Un pesebre no se improvisa: se compone.
No se copia: se interpreta.
Entre tradición y verdad
En Navidad vemos pesebres muy distintos: familiares, populares, monumentales, regionales, artísticos o devocionales. Algunos trasladan el nacimiento de Jesús al mundo de quien los crea; otros intentan acercarse al mundo en que el relato sitúa aquel nacimiento.
Por eso, después de abrir la pregunta sobre el pesebre bíblico, conviene dar un paso más:
¿qué entendemos aquí por autenticidad cuando hablamos de un pesebre bíblico?
No se trata de buscar una pureza imposible ni de imaginar que todo puede resolverse con exactitud absoluta. Tampoco se trata de despreciar la tradición artística, que durante siglos ha dado forma visible al nacimiento de Jesús con verdadera fuerza.
Pero una cosa es reconocer el valor de esa tradición, y otra muy distinta confundirla automáticamente con el mundo histórico en que se sitúa el relato.
Hablar aquí de autenticidad no significa aspirar a una reconstrucción arqueológica cerrada. Significa intentar que la escena nazca de una comprensión más consciente: del relato que se representa, del mundo en que ese relato sucede y de las decisiones visuales que dan forma a la escena.
Un pesebre bíblico no es más auténtico porque parezca más antiguo, más oriental o más extraño a nuestra mirada. Lo es cuando sus formas, sus personajes, sus espacios y su atmósfera responden a una pregunta más honda: qué historia estoy contando y desde qué mundo quiero hacerla visible.
Nota sobre las imágenes del Manual Las imágenes incluidas en este Manual proceden, siempre que ha sido posible, de obras de dominio público, colecciones museísticas abiertas o archivos históricos. No he elegido para señalar obras o autores contemporáneos concretos, sino para estudiar cómo ciertas imágenes del nacimiento de Jesús se han formado, transmitido y repetido a lo largo del tiempo. Por ese motivo, he decidido no utilizar figuras ni belenes particulares actuales como ejemplos de análisis crítico. No se trata de decir que una obra concreta ‘está mal’, sino de comprender de dónde vienen las formas visuales que el belenismo ha heredado y cómo se han convertido en lo que hoy reconocemos como ‘esto viene de aquí’. En este Manual interesa estudiar las fuentes, no las consecuencias: las pinturas, esculturas, grabados, ilustraciones, documentos visuales y tradiciones artísticas que, durante siglos, han alimentado nuestra manera de imaginar el mundo bíblico.
La autenticidad no depende solo de la apariencia
Un pesebre bíblico no se define por dar a las figuras un aire oriental ni por añadir algunos elementos antiguos sobre una escena ya conocida.
Puede haber ropajes “orientalizantes”, muros de piedra, palmeras o alguna arquitectura de apariencia remota, y seguir tratándose de una imagen más heredada que pensada.
La autenticidad no depende solo de la apariencia exterior. Depende de la coherencia interna de la representación: qué historia se cuenta, en qué mundo se sitúa y qué relación guardan entre sí el relato, el contexto y la forma.
No es indiferente imaginar una casa, una gruta, un patio, un establo, una lámpara, un tejido, un recipiente, un pesebre o un camino. Cada objeto introduce una idea del mundo representado. Cada decisión visual acerca o aleja la escena de la realidad cultural, material y humana en la que queremos situarla.
Por eso, un pesebre bíblico no empieza cuando la escena “parece antigua”, sino cuando empieza a construirse con mayor conciencia del mundo al que remite.

Qué entendemos aquí por pesebre bíblico
En este Manual, un pesebre bíblico es una representación artística del nacimiento de Jesús ambientada, en la medida de lo posible, en la Judea del siglo I.
Eso implica intentar situar la escena en su tierra, su cultura, su modo de vida y su horizonte religioso, sin limitarse a repetir fórmulas visuales heredadas. No se trata de vestir el belén con un aire vagamente oriental ni de convertirlo en una escenografía exótica. Se trata de acercarse con mayor atención al mundo real en que el relato sitúa a María, a José, a los pastores y al propio nacimiento de Jesús.
La expresión pesebre bíblico no significa que todo pueda saberse con certeza. Muchas cosas solo pueden reconstruirse de manera razonable, comparando datos, fuentes y contextos. Pero sí significa que la escena no se construye desde cualquier imagen acumulada por la costumbre, sino desde una voluntad de comprensión.
Un pesebre bíblico no sustituye la tradición por arqueología. Tampoco convierte la creación artística en una maqueta documental. Lo que hace es pedir a la tradición una lectura más atenta, y a la imaginación, una base más verdadera.

Fotografía de Zoltan Kluger. Tejados planos, volúmenes cúbicos, piedra clara y una ciudad adaptada a las colinas en terrazas. La imagen no sirve para reconstruir el Belén del siglo I, pero sí para cuestionar una convención: ¿dónde está la cúpula redonda que tantos pesebres de estilo "hebreo" han convertido en signo automático de lo bíblico? No aparece como rasgo dominante porque procede de otro imaginario: una arquitectura orientalizada de raíz árabe y otomana, filtrada por el orientalismo europeo del siglo XIX y fijada después por el cine, la ilustración devocional y la repetición belenística. Entre el tiempo de Jesús y ese mundo median más de seis siglos. 2
Relato y el mundo: dos ejes que no conviene confundir
La autenticidad de un pesebre bíblico se sostiene sobre dos ejes que conviene no mezclar.
