería una referencia mucho más prudente y mucho más significativa que la palmera.

Vista de las iglesias y del paisaje montañoso de Ein Kerem, cerca de Jerusalén.
Israel, Jerusalén, Iglesias de Ein Kerem, Monasterio de Gorny con la Catedral de Todos los Santos de Rusia (arriba) e Iglesia de la Visitación (abajo).2

En esta imagen aparecen cipreses y pinos carrascos, árboles característicos del paisaje actual de Ein Kerem pero no presentes en la Judea del siglo I. Su inclusión en la fotografía responde a plantaciones posteriores, no al ecosistema bíblico. En el siglo I, la montaña de Judea tenía encinas, terebintos, olivos silvestres, almeces y lentiscos; no cipreses ni pinares, que son fruto de intervenciones modernas.

Vista panorámica de Ein Kerem y sus colinas arboladas.
Ein Kerem,Israel, Jerusalén.3

Búsquese una palmera en esta imagen de Ein Kerem. Y, si hay alguna, conviene mirar cuál: la cuestión no es si en estos montes puede crecer una palmera, sino cuál. La que el imaginario bíblico da por supuesta es la datilera, de hoja en pluma, árbol del oasis y del valle cálido —Jericó, el Jordán—, que necesita veranos largos y calurosos para crecer y dar fruto. La que se planta hoy en la montaña, y está en la propia plaza de Belén, es otra: una palmera de abanico, de hoja palmada, resistente a la helada y traída de fuera, de América o de Asia. Porque ninguna palmera de abanico es propia del Levante: la única autóctona del Mediterráneo, el palmito, crece en el occidente —Iberia, el norte de África—, no aquí. Esa palmera es, en estos montes, doblemente forastera: ni la datilera del oasis ni el palmito del oeste. La diferencia se ve sin saber de botánica —pluma frente a abanico— y basta: la palmera que aparece en estas alturas es de abanico, plantada como adorno y elegida porque aguanta el frío (≈ −6 a −18 °C), no la datilera del calor. Que haya una palmera no prueba que haga calor; prueba lo contrario.

Plaza de Belén durante una celebración navideña, con una palmera de abanico.
Los palestinos se reúnen en Belén para celebrar la Navidad por primera vez desde 2022. Captura de vídeo.4

Dar la datilera por árbol propio de la montaña de Judea equivale a dar el abeto por propio de Ibiza: una imagen heredada, no un paisaje real. ¿Por qué, entonces, la damos por bíblica?

El arbolado real de Belén: la observación, con cifra

Lo que en Ein Kerem se ve a simple vista puede dejar de ser intuición. El Applied Research Institute–Jerusalem (ARIJ), con sede en la propia Belén, levantó el uso del suelo de la ciudad con sistemas de información geográfica: sobre 10.611 dunums de término municipal (un dunum es mil metros cuadrados), el bosque ocupa apenas 9 —menos del uno por mil—, y los cultivos permanentes, 4.187, que en esta montaña son olivar antes que nada. El inventario de árboles frutales lo confirma sin matices: registra el olivo como única especie presente —cien dunums, todos de secano— frente a cero dunums de cítrico, cero de frutal de hueso, cero de cualquier otra cosa. La palmera no figura ni siquiera como categoría con un cero al lado. El árbol de Belén, documentado y con número, es el olivo.5

Conviene leer el dato en su nivel. Procede de 2007–2008, es decir, del presente, y vale para el siglo I por la regla del clima —la altitud y el régimen de lluvias no han cambiado—, no como evidencia directa de la época. Y que la palmera no aparezca en el registro es ausencia, no imposibilidad; pero cruzada con la ecología de la datilera, que pide el calor y el agua freática del valle, esa ausencia deja de ser silencio y se vuelve inferencia razonable. Donde hoy, con viveros, lo que se planta son palmeras de abanico que resisten el frío, nunca la datilera del calor: el lugar no es el suyo.


El suelo sin vida y el rebaño que no pasta

Hay un tercer elemento que merece atención: el suelo sobre el que se desarrolla la escena de los pastores.

Pastorear es una actividad que ocurre donde hay pasto. No necesariamente pasto abundante. En el entorno semiárido de Judea, los rebaños pueden desplazarse en busca de hierba escasa, rastrojos, matorral bajo o vegetación dispersa. Pero algo debe sostener la presencia del rebaño. Si no hay alimento posible, la escena pierde coherencia interna.

