El tiempo también se representa.
Una escena no ocurre solo en un lugar: ocurre en una estación y en una luz.
¿Qué pasaría si el tiempo no existiera en tu pesebre?
Hasta aquí hemos trabajado el pesebre bíblico desde el relato, desde el mundo en que ese relato sucede, desde las cuatro verdades que la escena puede sostener y desde la figura del belenista que decide entre ellas.
Pero queda todavía algo que a menudo pasa desapercibido:
el tiempo también forma parte de la escena.
No solo la cronología de los episodios, sino la estación, la calidad de la luz, el clima, el abrigo de los cuerpos y el ritmo con que la escena se deja sentir. Muchas veces el belén se construye como si todo ocurriera en un tiempo neutro —ni invierno ni verano, ni noche cerrada ni tarde fría—, y la escena queda entonces suspendida en un presente sin espesor.
Una escena cambia de verdad cuando el tiempo deja de ser un fondo indiferente y empieza a formar parte de lo que se representa.
El tiempo también es materia de representación
En la construcción de un pesebre solemos pensar enseguida en figuras, arquitectura, paisaje, composición y atrezo. No siempre con la misma claridad en el tiempo representado. Y, sin embargo, el tiempo no es una medida abstracta: también tiene cuerpo visible.
Se hace presente en la inclinación de la luz y en la longitud de las sombras, en el estado del terreno, en el modo de abrigarse, en la actitud de los cuerpos y en la calidad del aire. Una escena nocturna de invierno no se siente igual que una escena abierta a un día genérico. Una familia que ha viajado en época fría no se presenta igual que si llegara desde un clima sin dureza. Un recién nacido envuelto y protegido no comunica lo mismo que una imagen idealizada fuera de toda condición real.
El tiempo no acompaña la escena desde fuera. Está dentro de lo que la escena representa.
El 25 de diciembre como ancla operativa
La fecha del nacimiento de Jesús no está documentada históricamente en los evangelios. No poseemos un dato firme que permita afirmar que ocurrió exactamente el 25 de diciembre.
La fecha tiene, en cambio, una historia que sí puede seguirse. La noticia escrita más antigua que se conserva está en una colección de calendarios reunida en Roma en el año 354: su lista de aniversarios de mártires se abre con una línea escueta, «VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae» (el octavo día antes de las calendas de enero —el 25 de diciembre— nació Cristo en Belén de Judea).1 La fiesta empezó en Roma, al parecer en la década de 330; en Asia Menor está atestiguada hacia 380 y en Egipto hacia 430, mientras otras Iglesias siguieron celebrando el nacimiento el 6 de enero, como todavía hoy.2
Por qué ese día y no otro no lo dice ningún texto de la época. Louis Duchesne, historiador de la liturgia, expuso las dos explicaciones que se han propuesto. La primera mira al calendario civil de esa misma colección, que marca el 25 de diciembre el Natalis Invicti, el nacimiento del Sol Invicto, en el día que el calendario romano tenía por solsticio de invierno: la Iglesia de Roma habría elegido esa fecha para hacer frente al culto solar. La segunda parte de la fecha que se atribuía a la muerte de Cristo, el 25 de marzo: si concepción y muerte cayeron el mismo día, el nacimiento queda nueve meses después. Agustín recoge esa correspondencia —«Octavo enim Kalendas Apriles conceptus creditur quo et passus […]. Natus autem traditur octavo Kalendas Ianuarias» (se cree que fue concebido el 25 de marzo, el mismo día en que padeció; y la tradición dice que nació el 25 de diciembre)—, pero ya con la fiesta asentada, y el propio Duchesne reconoce que no hay texto anterior que contenga el cálculo: «l'on est réduit à la supposer» (nos vemos obligados a suponerlo).3, 4
La explicación solar es la que más se ha repetido, y también la que peor resiste el examen. Steven Hijmans, que ha estudiado el culto romano del Sol, señala que esa fiesta no aparece en ninguna fuente antes del mismo calendario de 354 y de un himno del emperador Juliano del año 362, y que nada prueba que precediera a la Navidad: cabe incluso que fuera la fiesta pagana la que respondiera a la cristiana. Para él, lo que pesó en la elección fue el valor cósmico de las fechas —el nacimiento de Cristo en el solsticio de invierno, el de Juan Bautista en el de verano, y sus concepciones en los equinoccios— más que la voluntad de desplazar un culto.2
Conviene, con todo, una precisión: el solsticio astronómico cae hoy el 21 o el 22 de diciembre. El 25 era la fecha que el calendario romano le asignaba por tradición, y en el siglo IV quedaba ya unos días después del solsticio real.2, 3 Para la escena la diferencia no cuenta: tres o cuatro días no cambian la altura del sol a mediodía ni la duración de la noche.
Ninguna de las explicaciones está probada.
Pero eso no impide reconocer lo que esa fecha hace dentro del ciclo.
Aquí no interesa presentarla como dato probado, sino como herramienta de trabajo. El 25 de diciembre funciona, para el belenista, como punto cero narrativo y escenográfico: ordena el ciclo, ayuda a pensar la secuencia de escenas, sitúa la representación en un invierno concreto y ofrece un marco operativo para trabajar clima, luz, abrigo, interiores y desplazamientos. También permite distinguir con mayor claridad, dentro del ciclo, la noche del Nacimiento, la Epifanía, la Presentación y los demás momentos.
No se trata de convertir una tradición litúrgica en demostración histórica. Se trata de reconocer que esa fecha, aceptada como convención consciente, puede servir como ancla compositiva y visual. El error empieza solo cuando ese valor de referencia se confunde con una certeza histórica cerrada.