Uno es el relato: lo que los evangelios de Mateo y Lucas narran, sugieren o callan sobre el nacimiento de Jesús. Ese eje tiene su capítulo propio más adelante, donde el texto evangélico se trata como lo que es para el belenista: un guion que debe ser leído con atención.
El otro es el mundo en que ese relato se sitúa: la Judea del siglo I, con su marco histórico, su cultura material y los hombres y mujeres concretos que la habitaron.
Los dos ejes son necesarios
Si solo atendemos al relato, podemos quedarnos en una escena devocional sin mundo. Si solo atendemos al contexto histórico, podemos construir una ambientación correcta pero sin alma narrativa. El pesebre bíblico necesita ambas cosas: una historia reconocible y un mundo verosímil donde esa historia pueda tomar cuerpo.
Este capítulo 2 se ocupa sobre todo del segundo eje: el mundo que hace posible la escena.

El inicio del relato de la Natividad en su forma material más antigua conservada: papiro egipcio, escritura continua sin separación de palabras. El belenista necesita este eje: saber con precisión qué narra el texto, qué sugiere y qué calla. 3

El mundo material en que el relato se sitúa: Judea bajo dominio romano, con su arquitectura, su topografía y su vida cotidiana. Sin este eje, la escena puede quedar sin mundo. 4
Nota aclaratoria
Antes de entrar en estos planos, conviene recordar algo sencillo: el artista no representa únicamente lo que ve; representa también desde lo que cree saber.
Si imagina Belén como una tierra siempre calurosa, sus figuras, sus ropajes, su luz y su atmósfera nacerán de esa idea. Si comprende que Belén y Jerusalén pueden ser frías y lluviosas en invierno, la escena pedirá otras decisiones.
Por eso, la autenticidad empieza también en revisar las imágenes previas desde las que creamos. Esta cuestión se desarrollará con más detalle en los próximos capítulos, al hablar de referencias, memoria visual e imaginación.


Tissot pintó el paisaje árido y caluroso que separa Jerusalén de Jericó: ocres, camellos, luz de desierto. La fotografía muestra Belén en invierno, a menos de treinta kilómetros. Belén está a 762 metros de altitud, recibe más de 500 mm de lluvia al año y puede nevar. La comparación no pretende enfrentar arte y documento, sino señalar algo más sencillo: una idea previa condiciona la representación. Si el creador imagina Tierra Santa como un desierto perpetuo, esa idea afectará a la luz, los ropajes, la atmósfera y la postura de las figuras. El artista no representa solo lo que ve: representa también desde lo que cree saber.
Los planos de autenticidad del mundo representado
1. El marco histórico y social
El nacimiento de Jesús no sucede en un tiempo abstracto ni en una tierra imaginaria. Se sitúa en un momento concreto: una Judea bajo dominio romano, con tensiones políticas, desigualdades sociales y una identidad religiosa muy marcada.
Representar esa escena con mayor verdad exige, al menos, no borrar ese marco.
Esto no significa llenar el pesebre de explicaciones históricas. Una escena no debe convertirse en una lección ilustrada. Pero el artista que la compone necesita saber desde dónde trabaja. No es lo mismo imaginar un nacimiento en una aldea europea idealizada que situarlo en una tierra sometida, pobre, religiosa y atravesada por esperanzas profundas.
La historia no aparece solo en los grandes edificios o en los personajes poderosos. También aparece en la pequeñez de una vivienda, en la pobreza de unos objetos, en la forma de un camino, en la presencia de unos pastores o en la manera de entender la familia, la hospitalidad, el trabajo y la espera.
2. La cultura material
Las casas, los muros, los recipientes, los tejidos, las herramientas, los pesebres, la iluminación, los caminos y los espacios domésticos no son adornos secundarios. Forman parte del mundo visible en el que la historia toma cuerpo.
La autenticidad también pasa por aquí: por la materia cotidiana de una sociedad concreta.
Una lámpara, una vasija, un manto, una puerta, una pared o una zona de sombra pueden parecer detalles menores. Pero en una escena bien pensada no son simples complementos. Ayudan a decir dónde estamos, qué tipo de vida rodea a los personajes y qué mundo sostiene silenciosamente el relato.
El problema no está en que una escena sea sencilla. Al contrario: el nacimiento de Jesús pide muchas veces sencillez. El problema aparece cuando esa sencillez nace de fórmulas repetidas sin relación clara con el mundo que se pretende representar.
No basta con poner piedra, madera o telas rústicas. Hace falta preguntarse qué piedra, qué madera, qué tejidos, qué formas de habitar y qué objetos tienen sentido dentro de ese contexto.
3. La identidad judía de los protagonistas
María, José, los pastores y sus vecinos eran judíos del siglo I. No eran personajes genéricos de una Navidad idealizada, ni campesinos europeos de épocas posteriores, ni figuras orientales construidas desde la fantasía.