En la imagen, el suelo aparece como una superficie uniforme, de color arena, prácticamente desprovista de vegetación. No se aprecian restos de hierba seca, ni matorral, ni rastrojos, ni irregularidades suficientes del terreno. Es una superficie escenográfica pensada para sostener visualmente las figuras, pero no para representar un campo de pastoreo.

La consecuencia es una contradicción narrativa: las ovejas indican que estamos ante pastores, pero el terreno no justifica que esos pastores estén allí con sus rebaños. La escena dice “pastoreo”, mientras el suelo muestra casi un desierto limpio y vacío.

De nuevo, el problema no es de ejecución, sino de referencia. Las ovejas aparecen porque pertenecen al relato. Pero el lugar en el que aparecen no ha sido pensado con la misma atención.

Un árbol compositivo, no una referencia situada

El árbol central de la composición ocupa un lugar importante porque sostiene visualmente la aparición del ángel. Desde el punto de vista escenográfico, la decisión se entiende: el árbol eleva, enmarca y da apoyo a una figura que, de otro modo, quedaría suspendida de forma más artificial.

El problema aparece cuando preguntamos qué árbol es.

Su copa densa, redondeada y genérica no remite con claridad a ninguna especie propia del entorno. No parece un olivo, que tendría un tronco más retorcido, una copa más irregular y una hoja más característica. Tampoco parece una higuera ni un algarrobo. Funciona como árbol escénico, no como árbol situado.

En un belén popular o de ambientación libre, esto no plantearía ningún problema. Pero en una obra que se presenta como bíblica, cada elemento importante debería poder responder a una pregunta sencilla: ¿qué lugar, qué tiempo y qué forma de vida representa?

Este árbol cumple una función compositiva legítima, pero no una documental: aporta imagen, no información bíblica.

El texto que confirma el problema

Hasta aquí, el análisis se ha centrado en la imagen. Pero la obra viene acompañada de un texto descriptivo que añade otra dimensión al problema.

Ese texto sitúa una de las escenas en el pueblo de Ein Karin, como lugar donde Isabel recibe la visita de su prima María. El dato aparece presentado con naturalidad, como si se tratara de una localización evangélica o históricamente segura.

Conviene distinguir. El Evangelio de Lucas, que es la fuente que narra la visitación, dice que María fue a “una ciudad de Judá”. No nombra Ain Karin. La identificación del encuentro con Ain Karin —Ein Kerem, en las afueras de Jerusalén— pertenece a una tradición posterior, consolidada por la memoria devocional y la presencia cristiana en el lugar. Es una tradición respetable, con siglos de historia. Pero no es un dato explícito del evangelio.

El problema no está en mencionar Ain Karin. Puede hacerse, siempre que se explique que se trata de una tradición. El problema aparece cuando una tradición posterior se presenta con el mismo grado de certeza que una fuente primaria.

Este mecanismo es muy parecido al que vemos en la escenografía. La palmera en las colinas de Judá, la cubierta redondeada como signo de antigüedad y la localización de Ain Karin sin advertencia pertenecen a registros distintos —visual, arquitectónico, textual—, pero muestran una misma confusión: una interpretación repetida durante mucho tiempo empieza a funcionar como si fuera el dato original.

Por qué ocurre esto y por qué importa

Nada de lo anterior pretende descalificar la calidad del conjunto ni la dedicación de quienes lo realizaron. Un belén de más de quinientas piezas, compuesto con cuidado y expuesto al público, representa un trabajo serio que merece respeto.

Lo que este análisis pretende mostrar es algo más específico: llamar bíblico a un belén no es, por sí solo, un acto de documentación. Es una declaración de intención. Y esa intención puede quedar parcialmente incumplida no por falta de habilidad, sino por falta de un método que distinga entre fuentes distintas antes de empezar a componer.

El resultado visible parece depender más de una memoria visual heredada que de una reconstrucción situada del lugar. Aparecen signos que el espectador reconoce enseguida como bíblicos: palmeras, cubiertas redondeadas, muros blancos, suelo árido, túnicas, rebaños, ángel. Cada uno de esos elementos tiene una fuerza evocadora. El problema es que esa fuerza no equivale necesariamente a precisión histórica.