Bien entendido, el 25 de diciembre no reduce la escena: le devuelve un anclaje temporal que necesita.
Lo que el invierno trae a la escena
Aceptar el 25 de diciembre como punto de partida no significa solo fijar una fecha en el calendario. Significa aceptar que el invierno entra en la escena.
Belén y Jerusalén se sitúan en zonas elevadas, donde el invierno no es una abstracción. El frío, la lluvia, la humedad y, en ocasiones, la nieve forman parte del mundo posible de la escena. Y el clima modifica la vida: obliga a pensar en capas, velos, mantos y abrigo; cambia la manera de caminar y de esperar; oscurece o humedece el terreno; vuelve más valioso el interior recogido; hace más significativa una fuente pequeña de luz; y da al nacimiento una fragilidad concreta.

Las cifras de ese invierno —temperaturas, lluvia, días de nieve— y lo que piden a la ropa de cada figura se tratan en «La prenda de abrigo (I): el frío y la zamarra».
Cuando el clima se borra, la escena pierde una parte importante de su verdad humana. No se trata de dramatizar el frío por gusto, sino de comprender que el cansancio del camino, la necesidad de abrigo y la intimidad del refugio se vuelven reconocibles cuando el invierno deja de ser una palabra abstracta.
El frío no se representa con una palabra, sino con cuerpos que se recogen, telas que pesan, manos que buscan abrigo, interiores que se vuelven más necesarios.
El invierno no entra en la escena como efecto. Entra como condición de vida.
La luz del solsticio
No solo el clima. También la luz.
En torno al solsticio de invierno, la trayectoria solar es más baja, las sombras se alargan, la jornada se acorta y la relación entre exterior e interior se vuelve distinta. Eso cambia la escena antes de cualquier decisión de iluminación.
Lo que esa luz baja hace con el volumen de una figura —y por qué la luz cenital de mediodía lo aplana— se explica en «La sombra hace el volumen».
Una luz baja y rasante no cuenta lo mismo que una iluminación abierta y neutra. Una tarde corta no ordena los volúmenes como los ordena una mañana amplia. Una noche más larga da mayor peso al fuego, a la penumbra y a la lucerna, y vuelve decisiva la tensión entre sombra y recogimiento.
La luz no solo ilumina el pesebre. También lo sitúa en un tiempo.
Y cuando esa luz no responde a ninguna estación ni a ninguna hora, la escena empieza a desmentirse a sí misma.
Tradición, sí; ingenuidad, no
Aceptar el 25 de diciembre como punto cero no obliga a fingir que se trata de una fecha históricamente demostrada. Al contrario: exige distinguir con claridad entre una tradición con fuerte valor simbólico y una certeza documental que no poseemos.
Esa distinción no debilita el trabajo del belenista. Lo hace más honesto.
Puede usarse el 25 de diciembre como referencia visual y compositiva sin convertirlo en dogma histórico. Y precisamente por eso resulta útil: porque funciona como convención consciente, no como dato fingido.
Lo que cambia cuando el tiempo se toma en serio
Cuando la escena deja de construirse en un tiempo neutro y empieza a pensarse desde una fecha, una estación y una luz concretas, cambia más de lo que parece. Cambia la paleta, cambia el aire que envuelve las figuras, y cambia —sobre todo— la relación entre vulnerabilidad y cobijo, que es, en buena medida, lo que un pesebre bíblico representa.
No basta con saber qué ocurrió ni dónde ocurrió. Hace falta entender también en qué tiempo humano se deja sentir.
Antes de seguir
Hemos visto que el pesebre bíblico no solo necesita relato, contexto, referencias y materia visible. También necesita tiempo: un tiempo que se haga sentir en la escena como estación, clima, luz y secuencia.
Pero todavía falta otra dimensión decisiva: el mundo humano en que ese nacimiento se inscribe. No basta con el lugar ni con el tiempo; hace falta también la sociedad real —ocupada, estratificada, expectante— que el relato supone y que la escena no puede ignorar.
Ese será el siguiente paso.
Las referencias
- ↑ [1] Mommsen, Th. (ed.), Chronica minora saec. IV. V. VI. VII., vol. I (Monumenta Germaniae Historica, Auctores antiquissimi 9), Berlín, 1892, p. 71. https://www.dmgh.de/mgh_auct_ant_9/index.htm#page/71/mode/1up
- ↑ [2a] ↑ [2b] ↑ [2c] Hijmans, S. E., Sol: The Sun in the Art and Religions of Rome, tesis doctoral, Universidad de Groningen, 2009, cap. 9, pp. 584-595. https://research.rug.nl/en/publications/sol-the-sun-in-the-art-and-religions-of-rome/
- ↑ [3a] ↑ [3b] Duchesne, L., Origines du culte chrétien, 5.ª ed., París, 1920, pp. 275-278. https://archive.org/details/origines-du-culte-chretien-duchesne-louis
- ↑ [4] Agustín de Hipona, De Trinitate IV, 5, 9. https://bkv.unifr.ch/works/cpl-329/compare/the-fifteen-books-of-aurelius-augustinus-bishop-of-hippo-on-the-trinity/55/de-trinitate
- ↑ [5] Matson Photo Service. Snow scenes. Bethlehem showing Church of Nativity under snow from J'lem-Beth. [i.e., Bethlehem] Road [negativo en película de seguridad, 5 × 7 in, ¿1941?, 4-5 de enero]. Library of Congress, Prints and Photographs Division, Matson (G. Eric and Edith) Photograph Collection, LC-DIG-matpc-14805. Sin restricciones conocidas de publicación. https://hdl.loc.gov/loc.pnp/matpc.14805