Esta diferencia no es decorativa. Afecta a la manera de vestir, de habitar, de desplazarse, de trabajar, de rezar y de situarse dentro del mundo.
También afecta al modo de comprender el relato. El nacimiento de Jesús no sucede en un vacío religioso. Pertenece a un pueblo con memoria, con Escrituras, con prácticas, con esperanza y con una relación concreta con Dios, con la Ley, con el templo y con las promesas recibidas.
Por eso, representar a María, a José o a los pastores como judíos de su tiempo no consiste en añadir señales externas de “antigüedad”. Consiste en no arrancarlos del mundo que les da espesor humano y espiritual.
El pesebre bíblico no busca personajes disfrazados de antiguos. Busca figuras que puedan ser comprendidas dentro de su propia tierra, su propia cultura y su propia historia.
4. La condición humana de la escena
La autenticidad no se agota en el dato histórico ni en la cultura material. También tiene que ver con la condición humana de los protagonistas.
El nacimiento de Jesús no es una imagen idealizada sin espesor. Es una escena atravesada por vulnerabilidad, espera, pobreza, cuidado y promesa.
María no es solo una figura colocada junto al Niño. José no es solo un acompañante necesario para completar la composición. Los pastores no son solo personajes populares que animan la escena. Todos ellos pertenecen a una situación humana concreta.
Hay cansancio, incertidumbre, intemperie, protección, silencio, atención, fe. Hay un nacimiento real, en condiciones humildes, dentro de una historia que no se entiende del todo desde fuera.
Si esa dimensión humana desaparece, la escena puede seguir siendo bella, amable o decorativa, pero pierde profundidad. La fidelidad bíblica no consiste solo en acertar con los objetos. También consiste en no borrar la fragilidad del acontecimiento que se representa.

La fotografía no reconstruye Belén del siglo I, pero permite mirar algo importante: una escena no nace solo de grandes símbolos, sino de espacios domésticos, muros, zonas excavadas, animales, tejidos y gestos de cuidado. La cultura material no es un adorno añadido al relato; es el mundo visible donde la vida toma cuerpo. 7
Por qué muchas imágenes heredadas no bastan
La dificultad no está solo en la falta de documentación. Está también en la fuerza de las imágenes heredadas.
Durante siglos, el belén ha sido modelado por tradiciones muy diversas: barrocas, costumbristas, regionales, devocionales, orientalistas o teatrales. Todo ello ha dado lugar a un patrimonio visual riquísimo, pero no siempre coherente con la Judea del siglo I.
Por eso todavía aparecen con naturalidad escenas donde conviven:
- Edificaciones medievales, alpinas o regionales con figuras de aire oriental;
- ropajes teatrales o lujosos ajenos a la realidad material del relato;
- personajes semidesnudos en escenas invernales, cuando en Belén el frío y la lluvia forman parte del paisaje estacional;
- representaciones del Niño Jesús desnudo y con una presencia corporal más propia de un bebé de varios meses que de un recién nacido. Aunque estas imágenes pueden tener una intención simbólica dentro de la tradición artística, muestran cómo una imagen heredada puede desplazar la lectura directa de Lucas, donde María envuelve al recién nacido en bandas de tela antes de acostarlo en el pesebre. Este punto se tratará con más detalle en el bloque Escenas del Nacimiento de Jesús, en la página de esa escena;
- Magos construidos más desde la fantasía iconográfica que desde una lectura atenta del texto bíblico.
Nada de esto invalida el valor estético, devocional o cultural de otras tradiciones. Algunas han producido obras de enorme belleza y forman parte de la historia viva del belén.
Pero cuando lo que se busca es un pesebre bíblico con mayor coherencia histórica, narrativa y humana, hace falta reconocer que esas imágenes no bastan por sí solas.
Una imagen puede ser heredada, querida y valiosa, y al mismo tiempo no ser suficiente para representar con verdad el mundo bíblico al que dice remitir.
El problema aparece cuando las imágenes heredadas dejan de ser miradas críticamente. Se reciben, se repiten y se defienden como si fueran evidentes. Entonces la tradición visual deja de actuar como una tradición viva y se convierte en automatismo.
No es que esas imágenes carezcan de valor. Es que, cuando no se examinan, pueden acabar pesando más que el propio relato que dicen representar.



Mismo siglo, tres lecturas del mismo relato. En La Tour el Niño está envuelto en fajas: es un recién nacido. En Rembrandt está apenas visible, pero envuelto y rodeado de los brazos de María, y la luz proviene de una lámpara de aceite que sostiene José —no de un resplandor sobrenatural—: él no es espectador sino quien hace posible que los demás vean al Niño. En Murillo está desnudo, despierto y luminoso por sí mismo: una imagen de gran fuerza devocional, pero que ya no sigue a Lucas sino a una convención pictórica que lo ha desplazado.
Comparación visual sobre el recién nacido y la función de José.
La tradición artística no ha representado siempre al Niño Jesús del mismo modo.
En muchas obras, el Niño aparece desnudo, despierto y con una presencia corporal más propia de un bebé de varios meses que de un recién nacido.
Esa imagen puede tener una intención simbólica dentro de la tradición cristiana, pero también muestra cómo una forma heredada puede desplazar la lectura directa de Lucas, donde María envuelve al recién nacido en bandas de tela antes de acostarlo en el pesebre.