Un belén bíblico que trabaja desde esas convenciones no está representando directamente la Judea del siglo I, sino la imagen que la tradición iconográfica occidental ha construido sobre ella; son cosas distintas.

Y distinguirlas no empobrece el belén. Lo vuelve más consciente.

Qué requiere un belén realmente bíblico

Señalar el problema no basta. La pregunta que sigue es: ¿qué habría que hacer de otra manera?

La respuesta no es complicada en su formulación, aunque exige trabajo real antes de empezar a construir. Un belén de ambientación bíblica requiere que cada elemento importante de la escena pueda responder a una pregunta concreta: ¿de dónde viene esto?

No en el sentido de dónde se compró la figura o de qué molde salió la palmera, sino en un sentido más profundo: ¿qué documentación respalda que esta cubierta, esta especie vegetal, este tipo de suelo, esta arquitectura o esta forma de vida corresponden al lugar y al tiempo que se pretende representar?

Eso implica un trabajo previo de investigación que no se puede sustituir solo con intuición ni con experiencia acumulada. La experiencia en belenismo enseña a construir bien. No enseña automáticamente qué construir cuando el referente es un tiempo y un lugar precisos que están a dos mil años de distancia.

Las fuentes existen y son accesibles. La arqueología del período del Segundo Templo ha aportado datos sobre arquitectura doméstica, objetos cotidianos, paisaje agrario, ganadería, organización del espacio y cultura material. Hay yacimientos excavados, publicaciones especializadas, museos con colecciones documentadas, estudios sobre paisaje y vegetación, y materiales visuales que permiten aproximarse con más prudencia al mundo histórico del relato.

No se trata de convertir el belén en una instalación arqueológica ni de eliminar su dimensión espiritual y narrativa. Se trata de que la escenografía sostenga la historia en lugar de contradecirla.

Un olivo retorcido sobre un suelo de piedra caliza, junto a una casa humilde con cubierta plana y un muro de contención de terrazas al fondo, puede decir más sobre la Judea real del siglo I que una palmera datilera delante de una fachada encalada. Y puede decirlo sin sacrificar la fuerza narrativa de la escena.

La distinción que propone este capítulo no es entre un belén bonito y uno feo, ni entre un belén piadoso y uno frío. Es entre un belén que ha mirado su referente y un belén que ha mirado, sobre todo, las imágenes que otros hicieron de su referente.

Esa diferencia, cuando se entiende, cambia el modo de trabajar desde el principio.

Ahora que sabemos más, ¿por qué seguir trabajando como si no lo supiéramos?

¿Desde qué imagina un belenista cuando imagina?

Si, después de preguntarnos qué puede dar mayor autenticidad a un pesebre bíblico, damos un paso más, aparece una cuestión que ya no conviene esquivar: ¿desde qué imagina un belenista cuando imagina?

No desde la nada. Pero conviene empezar por algo más sencillo: ver no basta. Vemos continuamente. Vemos personas, calles, animales, herramientas, ropas, edificios. Y, sin embargo, casi todo eso pasa ante nosotros sin quedar verdaderamente retenido.

Basta pensar en algo muy simple. Uno puede haber visto bicicletas toda su vida y, sin embargo, no saber dibujar una sin tenerla delante. En ese caso, en realidad no la ha observado de verdad. La ha visto, sí, pero no ha comprendido bien su estructura ni la ha retenido con suficiente claridad.

Aquí está la diferencia importante. Una cosa es ver. Otra, observar. Otra, comprender. Y otra, retener de tal modo que lo visto pueda volver a aparecer desde dentro cuando ya no está delante de los ojos.

El filósofo José Ortega y Gasset ayuda a poner nombre a una experiencia que cualquier creador conoce: las imágenes no aparecen en la mente como una pura decisión voluntaria. Surgen, se encadenan, vuelven, se mezclan con recuerdos y fantasías. Por eso la imaginación no trabaja desde el vacío, sino desde un mundo interior previamente formado.

En sus lecciones de 1933-1934, reunidas bajo el título Principios de metafísica según la razón vital, Ortega escribe que en nuestra mente “surgen cadenas de imágenes” y recuerda que esa producción recibe el nombre de imaginación, fantasía o memoria según esas imágenes estén o no adscritas a un pretérito determinado. Añade además: “No hago yo mis imágenes ni mis recuerdos” e “Imaginación y memoria son mecanismos mentales que funcionan por su cuenta”.6

Esta observación permite formular una cuestión decisiva para este capítulo: imaginar no es sacar formas del vacío, sino trabajar desde una vida interior ya poblada de imágenes.

Por eso quien ha aprendido a observar, a comprender y a retener puede imaginar con mayor riqueza y con mayor verdad. Quien no ha hecho ese trabajo imagina con los materiales que tiene más a mano: los más visibles, los más repetidos, los más heredados.

Esto tiene una consecuencia muy concreta para el belenista. Una referencia no es solo algo que se consulta cuando llega el momento de decidir una figura, un muro o una escena. Antes que eso, es algo que ayuda a formar la memoria desde la que después se imagina.

Por eso la documentación no actúa solo en el instante de la consulta. Actúa mucho antes, cuando empieza a educar la mirada, a ordenar lo observado y a poblar de verdad ese mundo interior desde el que después se compone.


La memoria de un belenista no es un archivo cualquiera

Dos escultores pueden tener una técnica parecida, un estilo parecido, una fe parecida y una intención semejante. Y, aun así, las escenas que producen pueden ser muy distintas. La diferencia no está siempre en cómo ejecutan la obra. Muchas veces está en otra cosa menos visible: en qué ha retenido cada uno y en cómo lo ha retenido.

Un belenista que ha ordenado lo que sabe del mundo del siglo I, que ha contrastado imágenes heredadas con hallazgos materiales, que ha leído los evangelios con atención y ha discutido con otros belenistas la solidez de una u otra solución, imagina con unos materiales. Un belenista que solo ha acumulado catálogos y estampas imagina con otros.

La diferencia no suele estar solo en el talento, sino también en la memoria con la que cada uno trabaja, una memoria que no se improvisa: se construye.


Qué es, entonces, una referencia

A partir de aquí, la definición cambia de sitio.

En este trabajo, una referencia no es cualquier imagen que se mira antes de modelar una figura o de componer una escena. Una fotografía mirada durante cinco segundos no es una referencia: es una impresión. Una ilustración mil veces vista sin haberla pensado nunca tampoco lo es: es una inercia visual.

Una referencia es un material que ha pasado por el trabajo de observar, comparar, contrastar e interpretar, y que por eso ha entrado a formar parte de la memoria con la que uno imagina.

A veces confirma una intuición.
Otras la corrige.
Otras obliga a revisar una imagen muy arraigada.
Y, en ocasiones, abre una posibilidad que ni siquiera se había contemplado.

La referencia no sustituye la creación. La alimenta por dentro.


Las capas de la memoria y el problema del orden

La memoria de un belenista no está formada por un solo tipo de material. En ella conviven el relato evangélico, el mundo humano en que ese relato sucede, los rastros que la arqueología conserva y las imágenes que la tradición artística ha ido acumulando durante siglos. Conviene distinguirlas, porque cada una responde a una pregunta distinta y no todas tienen el mismo grado de cercanía con el mundo histórico que se quiere representar.

Pero antes de nombrarlas, vale la pena señalar el problema que aparece cuando no se las distingue: la memoria iconográfica —la más abundante, la más inmediata, la que ofrece más imágenes disponibles— tiende a ocupar el lugar de las otras tres. No por mala voluntad, sino porque llega antes. Cuando un belenista no ha ordenado lo que recuerda, decide casi sin darse cuenta desde esa capa: es la que tiene más material a mano, la que se impone con más facilidad. El problema no es tener muchas imágenes en la memoria. Es no saber desde qué lugar hablan.

Adoración de los Reyes Magos ambientada en una arquitectura de los Países Bajos del siglo XV.
Geertgen tot Sint Jans (taller), La adoración de los Reyes Magos, c. 1480–85. Rijksmuseum, Ámsterdam.
Una obra de gran belleza y fuerza narrativa que habla, ante todo, de los Países Bajos del siglo XV: la arquitectura, los ropajes, la disposición espacial y la luz son convenciones de una época y una tradición, no datos sobre la Judea del siglo I. Eso no la invalida como referencia compositiva o espiritual. Pero sí obliga a saber qué tipo de referencia es.7

La memoria del relato es la primera, porque sin ella no sabemos exactamente qué estamos representando. Su núcleo está en los evangelios de la infancia —Mateo 1–2 y Lucas 1–2—: los personajes, los desplazamientos narrativos, las acciones, los signos, el sentido de lo que se representa. Pero retener esta memoria no es memorizar frases. Es aprender a distinguir entre lo que el texto afirma, lo que sugiere, lo que calla y lo que deja abierto. Los silencios del relato también son importantes: obligan a no afirmar con ligereza lo que el texto no dice. Y las diferencias entre un evangelista y otro no son errores a corregir: son matices que el belenista que lee con atención puede convertir en decisiones creativas.