La imagen del niño envuelto permite recordar el gesto humano del cuidado.
En la Adoración de los pastores de Murillo, José permanece sobre todo como testigo contemplativo de la escena.
En la Adoración de los pastores de Rembrandt, su papel cambia: José participa de forma activa: sostiene la lámpara de aceite. Y eso no es un detalle menor. Al iluminar al recién nacido, José no solo “está” en la escena; ayuda a revelar lo que está ocurriendo. La luz pasa por su gesto. Eso le da una función compositiva, humana y casi teológica: no es un espectador añadido, sino parte del cuidado y de la manifestación del Niño.
El problema no es la tradición visual en sí, sino dejar de preguntarse qué dice cada imagen, de dónde procede y qué relación guarda con el relato que afirma representar.
No toda interpretación plantea el mismo problema
Conviene distinguir con claridad entre varios modos de representar el nacimiento de Jesús.
Una cosa es una interpretación folclórica regional —provenzal, tirolesa, napolitana, catalana, madrileña, bávara o de cualquier otra tradición local—. En estos casos, el desplazamiento es evidente: nadie espera que esas escenas se presenten como reconstrucción histórica de la Judea del siglo I. Son traducciones culturales y devocionales del relato, y su verdad pertenece a otro orden.
Otra cosa es una interpretación libre o contemporánea, incluso abstracta. También aquí puede haber una lectura valiosa, siempre que se reconozca como interpretación artística y no como representación histórica.
El problema aparece en otro lugar: cuando una escena o unas figuras se presentan como “hebreas”, “bíblicas”, “auténticas” o casi arqueológicas, y en realidad responden a convenciones visuales posteriores, muchas veces heredadas sin examen crítico.
Entonces la cuestión ya no es solo estilística. Es una cuestión de claridad.
Una interpretación puede ser legítima aunque no sea histórica. Lo que no conviene es revestirla de una autoridad histórica que no puede sostener.
No se trata, por tanto, de sustituir una convención por otra. No se trata de cambiar una estética europea por una estética “hebreizante” y dar por resuelto el problema. Se trata de aprender a representar desde una comprensión más verdadera.

El belén napolitano no pretende reconstruir la Judea del siglo I. Traslada el nacimiento de Jesús a un mundo cultural propio, lleno de arquitectura, vestidos, oficios, gestos y vida cotidiana de la tradición napolitana. Por eso funciona como transposición consciente del relato. El problema no está en trasladar la escena a otro mundo, sino en presentar una transposición como si fuera una reconstrucción histórica del mundo original. 11
El estilo hebreo: lo que dice ser y lo que es
Conviene distinguir dos cosas que casi siempre se dicen como si fueran la misma.
Una cosa es lo que el estilo hebreo dice ser. Otra cosa es lo que el estilo hebreo es.
Esta distinción no nace de un rechazo, sino de una necesidad de claridad. En la historia de las artes, ningún estilo vive fuera del tiempo. Cada lenguaje aparece en un contexto, responde a unas preguntas, alcanza su momento de plenitud y, tarde o temprano, deja paso a nuevas formas de mirar.
Que un estilo sea superado no significa que pierda su valor. El Barroco no pierde su grandeza porque después llegue el Clasicismo. Bach no es peor que Mozart porque Mozart pertenezca a otro horizonte musical. Son mundos distintos, con preguntas distintas, con formas distintas de comprender la composición, el equilibrio, la emoción y el tiempo.
Con el belenismo sucede algo parecido. El llamado estilo hebreo pertenece a una etapa concreta de la historia del pesebre. En su momento quiso alejarse del belén popular europeo y acercarse al mundo bíblico. Esa intención tuvo sentido. Pero una etapa no puede quedar congelada como si fuera la respuesta definitiva.
El pesebre bíblico no nace contra el estilo hebreo. Nace después de él. Lo reconoce como una tentativa anterior, pero no puede limitarse a repetirla.
Lo que el estilo hebreo dice ser es una representación fiel a la tierra y al tiempo del nacimiento de Jesús. De ahí su prestigio: frente al belén popular —que transpone la escena al paisaje pirenaico, napolitano, arlesiano, bávaro o de cualquier otra tradición local sin disimularlo—, el hebreo se presenta como el que ha vuelto al original. Esa es su pretensión.
Pero lo que es, si uno sigue la pista de dónde vienen sus formas, es otra cosa. Es una convención visual acumulada sobre todo entre los siglos XIX y XX, construida con materiales que no proceden directamente de la Judea del siglo I y que ni siquiera siempre son materiales propiamente judíos.
Los grandes aportes que han dado forma a esa imagen son varios.
El primero es la pintura orientalista europea del siglo XIX. Holman Hunt, James Tissot y muchos ilustradores de biblias decimonónicas viajaron a Tierra Santa y regresaron con una imagen del Oriente marcada por su propio tiempo: túnicas largas y vaporosas, turbantes elaborados, barbas patriarcales, posturas solemnes, paisajes secos, ruinas, camellos, tiendas y figuras detenidas en una especie de antigüedad imaginada.
Aquella imagen no retrataba al judío galileo del siglo I. Retrataba, muchas veces, al campesino otomano, al beduino o al habitante contemporáneo de Palestina visto a través del gusto romántico, religioso y colonial del norte europeo. Sin embargo, esa imagen se convirtió poco a poco en una plantilla visual de cómo “tenía que ser” el mundo bíblico.

Hunt quiso dar a la escena bíblica una apariencia más documentada y próxima a Tierra Santa, pero la imagen sigue perteneciendo al horizonte visual del siglo XIX: una reconstrucción imaginada del mundo bíblico filtrada por el orientalismo europeo, la teatralidad victoriana y el deseo de ver en Oriente una antigüedad viva. Este tipo de obras ayudó a fijar una idea de lo “bíblico” que después pudo pasar a la ilustración devocional, al cine y al propio belenismo. 12
El segundo aporte es el cine. The King of Kings de Cecil B. DeMille, Ben-Hur, The Greatest Story Ever Told o el Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli fijaron en el imaginario moderno una manera de vestir, de moverse, de mirar y de iluminar el mundo de la Biblia.
Estas películas no solo contaron historias. Crearon una gramática visual. Sus mantos, sus colores, sus gestos, sus barbas, sus túnicas, sus grupos de pastores y sus ambientes de desierto pasaron a formar parte de lo que muchas personas reconocieron después como “bíblico”. El belenismo absorbió esa imagen y la reprodujo, a veces de manera directa.
Buena parte de lo que hoy identificamos como “aire hebreo” en una figura no procede de un estudio histórico del siglo I, sino de ese imaginario visual acumulado por la pintura, la ilustración devocional y el cine.

El cine bíblico clásico no solo contó relatos religiosos: fijó una manera de imaginar visualmente el mundo de la Biblia. Sus túnicas, barbas, gestos solemnes, composiciones monumentales y ambientes orientalizantes pasaron a formar parte de lo que muchas personas reconocieron después como “bíblico”. Parte de ese imaginario llegó también al belenismo, donde pudo confundirse con una autenticidad histórica que en realidad procedía de la cultura visual moderna.
DeMille contrató asesores religiosos, encargó investigación arqueológica y buscó autenticidad histórica. El resultado fue una imagen de Jesús construida sobre la tradición pictórica occidental: túnica blanca, cabello largo, barba simétrica, porte solemne. Esa imagen no procede de ninguna fuente del siglo I; procede de los Cristos del Renacimiento italiano y del Barroco nórdico trasladados al celuloide. The King of Kings la distribuyó por todo el mundo —proyectada durante décadas en iglesias, escuelas y misiones en todos los continentes— y la convirtió en la referencia visual de lo bíblico para generaciones enteras de ilustradores, catequistas y belenistas.
Los fotogramas de Ben-Hur (1959) y The Greatest Story Ever Told (1965) siguen bajo copyright. 13 14
El tercer aporte es la proyección etnográfica. A finales del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, viajeros, fotógrafos, arqueólogos, misioneros y estudiosos describieron a menudo las costumbres campesinas o beduinas de Palestina como si fueran una supervivencia casi intacta de la época bíblica.
De ahí nació una idea muy persistente: que para imaginar a un pastor del tiempo de Jesús bastaba con observar a un beduino de los siglos XIX o XX. Pero esa identificación es problemática. Dos mil años no pasan en balde, ni siquiera en sociedades tradicionales. Además, los judíos de Judea y Galilea del siglo I no eran beduinos del desierto moderno.
La proyección fue poderosa y dejó huella. Ayudó a fijar una imagen del “Oriente bíblico” que parecía antigua porque era rural, pobre o tradicional, pero que no podía confundirse sin más con el mundo histórico del nacimiento de Jesús.

Fotografías como esta ayudaron a fijar una imagen moderna del “pastor bíblico”: rural, pobre, tradicional y aparentemente fuera del tiempo. Pero la imagen no documenta la Judea del siglo I. Documenta una realidad beduina y palestina moderna que fue utilizada a menudo como analogía visual para imaginar el mundo de la Biblia. Ahí está el problema de la proyección etnográfica: confundir una supervivencia cultural aparente con una ventana directa al pasado bíblico. 15

El propio archivo titula esta fotografía "ilustrando 'Me guiará por sendas de justicia', del Salmo 23". No documenta la Judea del siglo I: documenta a un pastor palestino de principios del siglo XX. Pero el fotógrafo —y quienes compraron y publicaron la imagen— ya lo habían convertido en algo distinto: una prueba visual de que el mundo bíblico seguía vivo, casi intacto, ante sus ojos. Ese gesto de proyección es exactamente el que el belenismo heredó: una imagen que parece antigua porque es rural y pobre, pero que pertenece a otro tiempo y a otra cultura. 16

American Colony Photo Dept. Colección Matson. Library of Congress. Sin restricciones conocidas de publicación. Ref. matpc 22262.