Calle estrecha de Belén con casas de piedra en una fotografía hacia 1880.
Calle de Belén, hacia 1880. Imágenes como esta han influido en la imaginación visual del mundo bíblico, pero no pueden tomarse como documentación directa del siglo I. Su valor es analógico y comparativo, no probatorio.8

Belén es un laberinto de calles estrechas y sinuosas, bordeadas por casas en forma de caja, con tejados planos cubiertos de hierba y ventanas salientes. Aquí murió Raquel y fue enterrada; aquí vivieron Rut y Booz, y aquí nacieron David y el Salvador.

El texto procede de la descripción que acompaña a la fotografía en su página de archivo.8


Hay un detalle interesante: el texto no describe solo una calle, sino que carga Belén de memoria bíblica. Une la imagen urbana —calles estrechas, casas planas, ventanas salientes— con una lectura devocional e histórica: Raquel, Rut, Booz, David y Jesús.

La memoria del contexto sostiene la escena desde dentro. El nacimiento de Jesús no sucede en un espacio neutro: sucede en el judaísmo del siglo I, bajo dominio romano, dentro de un entorno físico, histórico, político, religioso y cultural concreto.

En esa cultura, la hospitalidad, el honor, la pureza, la pobreza y la relación con el poder tenían formas y significados propios.

Esta memoria rara vez se traduce en un detalle visible inmediato. Pero sin ella, los elementos visibles quedan como piezas sueltas de un decorado: formalmente correctos, vacíos de verdad humana.

Grupo de personas recogiendo aceitunas en Palestina entre 1880 y 1922.
Recogida de aceitunas en Palestina, fotografía entre ca. 1880 y 1922. No documenta la vida rural de Judea en el siglo I, pero muestra por qué muchas imágenes modernas de Palestina fueron utilizadas como apoyo para imaginar el contexto agrario y humano de los relatos bíblicos.9

La memoria material es la que da cuerpo a ese mundo. Procede de la arqueología: viviendas, utensilios, tejidos, herramientas, espacios domésticos, sistemas constructivos, huellas de una vida concreta. Gracias a ella, el siglo I deja de ser una idea vaga y empieza a tener límites y formas reconocibles. Pero conviene no pedirle más de lo que puede dar. Un hallazgo aislado no explica por sí solo una escena. Un objeto documentado no resuelve una composición. La arqueología orienta y corrige, pero no sustituye el juicio del creador.

Pequeña lámpara de aceite herodiana de terracota.
Lámpara de aceite herodiana, siglo I a.C. – siglo I d.C. Terracota. Yacimiento de Khirbet Tarfin, Israel. Este es el tipo de lámpara que iluminaba las casas judías en tiempos del nacimiento de Jesús: fabricada a torno, sin decoración, de tamaño reducido. No aparece en ninguna Natividad conocida. Eso no significa que no existiera: significa que la tradición iconográfica nunca la necesitó. La arqueología sí la ha encontrado, por centenares, en excavaciones de toda Judea.10

La memoria iconográfica, por último, es la más vasta y también la más equívoca. La forman las imágenes del nacimiento que el arte ha producido a lo largo de los siglos: pinturas, estampas, ilustraciones, reconstrucciones, biblias decimonónicas, fotogramas de cine, catálogos de taller. No conviene despreciarla: en ella hay fuerza narrativa, soluciones visuales trabajadas durante siglos y un lenguaje simbólico con raíces profundas. Pero es una memoria formada a través de imágenes ya interpretadas por otros. Una pintura barroca puede decir tanto o más sobre el siglo XVII que sobre la Judea del siglo I. Una estampa devocional muy difundida puede estar transmitiendo una convención centenaria como si fuera un dato histórico.