Esta fotografía documenta a un pastor palestino de los años treinta del siglo XX en los alrededores de Belén —no al pastor judío del siglo I que los evangelios sitúan en el relato de la Natividad. Entre ambos median veinte siglos de transformaciones en la lengua, la cultura, la religión y el modo de vida. Sin embargo, imágenes como esta fueron leídas durante décadas como si fueran una ventana directa al mundo bíblico: parecían antiguas porque eran rurales, pobres o tradicionales. Ese gesto de proyección —confundir lo contemporáneo con lo histórico porque ambos comparten pobreza o sencillez— es exactamente el que el belenismo heredó. 17 A eso conviene añadir un cuarto ingrediente, más discreto pero decisivo: la repetición entre talleres. Los talleres copian de los talleres anteriores. Una prenda que un escultor puso en una figura hace ochenta años porque la vio en un grabado, en una película, en una estampa o en una figura ajena, reaparece en el catálogo siguiente, y en el siguiente, y en el siguiente. Con el tiempo, aquello que nació como interpretación se convierte en costumbre. Después, la costumbre adquiere apariencia de verdad.
Así se forman muchas convenciones visuales. No por una decisión consciente y documentada, sino por acumulación, repetición y olvido del origen.

Cuadernillo comercial, 16 páginas. Wikimedia Commons. Dominio público.
Un mismo tipo de pastor, reproducido en serie, en varios tamaños y precios, distribuido por catálogo a talleres y comercios de toda Europa. Aquí está el mecanismo en su forma más literal: una figura nace como interpretación de alguien, entra en un catálogo, y desde ese catálogo pasa al taller siguiente, y al siguiente. Con el tiempo nadie recuerda de dónde vino la prenda, el gesto o el objeto. Lo que nació como decisión se convierte en costumbre. Lo que fue costumbre adquiere apariencia de verdad. 18
Hay todavía una incomodidad en el nombre mismo. Decir “hebreo” evoca con facilidad a los israelitas del Antiguo Testamento: Abraham, Moisés, David, los patriarcas, el Éxodo, los reinos antiguos de Israel y Judá. Pero el nacimiento de Jesús se sitúa en el mundo judío de Judea y Galilea en el siglo I, después de transformaciones profundas en la cultura material, la lengua, la religión, la arquitectura, las instituciones y la vida cotidiana.
Un sumo sacerdote del templo herodiano no vestía como Abraham. Un campesino galileo del tiempo de Jesús no vivía como un patriarca seminómada. Y un pastor judío del entorno de Belén no puede imaginarse sin más como un beduino del Neguev en 1920.
Usar “hebreo” como etiqueta ya introduce una confusión antes de empezar. Parece dar precisión bíblica, pero en realidad mezcla épocas, pueblos, imágenes y tradiciones muy distintas.
La paradoja, si uno lo mira con calma, es esta: muchas interpretaciones no bíblicas son más honestas de lo que a veces parece, precisamente porque no ocultan su desplazamiento.
El pesebre donde María y José aparecen en un paisaje pirenaico, napolitano, provenzal, tirolés o bávaro no pretende ser una reconstrucción histórica de la Judea del siglo I. Es una transposición cultural y devocional del relato: lleva el nacimiento de Jesús al mundo de quien lo crea y lo contempla.
Por eso el belén popular, regional o costumbrista funciona como lo que es: una oración visual de un pueblo, de una región, de una tradición concreta, no una reconstrucción arqueológica del siglo I.
También existen belenes contemporáneos de carácter reivindicativo que utilizan la tradición navideña para leer críticamente el presente: la pobreza, la guerra, la vivienda, la despoblación, la soledad o la injusticia social. En esos casos, el desplazamiento tampoco se oculta. La escena no dice “así fue históricamente”, sino “esto sigue hablando de nosotros”.
Por eso pueden funcionar como lo que son: transposiciones culturales, devocionales, sociales o simbólicas del relato.
El problema aparece cuando una representación se presenta como regreso al mundo original y, sin embargo, se apoya en convenciones visuales posteriores que no proceden realmente de la Judea del siglo I. Durante mucho tiempo, el llamado estilo hebreo ha ocupado ese lugar: el de lo “auténtico”, lo “bíblico”, lo que supuestamente devuelve el nacimiento de Jesús a su escenario verdadero. Pero esa identificación debe ser revisada. Una escena no es más auténtica por abandonar el paisaje regional y adoptar una apariencia orientalizante. Solo lo es si sus decisiones visuales nacen de una comprensión más rigurosa del relato, del contexto y del mundo humano que quiere representar.
El belén hebreo hace una promesa distinta. No dice simplemente: “traduzco el relato a mi mundo”. Dice, de forma explícita o implícita: “me acerco al mundo original”. Ahí empieza el problema.
Porque si promete historicidad, debe poder sostenerla. Y cuando se examinan sus formas, se ve que muchas de ellas proceden de imaginarios posteriores: orientalismo europeo, ilustraciones bíblicas decimonónicas, cine religioso, proyecciones etnográficas y repetición de taller.
Por eso puede decirse que el belén hebreo hace una promesa que no puede cumplir del todo: dice que reconstruye cuando en realidad estiliza. Y estiliza, además, desde materiales visuales que no proceden directamente del mundo que afirma representar.
No se trata de que sea una mala tradición. No lo es. Tiene momentos de belleza, ha producido obras valiosas y en su momento representó una voluntad de acercamiento al mundo bíblico. Pero conviene situarlo donde corresponde: como una etapa del belenismo, no como la respuesta definitiva a la pregunta por el pesebre bíblico.