Natividad de Lorenzo Monaco con la Virgen sosteniendo al Niño junto al pesebre y san José.
Imagen 1 Lorenzo Monaco, Natividad, 1395–1400. Gemäldegalerie, Staatliche Museen zu Berlin.11
Natividad de Lorenzo Monaco con el Niño en el suelo, adorado por la Virgen y acompañado por san José.
Imagen 2 Lorenzo Monaco, Natividad, ca. 1406–1410. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.12

En apenas dos décadas, el mismo artista resuelve el mismo tema de manera opuesta. En la primera obra, la Virgen sostiene al Niño: el gesto es materno, el contacto es directo. En la segunda, el Niño yace en el suelo, desnudo, rodeado de luz propia, y la Virgen lo adora desde la distancia. No es una evolución estilística: es un cambio de fuente. La segunda composición sigue el modelo de las visiones de santa Brígida de Suecia, cuya descripción del nacimiento —el Niño en tierra, la madre arrodillada en adoración, una luz sobrenatural— circulaba ampliamente desde mediados del siglo XIV. Monaco no abandona una iconografía por otra mejor: elige entre dos tradiciones que coexisten. La memoria iconográfica no es un sistema fijo que los artistas heredan sin más; es un repertorio en tensión. Que un mismo pintor florentino adoptara una solución tan distinta en tan poco tiempo dice algo sobre cómo funcionaba ese repertorio: no como herencia cerrada, sino como campo de elección. Otros artistas del mismo periodo, en el mismo lugar, no se movieron. La geografía y el taller pesan tanto como la teología.

La pregunta que conviene hacer ante cualquier imagen heredada no es si es bella o evocadora, sino si ayuda a comprender mejor el mundo que se quiere representar o si solo ofrece una forma ya hecha de imaginarlo. Son cosas distintas, y confundirlas tiene consecuencias en la obra.

No toda memoria pesa igual

Retener estas memorias no basta. Hace falta ordenarlas. No responden a la misma pregunta, ni tienen el mismo grado de cercanía con el mundo del siglo I, ni merecen la misma confianza en la misma situación.

La memoria iconográfica, precisamente porque es la más abundante, tiende a ocupar el lugar de las otras cuando no se la sitúa con claridad. Cuando un belenista no ordena lo que recuerda, produce casi sin darse cuenta desde la capa iconográfica: es la más inmediata, la que ofrece más imágenes disponibles, la que llega antes.

El problema no es tener muchas imágenes en la memoria, sino no saber desde qué lugar hablan esas imágenes.

Por eso formar criterio consiste, en gran medida, en no dejar que la memoria más accesible decida por las otras. La tradición visual puede ayudar mucho a imaginar, pero no debería decidir sola qué aspecto tuvo un muro, cómo se organizaba una casa, qué tipo de objeto podía aparecer en una escena o qué gesto conviene atribuir a un personaje.

Formar criterio es aprender a distinguir:

  • entre una fuente primaria y una lectura tardía;
  • entre una reconstrucción documentada y una imagen meramente evocadora;
  • entre una tradición valiosa y una evidencia histórica;
  • entre lo que una fuente muestra directamente y lo que solo permite inferir con prudencia.

La tradición artística entra en la memoria si se sabe leer

Cuando se habla de documentación, a veces parece que hubiera que escoger entre dos extremos: o la fidelidad histórica, o la tradición artística. Plantearlo así sería un error.

La tradición importa. Durante siglos ha dado forma visible al nacimiento de Jesús. Ha creado composiciones memorables, figuras conmovedoras, gestos grabados en la memoria colectiva y atmósferas que todavía hoy conservan fuerza. En ella hay arte, fe, sensibilidad, símbolos y una larga experiencia visual que no conviene despreciar.

Pero precisamente porque esa tradición es poderosa, conviene no confundirla con una prueba histórica. Una obra barroca, una imagen devocional del siglo XIX o una fórmula popular muy difundida pueden tener gran valor artístico y espiritual y, al mismo tiempo, hablar más de la época que las produjo que del mundo histórico al que remite el relato.

Leer críticamente la tradición no significa romper con ella. Significa situarla: reconocer que pertenece a la memoria iconográfica, no a la histórica ni a la material, aunque pueda nutrir con fuerza la tarea creativa.

La memoria no sustituye la voz

Ninguna acumulación de referencias crea por sí sola una obra.

La memoria ordenada no decide la composición, no propone el gesto, no pone la luz. Quien hace eso es el belenista. Pero la diferencia entre un belenista que trabaja desde una memoria formada y otro que trabaja desde una memoria dominada por inercias no depende solo de la convicción ni del talento. Depende también de los materiales disponibles para la imaginación en el momento de decidir.

Por eso constituir memoria no es renunciar a la voz propia. Es darle con qué hablar.

La referencia no apaga al escultor. Puede afinar lo que decide, dar peso a lo que deja fuera y volver más consciente una elección.

El pesebre bíblico no es una maqueta arqueológica. Es una obra que intenta sostener, al mismo tiempo, una historia concreta, un mundo real y, lo más difícil, decir algo.


Antes del siguiente paso

Una vez visto desde qué imagina un belenista cuando imagina, y qué hay que haber trabajado para que esa imaginación no funcione por inercia, queda una cuestión inevitable:

¿Cómo empieza esa memoria a traducirse en la escena?

Constituir memoria no consiste en llenar carpetas de imágenes y notas. Consiste en dejar que lo observado transforme la manera de decidir.

Una referencia no empieza en la escena. Empieza en la mirada que aprende a ver.

Ese será el siguiente paso: ver cómo una referencia deja de ser apoyo mental o cultural y empieza a orientar decisiones concretas dentro de la obra arquitectura, luz, pesebre, indumentaria, objetos, composición, atmósfera.


Las referencias

  1. ↑ [1a] ↑ [1b] Belén Bíblico Monumental [exposición]. (2010). ARTEINFORMADO. https://www.arteinformado.com/agenda/f/belen-biblico-monumental-43597
  2. ↑ [2] Ein Karem Churches [fotografía]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Ein_Karem_Churches.jpg
  3. ↑ [3] EinKaremMar042023 [fotografía]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:EinKaremMar042023.jpg
  4. ↑ [4] Palestinos se reúnen en Belén para celebrar la Navidad por primera vez desde 2022 [vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=hlqhjfENLIo
  5. ↑ [5] Applied Research Institute–Jerusalem (2010). Bethlehem City Profile. Uso del suelo: unidad GIS del ARIJ, 2008; árboles frutales: Ministerio de Agricultura palestino, 2007.
  6. ↑ [6] Ortega y Gasset, J. Obras completas. Tomo IX (1933/1948). Obra póstuma. Penguin Libros. https://www.penguinlibros.com/es/filosofia/38588-libro-obras-completas-tomo-ix-1933-1948-obra-postuma--9788430606672/fragmento
  7. ↑ [7] Geertgen tot Sint Jans (taller) (c. 1480–1485). De aanbidding van de koningen (La adoración de los Reyes Magos) [óleo]. Rijksmuseum, Ámsterdam, inv. SK-A-2150, vía Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Geertgen_tot_St._Jans_-_De_aanbidding_van_de_koningen_-_Rijksmuseum_SK-A-2150.jpg
  8. ↑ [8a] ↑ [8b] Bethlehem street 1880 [fotografía]. Wikimedia Commons. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Bethlehem_street_1880.jpg — El texto citado procede de la descripción de la página del archivo; pendiente de cotejo su fuente impresa original.
  9. ↑ [9] Palestine—Picking olives [fotografía, c. 1880–1922]. Library of Congress, Prints and Photographs Division. Sin restricciones conocidas de publicación. https://www.loc.gov/item/00651202/
  10. ↑ [10] Herodian candle at the Khirbet Terpin site [fotografía]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:%D7%A0%D7%A8_%D7%94%D7%A8%D7%95%D7%93%D7%99%D7%90%D7%A0%D7%99_%D7%91%D7%90%D7%AA%D7%A8_%D7%97%27%D7%A8%D7%91%D7%AA_%D7%98%D7%A8%D7%A4%D7%99%D7%9F.jpg
  11. ↑ [11] Monaco, L. (1395–1400). Natividad [tabla de álamo, 26,3 × 60,7 cm]. Gemäldegalerie, Staatliche Museen zu Berlin, inv. 1113. https://id.smb.museum/object/863595
  12. ↑ [12] Monaco, L. (c. 1406–1410). The Nativity [temple y oro sobre tabla, 22,2 × 31,1 cm]. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, Robert Lehman Collection, inv. 1975.1.66. https://www.metmuseum.org/art/collection/search/459007