El problema no es que el estilo hebreo exista. El problema es que se confunda con una autenticidad histórica que no puede sostener sin revisión.
Desde esta perspectiva, el pesebre bíblico no puede nacer simplemente de perfeccionar el estilo hebreo. No basta con corregir una túnica, cambiar una arquitectura, añadir más piedra, oscurecer la paleta o dar a las figuras una mayor apariencia oriental. Eso sería seguir dentro del mismo marco mental.
El pesebre bíblico necesita otra base. Ha de nacer de una revisión más profunda, argumentada y actualizada del relato, del contexto histórico, de la cultura material, de la identidad judía de los protagonistas y de la condición humana de la escena.
No se trata de vivir contra el pasado, sino de no quedar encerrados en él. Hoy no trabajamos con las mismas limitaciones que hace cincuenta, cien o ciento cincuenta años. Disponemos de más estudios arqueológicos, más bibliografía especializada, más acceso a museos, catálogos, imágenes, bases documentales, mapas, excavaciones, investigaciones sobre vida cotidiana, indumentaria, arquitectura, judaísmo del Segundo Templo y cultura material del Mediterráneo oriental.
También disponemos de nuevas herramientas de comparación, análisis y consulta que antes no existían. El siglo XXI no obliga a despreciar lo anterior, pero sí impide trabajar como si nada hubiera cambiado.
Honrar una tradición no consiste en repetirla indefinidamente. Consiste en comprender qué respondió en su tiempo y qué preguntas ya no puede responder por nosotros.
El manual no está contra el estilo hebreo. Le toma en serio lo que él mismo dice que quiere ser. Su valor pertenece a la historia del belenismo, no a una autoridad definitiva sobre el mundo bíblico. Tuvo su función, su belleza posible y su tiempo. Pero una etapa no puede confundirse con el final del camino.
El pesebre bíblico no nace contra él; nace después de él. Nace de volver a mirar el relato, el contexto y el mundo humano del nacimiento de Jesús con los conocimientos, las preguntas y la conciencia crítica de nuestro tiempo.
Si hoy tiene sentido hablar de pesebre bíblico, es porque hace falta ir más allá de una apariencia heredada de lo bíblico. Hace falta volver a preguntar, con los conocimientos y la conciencia de nuestro tiempo, qué mundo estamos representando, qué relato queremos hacer visible y desde qué verdad artística queremos componer la escena.
Una autenticidad que no es rigidez
Buscar mayor autenticidad no significa convertir el pesebre en una maqueta arqueológica ni exigir certezas donde solo caben hipótesis razonables.
Pero tampoco significa quedarse en una apariencia heredada y repetirla como si bastara con que algo “parezca bíblico”. Entre la copia arqueológica imposible y la convención repetida sin revisión hay un espacio mucho más fértil: el de la interpretación consciente.
Ese es el lugar del pesebre bíblico.
Se trata de dejar que la documentación ilumine la creación, sin petrificarla. La documentación no sustituye la mirada del artista, pero le da una base más firme. Ayuda a comprender antes de componer. Ayuda a elegir mejor, a descartar mejor y a reconocer cuándo una forma tiene sentido dentro de la escena y cuándo solo ha llegado hasta nosotros por costumbre.
Cuanto mejor comprendemos el mundo en que se sitúa el nacimiento de Jesús, menos arbitrarias pueden ser nuestras decisiones. No más rígidas: menos arbitrarias.
Una casa, una luz, una figura, un tejido, un gesto o un objeto no deberían estar ahí solo porque “siempre se han puesto”, ni tampoco porque reproduzcan mecánicamente un dato arqueológico. Deberían estar ahí porque ayudan a hacer visible el relato dentro de un mundo verosímil, humano y culturalmente reconocible.
El belenista no necesita convertirse en arqueólogo, historiador o teólogo. Pero sí puede trabajar con una conciencia más despierta. Puede preguntarse qué sabe, qué imagina, qué hereda y qué decide. Puede distinguir cuándo una forma pertenece a una tradición legítima y cuándo se aproxima de verdad al mundo que el relato evangélico sitúa ante nosotros.
Un pesebre bíblico no nace de tener datos, sino de contrastarlos y razonarlos. La documentación no sustituye la mirada del artista: la afina. Le ayuda a saber qué está eligiendo, qué está heredando y qué está decidiendo.
Esa conciencia no empobrece el pesebre. Lo hace más profundo.
La autenticidad no es apariencia: es mirada.
Lo que viene a continuación
Si el pesebre quiere acercarse con mayor verdad al nacimiento de Jesús, no basta con ordenar el criterio. Hace falta preguntarse desde qué imagina un belenista cuando imagina: con qué materiales de memoria compone la escena y cómo decide lo que descarta.
Porque nadie crea desde el vacío. Imaginamos con imágenes recordadas, con obras vistas, con lecturas, con paisajes, con figuras heredadas y con referencias acumuladas, aunque no siempre seamos conscientes de ello.
Por eso, el siguiente paso será estudiar el papel de las referencias: qué son, cómo se buscan, cómo se valoran y cómo pueden ayudar a crear un pesebre bíblico sin convertir la creación en copia.
Las referencias
- ↑ [1] Tissot, J. (1886–1894). The Birth of Our Lord Jesus Christ (La nativité de Notre-Seigneur Jésus-Christ) [gouache]. Brooklyn Museum. https://www.brooklynmuseum.org/es-US/objects/4430
- ↑ [2] Kluger, Z. (1937). An aerial photo of the city Bethlehem [fotografía]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:AN_AERIAL_PHOTO_OF_THE_CITY_BETHLEHEM._%D7%A6%D7%99%D7%9C%D7%95%D7%9D_%D7%90%D7%95%D7%99%D7%A8_%D7%A9%D7%9C_%D7%94%D7%A2%D7%99%D7%A8_%D7%91%D7%99%D7%AA_%D7%9C%D7%97%D7%9D.D332-057.jpg
- ↑ [3] Papyrus 1 (P1), recto: Mateo 1,1–9.12 [papiro, s. III d. C.]. University of Pennsylvania Museum, vía Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Papyrus_1_en.pdf
- ↑ [4] Jerusalem Modell BW 2 [maqueta de Jerusalén en el período del Segundo Templo, Israel Museum]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jerusalem_Modell_BW_2.JPG
- ↑ [5] Tissot, J. (1886–1894). The Magi Journeying (Les rois mages en voyage) [gouache]. Brooklyn Museum, vía Wikimedia Commons. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Brooklyn_Museum_-_The_Magi_Journeying_(Les_rois_mages_en_voyage)_-_James_Tissot_-_overall.jpg
- ↑ [6] American Colony Photo Department (1921). Bethlehem and surroundings. Bethlehem in snow [fotografía]. Colección Matson, Library of Congress, LC-DIG-matpc-05487. https://www.loc.gov/resource/matpc.05487/. La Library of Congress guarda la misma imagen en otra ficha, LC-DIG-matpc-14749, fechada «approximately 1900 to 1920»: https://www.loc.gov/resource/matpc.14749/.
- ↑ [7] American Colony Photo Department (c. 1920–1933). Bethlehem and surroundings. Bethlehem. A manger home. Room, part cave. Swaddled baby & dove-cote [fotografía]. Colección Matson, Library of Congress, LC-DIG-matpc-02604. https://loc.gov/pictures/resource/matpc.02604/
- ↑ [8] La Tour, G. de (c. 1645). Le Nouveau-né [óleo]. Musée des Beaux-Arts de Rennes, vía Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Georges_de_La_Tour_-_Newlyborn_infant_-_Mus%C3%A9e_des_Beaux-Arts_de_Rennes.jpg
- ↑ [9] Rembrandt van Rijn (c. 1646). Adoración de los pastores [óleo]. Alte Pinakothek, Múnich, vía Wikimedia Commons. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Rembrandt_van_Rijn_009_full_image_01.jpg
- ↑ [10] Murillo, B. E. (c. 1650–1660). Adoración de los pastores [óleo]. Museo del Prado, Madrid, vía Wikimedia Commons. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Adoration_of_the_Shepherds,_Murillo_(Prado_Museum).jpg
- ↑ [11] Daderot. Nativity scenes of Naples — Museo Nacional de Artes Decorativas, Madrid [fotografía]. Wikimedia Commons. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo%3ANativity_scenes_of_Naples_-_Museo_Nacional_de_Artes_Decorativas_-_Madrid%2C_Spain_-_DSC08419.JPG
- ↑ [12] Hunt, W. H. (1860). The Finding of the Saviour in the Temple [óleo]. Birmingham Museums Trust, vía Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AWilliam_Holman_Hunt_-_The_Finding_of_the_Saviour_in_the_Temple_-_Google_Art_Project.jpg
- ↑ [13] DeMille, C. B. (1927). The King of Kings [película]. Pathé Exchange, vía Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AThe_King_of_Kings_%281927%29.webm
- ↑ [14] Kingofkings poster (1927) [cartel cinematográfico]. Pathé Exchange, vía Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AKingofkings_poster.gif
- ↑ [15] American Colony Photo Department (entre 1898 y 1946). Beduin [i.e., Bedouin] shepherds [fotografía]. Colección Matson, Library of Congress. https://www.loc.gov/resource/matpc.06061/
- ↑ [16] American Colony Photo Department (c. 1900–1920). Set of thirteen select slides of shepherd life, illustrating the Twenty Third Psalm. «He leadeth me in paths of righteousness» [fotografía]. Colección Matson, Library of Congress. https://www.loc.gov/resource/matpc.05673/
- ↑ [17] American Colony Photo Department (entre 1934 y 1939). Bethlehem from the east. Shepherds' Fields, shepherd figure [fotografía]. Colección Matson, Library of Congress, matpc 22262. https://www.loc.gov/resource/matpc.22262/
- ↑ [18] A. Peaucelle-Coquet Fils (c. 1895–1900). Catalog of Christmas cribs and statues of Saint Anthony of Padua [catálogo comercial]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:A._Peaucelle-Coquet_Fils_-_Catalog_of_Christmas_cribs_and_statues_of_Saint_Anthony_of_Padua_-_page_01.jpg